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El juego de la lujuria – Emma Hart

El juego de la lujuria – Emma Hart

Sinopsis De 

Libro El juego de la lujuria – Emma Hart

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Solo necesitas uno.
Un pensamiento. Un segundo. Una
caricia. Un cúmulo de pequeñas cosas
que se van sumando unas a otras hasta
convertirse en algo más grande. En una
más grande. Pero que sigue siendo solo
una cosa. Y esa única cosa basta para
cambiar toda tu vida.
Y lo hace de un modo irreparable,
inexplicable, irreversible.
Ya han pasado dos años desde que
esas pequeñas cosas se sumaron por
primera vez y me enamoré de Pearce
Stevens. Ya hace dos años que sentí el
dulce aleteo del primer amor seguido
del suave impacto del enamoramiento.
Ya hace dos años que las cosas que más
me importaban se desmoronaron y caí de
cabeza en el oscuro abismo de la
depresión.
Si entonces hubiera sabido lo que sé
ahora, habría tomado otras decisiones.
Habría ignorado las ilusiones de un
corazón adolescente, habría dejado
pasar el tiempo, habría luchado contra
los impulsos y me habría protegido de
aquellas caricias. Si hubiera sabido lo
que ocurriría los meses siguientes y la
dirección que iba a tomar mi vida, me
habría subido en el primer avión en
dirección al Caribe.
Pero no lo sabía, y tampoco tenía
forma de saberlo. ¿Cómo podía haberlo
siquiera imaginado? Jamás pensé que
aquellas pequeñas cosas se convertirían
en algo tan grande, y nunca imaginé que
regresarían pocos meses después de
haberlas sentido por primera vez.
Pero la segunda vez fue un
pensamiento más oscuro. Fue un segundo
negro, un impulso que se me tragó como
un desagüe, una caricia mortal. La
primera vez que vi la sangre que me
goteaba por el tobillo a causa del corte
accidental que me había hecho mientras
me afeitaba las piernas, y la contemplé
con la cuchilla en la mano, fue un
momento que me cambió la vida, tanto
como enamorarme de Pearce. Fue un
momento que ya no podré cambiar
nunca. No puedo borrarlo y no puedo
fingir que no ocurrió.
Forma parte de mí, igual que Pearce.
Forma parte de mi pasado, y esos son
los dos momentos que han definido mi
vida. Si alguien me preguntara qué salió
mal, diría que fue por Pearce Stevens y
esa cuchilla. Y por mucho que me
suplicaran, no sería capaz de explicarlo.
No sería capaz de explicar por qué me
enamoré del hermano de mi mejor
amiga, ni tampoco por qué no me alejé
de él antes de que fuera demasiado
tarde. Jamás conseguiré explicar con
palabras por qué fui incapaz de dejar de
verlo a través del cristal rosa con el que
lo miraba, por qué no podía verlo tal
como era y es.
Jamás seré capaz de explicar lo que
me empujó a hacerme el primer corte en
la piel. A fin de cuentas, uno no puede
explicar lo que no entiende y, a veces,
es mejor no entender algunas cosas.
Me inclino sobre la bañera y
contemplo el agua negra que se escurre
de mi pelo recién teñido. El agua oscura
resbala por la bañera y gira alrededor
del desagüe para desaparecer de mi
vista con la misma facilidad que lo
hacía mi sangre hace ya tanto tiempo.
Sigo aclarándome el pelo hasta que el
agua sale limpia, me aplico champú, me
enjuago y me envuelvo el pelo con una
toalla oscura.
He convencido a mi padre para que
me llevara a la tienda a comprar el tinte
en contra de la opinión de mi madre.
Ella no entiende por qué necesito poner
distancia con la persona que era el año
pasado. No creo que lo comprenda
nadie, y tampoco lo puedo explicar. Lo
único que sé es que ya no soy la misma
Abbi que antes, y la nueva Abbi es una
persona diferente. Y al separar esas dos
mitades de mí, puedo avanzar con mi
nuevo yo. O por lo menos, eso es lo que
me explicó la doctora Hausen. También
me dijo que de esa forma estaría dando
un paso en la dirección correcta, que
sería algo positivo.
Y necesito ese positivismo. Ese es el
motivo por el que mi habitación, que
antes era de un femenino color rosa
pálido, sea ahora de color azul brillante
y violeta. Es positivo. Es diferente. Es
nuevo.
Como yo. Soy completamente nueva.
Me siento sobre el edredón nuevo que
cubre la cama y me miro al espejo.
Ahora me brillan mucho más los ojos y
ya no tengo las mejillas hundidas. Me
toco la mejilla con delicadeza e inspiro
hondo. Se me escapa un mechón de pelo
de la toalla, el color, prácticamente
negro, destaca mucho sobre mi piel
pálida.
Agacho la cabeza hacia delante, me
seco el pelo con aspereza y la vuelvo a
echar hacia atrás. Paseo la mano por la
cama en busca del cepillo y lo deslizo
por los mechones. Me concentro en ese
movimiento repetitivo y, cuando acciono
el secador, sigo sin pensar en nada. Solo
me dejo llevar.
No pienso que el corcho que está
colgado encima de mi escritorio y que
antes estaba lleno de fotografías, ahora
está vacío. No pienso en que me han
tirado todos los diarios y que tres
cuartas partes de mi guardarropa
contiene prendas de ropa nuevas. No
pienso en esa gran parte de mi pasado
que he tirado a la basura. Ni en las
muchas cosas de las que todavía sigo
huyendo.
¿Pero de verdad estoy huyendo si me
tengo que enfrentar a él cada día?
Me parece que no. No se puede decir
que esté huyendo si, en realidad, sé muy
bien dónde quiero estar. Solo se trata de
tomar la decisión consciente de cambiar.
Dejo el secador a mi lado sobre la
cama y me miro al espejo cepillándose
el pelo una última vez. Y sonrío. No me
parezco en nada a la antigua Abbi y, por
un segundo, brilla una chispa de luz en
mis ojos. Es fugaz, pero está ahí y,
aunque sea efímera, siempre es mejor
que nada.
Mi madre abre la puerta de la
habitación y asoma la cabeza. Antes de
volverme para mirarla, oigo como
inspira con aspereza. Se está tapando la
boca con la mano como si creyera que
así yo no me voy a dar cuenta de que se
ha quedado boquiabierta. Como si
pensara que, de esa forma, puede ocultar
el horror que reflejan sus ojos abiertos
de par en par.
—Tú… ¿Por qué?
Me paso un dedo por los mechones
oscuros con nerviosismo.
—Necesitaba cambiarlo. Me
recordaba demasiado a antes.
—Pero ¿por qué, Abbi? Tenías un
pelo muy bonito.
Me vuelvo a mirar en el espejo.
—Porque mi exterior es lo único que
puedo cambiar —susurro—. No puedo
cambiar mi interior, por lo menos no es
tan fácil, pero esto sí que lo puedo
cambiar. Y lo he hecho. Lo necesitaba,
mamá.

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Se hace el silencio mientras ella
reflexiona sobre lo que le he dicho.
—No lo entiendo.
Yo niego con la cabeza.
—No tienes que entenderlo. Solo
tienes que aceptarlo.
—Yo… Supongo que tampoco puedo
hacer mucho más.
Vuelvo a negar con la cabeza. Me toco
el brazo y me deslizo los dedos por
debajo de la manga, me acaricio las
cicatrices, las marcas que siempre
escondo al resto del mundo.
—Es mejor que la alternativa.
Cualquier cosa es mejor que eso.
Mamá deja escapar un suspiro
tembloroso y yo me busco el pulso con
el pulgar como hago siempre que
recuerdo. El ritmo constante de la sangre
viajando por mi cuerpo me recuerda que
sigo viva. Mi corazón sigue latiendo y
mis pulmones siguen respirando. Sigo
existiendo.
—Sí, es mucho mejor —conviene mi
madre, y cruza la habitación para
sentarse a mi lado en la cama. Nuestros
reflejos están uno junto al otro, y la
única diferencia que hay entre nosotras
es nuestra edad. Y nuestro color de pelo.
Su pelo rubio es exactamente del mismo
tono que era el mío hace dos horas.
Alarga el brazo, me coge de la mano y
me mira a los ojos a través del espejo
—. ¿Hay alguna otra cosa que sientas
que debas hacer?
—¿Como qué?
—No lo sé, Abbi. He pensado que
como quieres cambiar un poco,
podríamos ir a la peluquería. Ya sabes,
para que nos hagan un cambio de
imagen. Nos vendrá bien a las dos.
Incluso nos podemos hacer las uñas.
Trago saliva. Noto lo fuerte que me
está cogiendo de la mano y sé lo mucho
que le está costando sugerirme esto. Lo
difícil que es para ella aceptar que su
Abbi ya no volverá. Que la ha perdido
para siempre.
—Me encantaría —le contesto muy
sincera—. Puede que sea lo que
necesito. Quizá eso se lleve el resto, que
lo elimine.
—No hace falta eliminar nada. Solo
construiremos recuerdos nuevos para
reemplazar los antiguos. —Mamá se
levanta—. Mañana llamaré a la
peluquería. Y ha llamado Bianca,
puedes volver a su clase mañana mismo.
Han aceptado a algunas de sus alumnas
en la Escuela Juilliard, y mañana se
incorporan algunas chicas nuevas. Cree
que sería el momento perfecto para ti.
Le he dicho que te lo comentaría y que
la volvería a llamar. ¿Le digo que irás?
«Ballet. Juilliard». Mi mayor sueño.
Lo único que me ayuda a seguir
adelante. Lo único que me salvó cuando
pensaba que ya no quedaba nada que
salvar.

El juego de la lujuria – Emma Hart

Sí, mamá, por favor. Mañana voy.
—Perfecto.
Sale de mi habitación, cierra la puerta
y vuelvo a quedarme en silencio.
Silencio: mi mejor amigo

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