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El invierno en tu rostro – Carla Montero

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Cráneos. La forma definida de los
huesos bajo la piel de pergamino,
transparente. Unas cuencas vacías la
observan, suplican. Fantasmas en blanco
y negro. Huele a pólvora y a sangre. Los
rusos borrachos gritan canciones
desafinadas que no puede entender.
Están cerca, muy cerca. Ojos orientales
y bocas podridas; aliento de vodka. La
amenaza de un fusil y obscenidades a la
cara. Na kaleni, Fashistakaia Suka!
«¡Arrodíllate, fascista hija de perra!»
Se despertó sobresaltada. Sudaba a
pesar de que la manta se había deslizado
hasta el suelo y el aire fresco le rozaba
la piel. Tardó unos segundos en
reconocer las siluetas familiares de su
dormitorio y en recobrar el ritmo
pausado de la respiración. Por una
rendija de las contraventanas se colaba
un rayo de luz cenicienta. La luz del
amanecer incipiente.
Ya no podría volver a conciliar el
sueño, lo sabía. Abandonó la cama
sigilosamente. El suelo frío en las
plantas de los pies la ayudó a
despabilarse. Al dar el primer paso,
herrumbroso como el de un juguete
oxidado, notó la punzada de un dolor
indefinido en la cadera. Sólo esperaba
que no fuera un aviso de ciática; cuando
la condenada se instalaba en la pierna,
no había manera de desalojarla.
El crujido de los escalones alertó a
Lazlo; el viejo setter dormitaba junto a
la chimenea apagada. Como todas las
mañanas, la recibió al pie de las
escaleras con un movimiento frenético
de la cola y sin parar de hocicar entre
sus ropas. Ella le acarició el pelaje de
bronce y le prometió una de esas
galletas para perros que Pablo le traía
de la ciudad.

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En la cocina abrió la ventana para que
entrase la mañana gris y fresca y el piar
de los pájaros más madrugadores. Se
arrebujó en el enorme chal de lana y
puso la cafetera al fuego. El simple
aroma del café llenó la casa de vida y su
cuerpo de energía; aquél era el olor del
hogar. Se bebió la taza de siempre,
pausadamente, repasando los escasos
quehaceres que le deparaba el resto del
día. Lazlo, que nunca tenía suficiente
con una sola galleta, lamía con
insistencia las baldosas en busca de
migas. En realidad, mataba el tiempo
mientras esperaba a que su dueña
estuviese preparada para el paseo
matutino.
Tenía por costumbre lavarse la cara
con jabón de rosas y agua fría, recogerse
la melena cana en un moño pulcro sobre
la nuca y vestirse rápidamente con
cualquier prenda cómoda. Después,
abría la puerta de la calle y miraba al
cielo. Aquel día escogió del perchero un
impermeable, aunque descartó el
paraguas. No le gustaban los paraguas,
prefería sentir la lluvia fina en el rostro.
Nunca le había importado mojarse;
después de todo, era sólo agua.
Lazlo aguardó impaciente a que
abriera la cancela, después se abalanzó
a la carretera serpenteando por los
arcenes, varios pasos delante de ella. El
animal se sabía bien el recorrido, el
mismo de todos los días desde hacía
años: por entre los pastos hasta la
ermita, bordeando el río y el cementerio.
Harían una breve parada sobre el
puente, a escuchar y a husmear el aire.
El sonido del torrente y el del ganado
que subía hacia las montañas; el cuco a
lo lejos. El aroma a tierra húmeda y a
leña quemada, a bosque de hayas
desperezándose. Para entonces, Lazlo ya
habría orinado un par de veces en sus
rincones favoritos, habría jugueteado
con unos cuantos palos y, con suerte, se
habría desayunado un escarabajo.
Al cabo, enfilaban camino al pueblo
colgado de la colina, trepando por las
calles adoquinadas, cubiertas de rocío
brillante como una capa de barniz.
Pasaban frente a la iglesia románica y
las arcadas de su atrio justo en el
momento en que las campanas tañían las
ocho en punto. Y, en el silencio con ecos
de la última campanada, se detenían
delante de una pequeña lápida
acurrucada contra uno de los muros del
templo.
En la piedra blanca, una fecha y tres
nombres franceses grabados en negro. A
sus pies no yacía ninguna tumba.
No había forastero que no se
preguntara por la historia de aquella
peculiar conmemoración, aparentemente
tan fuera de lugar. Y don Telmo, el
párroco, tenía a bien contarla siempre
que se le presentaba la ocasión.
Pero ella no. A Lena no le gustaba
hablar de la historia de los aviadores
franceses. Era algo demasiado personal,
casi íntimo. Un recuerdo que atesoraba
como una joya. Y es que allí empezó
todo. El principio de unas vidas

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