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El manuscrito de Michelangelo – Carmen Torrico

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Resumen y Sinopsis De 

El manuscrito de Michelangelo – Carmen Torrico

Apenas si lograba apartar la vista del reloj de pulsera. Eran las 10:24 y estaba citado para las 10:30 en las dependencias del ala oeste de los Museos Vaticanos. Enrico
Stremboli, encargado directo de la restauración y conservación de la pinacoteca vaticana, lo había convocado, hacía ya dos semanas, para ese lunes 23 de abril. Perseguía
esta entrevista desde hacía más de cuatro meses, y ahora, que por fin se la habían concedido, iba a llegar tarde a la cita.
El nerviosismo y la irritación consigo mismo iban en aumento con el acelerado paso de los minutos. Miró a través de la ventanilla del taxi que lo conducía hacia los
estados pontificios. El confuso caos automovilístico, en el que se encontraba inmerso desde hacía un buen rato, impedía la normal circulación de cualquier vehículo;
incluso las motos veían frenado su avance. De nada sirvieron los ruegos, en un principio, convertidos en bruscas frases de nerviosa intransigencia, hasta pasar al callado
insulto.
―¿No puede ir más rápido? Llegaré tarde a la entrevista.
―Me ne dispiace signore, ma gia vede che è imposibile andare avanti.[5]
―¡Busque algún atajo! ―ordenó displicente, desesperado tras cinco minutos de irritante inmovilidad―. Métase por alguna vía menos transitada.
―Ma come volete che vada per un’altra strada?[6] ―contestó alterado de igual modo el taxista―. Non vede che è imposibile! Questi stranieri sonno tutti pazzi![7]
―murmuró entre dientes el enfadado conductor, sin dejar de observar por el retrovisor al nervioso pasajero.
―Solo veo que tendría que estar en los museos hace más de media hora. Llevamos metidos en este maldito coche más de cincuenta minutos y no hemos recorrido ni
dos kilómetros ―se quejó irritado.
«He tenido que escoger al más estúpido de los taxistas romanos ―pensó, sin poder contener su enfado».
Estaba indignado. La incompetencia de aquel hombre parecía disparar su ya incontrolado mal humor. Por su parte, el pobre chofer, farfullaba en la lengua materna
frases apenas inteligibles que, a buen seguro, no debían dejar en buen lugar a aquel intransigente ocupante que había subido al taxi cerca del Palazzo Quirinale.
Un cuarto de hora después llegaban, en lenta y ruidosa caravana, a la confluencia de la Via della Conciliazione, la amplia y concurrida avenida que permite el acceso a
la misma Plaza de San Pedro. No pudiendo soportar más aquella interminable demora, entregó treinta euros al molesto conductor y salió del auto, sin esperar siquiera el
cambio.
Caminó con paso rápido, casi corriendo, hacia los famosos museos. Muchos metros antes de la entrada principal se encontró con una abigarrada fila de turistas y
visitantes que esperaban, con mayor o menor impaciencia, les llegara el turno de entrada. Hizo caso omiso y siguió adelante. Bordeaba en ocasiones, y casi empujaba en
otras, al sinnúmero de ociosos visitantes que no tomaban a bien semejante atropello. A pesar de ello, unos minutos más tarde, arribó jadeante y sudoroso a la entrada.
Enseñó el pase especial que le había enviado su contacto y entró en el amplio y repleto vestíbulo de los históricos edificios.
Se dirigió al mostrador de información, donde preguntó el enclavamiento del despacho del señor Stremboli. Una vez obtuvo la información salió presuroso hacia el
lugar indicado que, por suerte, apenas se encontraba a noventa pasos de donde se hallaba. Llamó a la puerta con golpes cortos y no muy decididos… Nadie respondió.
Repitió la llamada con idéntico resultado. Empezaba a desesperar de llegar a entrevistarse aquel día con el importante conservador, cuando entró en la antesala un joven
de apenas veinticinco años que, tras fijarse en él, le preguntó con afectada deferencia a quién buscaba.
Luego de darse a conocer y explicar con rápidas y atropelladas palabras el motivo de su tardanza, el desconocido indicó le siguiera a la zona de la biblioteca, donde, al
parecer, se encontraba el citado Stremboli. Luego de recorrer gran parte de la misma reconoció a lo lejos la figura del profesor.
No se encontraba solo, estaba en compañía de una mujer que escuchaba atenta cuanto decía, sin perder detalle de sus palabras. Llegado a ellos saludó y pidió
disculpas por tan imperdonable tardanza al tiempo que intentaba justificar la misma de la manera más airosa posible.
Enrico Stremboli le saludó y alargó su diestra, con una compresiva sonrisa en los labios, aceptando de buen grado tan confusas disculpas. No así su acompañante que
le dirigió una fría y crítica mirada, en tanto esbozaba apenas una ligera sonrisa al ser presentada a tan inoportuno desconocido.
―Señorita Bianca Monterelli, le presento a don Julio Andrés Castellanos, excelente especialista en arte y pintor español que desde hace algunos años realiza un
estudio exhaustivo sobre la pintura del Renacimiento italiano.
Ella alargó la mano con más deferencia que agrado, él tampoco se mostró efusivo en exceso. La presencia de aquella desconocida venía a enturbiar más aún la
concertada entrevista. Nunca imaginó que tendría que compartirla con nadie y aún menos con aquella estirada mujer que parecía mirarlo por encima del hombro.
―Encantado, señorita Monterelli ―saludó a pesar de todo.
―La señorita es una de nuestras más estimadas escritoras ―prosiguió el mediador que no pareció o no quiso darse cuenta de la fría salutación de ambos―. La
mayoría de sus libros están cargados de un claro contenido artístico. Es biógrafa de personajes tan sobresalientes como Brunelleschi, Da Vinci, Julio II o el propio
Michelangelo.

Pages : 184

Autor : Carmen Torrico

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El manuscrito de Michelangelo – Carmen Torrico

Al escuchar el nombre de éste último no pudo evitar dirigir de nuevo la mirada a la desconocida, quien consultaba distraída los mensajes del teléfono, ajena, en

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