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El milagro de San Lázaro – Uva de Aragón

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El milagro de San Lázaro – Uva de Aragón

 Día 1 – Lunes, 2 de noviembre de 2015
Cuando llegó a la estación, María enseguida notó algo raro en el ambiente. Ella tenía un sexto sentido para esas cosas. Aunque todo pareciera igual, una atmósfera densa
rodeaba a sus colegas, enfrascados intensamente en las pantallas de sus ordenadores. Los saludos fueron parcos; supo que no se equivocaba.
—¿Ha entrado fiambre fresca?
Hacía años que no le había quedado más remedio que acostumbrase a usar la jerga policial. Al principio referirse a la víctima de un homicidio, a una persona recién
muerta como «fiambre fresca» le producía arcadas
pero después de tantos años se había convertido en algo natural.
Solo obtuvo por respuesta que algunas cabezas hicieran un gesto negativo. Lo que sea sonará, pensó. Y fue pronto, en cuanto regresó de guardar el bolso en su taquilla,
incluso antes de sentarse en su escritorio.
—Mariíta, venga a mi oficina.
Era la voz de trueno de su jefe. Había sido, hace años, subalterno de su padre, y la conocía desde niña.
Siempre le chocaba que la llamara por el diminutivo de su nombre, que solo utilizaban los parientes y amigos de infancia, y sin embargo, delante de otras personas la
tratara siempre de usted, tal vez para mantener las apariencias de una relación profesional, que en efecto tenían, pese a los lazos afectivos.
El jefe parecía molesto. Se daba cuenta cuando veía rastros de que se había atiborrado de pastelitos de carne de la panadería de la esquina e incumplido sus perennes
esfuerzos por no subir de peso y mantenerse ágil.
—Siéntate, niña.
El trato familiar la puso en guardia. Éste quiere un favor, pensó.
—Mira, me da pena lo que te voy a pedir, pero no tengo otra persona a quien recurrir. El Capitán Ríos nos ha visitado con una lista de casos sin resolver en el condado
que desean reabrir por una razón u otra. No quieren dárselos a los detectives que los trabajaron originalmente sino que otros los vean con una mirada fresca. Por el
momento nos han asignado dos. No sé si están relacionados. He puesto todos los archivos que han traído en el salón de conferencias. Quiero que te ocupes tú. Escoges
quién quieres que te ayude y después que veas lo que hay, me dices si necesitas algunos recursos. Sabes que el presupuesto está apretado pero quisiera que
resolviéramos esto lo antes posible.

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Lawrence Keppler, de seis pies de estatura, piel muy blanca, pelo rubio salpicado de canas y ojos azules como cuentas, era un americano aplatanado. Y no solo porque
hablara perfectamente el español, le encantara la comida criolla y jugar dominó, sino porque hasta gesticulaba con las manos como los cubanos y se apasionaba al hablar
de los Castro como si le hubieran confiscado diez centrales o fusilado a sus mejores amigos. En realidad, nunca había estado en Cuba, pero haber nacido y vivido
siempre en Miami, y estar casado por más de veinte años con una cubana, habían tenido un efecto inescapable.
Ya hacía casi quince años que el padre de María se había retirado y Keppler de seguro lo haría pronto. Siempre se refería a Don Patricio como su mentor e incluso a
veces lo iba a ver y a pedirle consejos cuando tenía algún caso difícil, no sabía si en verdad porque necesitara la ayuda del viejo detective, o para que su padre se sintiera
útil. A ella le hacía mucha gracia que le dijera «Don». Larry, como le decían a Keppler los amigos, había aprendido la expresión durante un semestre que pasó en Sevilla
perfeccionando el español y era su forma de expresar respeto a su antiguo jefe. Lo cierto es que al viejo le encantaba cuando le consultaban.
Ella nunca había trabajado casos «fríos» y la perspectiva de ponerse a leer archivos amarillentos no le atraía nada. Pero María no había accedido a la petición por
amistad. Aunque se lo hubiera planteado como si le pidiera un favor, había sido una orden.
Comprendió las caras largas de sus compañeros esa mañana. Todos temían que les asignaron los casos. Cuando entró en el salón de conferencias, estuvo a punto de
gritar. Al ver las fechas en que los crímenes habían tenido lugar, se sintió abrumada. Respiró hondo. Pero no le dio más vueltas. Abrió la primera caja. Solo encontró
algunas bolsas plásticas y un breve archivo. No se trataba de un homicidio sino de un accidente. En septiembre 19 de 1992 el coche de Raimundo Alberto Lazo de 31
años se había caído en un canal en la calle 8, a la altura de la Avenida 177, cerca de la Avenida Krome, y su ocupante murió. El archivo incluía fotos de cuando sacaban el
auto del canal y del cadáver. También se encontraba el certificado de defunción y el informe del médico forense que consideraba el fallecimiento un accidente. Las bolsas
plásticas contenían la ropa y los zapatos que llevaba puesto el fallecido y algunos efectos personales que por alguna razón no habían sido entregados o reclamados por
la familia. De momento nada le pareció irregular, con excepción de que era poca la información y el caso se había cerrado con prisa. Entonces releyó la fecha y
comprendió las razones.
El accidente había tenido lugar solo unas semanas después del huracán Andrew. La policía no daba abasto. Muchos oficiales perdieron sus casas, pero aun así la
mayoría estuvo trabajando dieciséis y dieciocho horas al día para ayudar a los damnificados, evitar robos y vandalismo, dirigir el tráfico e imponer el toque de queda a
partir de las siete de la noche. Hubo zonas sin electricidad por más de un mes. Accidentes similares con personas atrapadas en sus autos en los canales eran frecuentes
en Miami, así que no le extrañó que no investigaran más en un momento como ese.
Iba a cerrar el archivo cuando algo le llamó la atención. Era una borrosa foto tomada con una cámara Polaroid, pero en el asiento de atrás se veía claramente una silla de
bebé. Siguió leyendo los papeles hasta que encontró lo que buscaba. En el auto iba también una bebita de cinco semanas y su cadáver nunca había aparecido.
Se levantó a buscar una botella de agua antes de decidirse a abrir la segunda caja. De pronto había sentido ese cosquilleo en la boca del estómago que le producían los
casos nuevos, cuando sabía que se enfrentaba a reconstruir un rompecabezas, una realidad que se había quebrado en un instante, y que a ella le correspondía encontrar la
causa y la forma en que había sucedido.
Estaba a punto de regresar al salón de conferencias cuando sonó su móvil.
Era su padre.
—¿Qué pasa, mi´ja?
—Aquí, Papi, en el tíbiri tábara…
Su padre rio como siempre hacía cuando ella usaba algún viejo dicho cubano.
—Entonces de fiesta… ¿Ningún caso nuevo?
—No…
—Si estás de vaga podrías almorzar con tu viejo.
—De vaga precisamente, no. Estoy revisando unos casos pendientes que quieren reabrir. Además estoy a dieta y prefiero tomar un yogurt.
—¿Interesante?
—Es con sabor a fresas.
—No, chica, en serio, si el caso es interesante…
—No sé, viejo, acabo de empezar a ver los papeles. Luego hablamos. Pórtate bien.
—¡Qué remedio!
Volvió al salón y abrió la segunda caja. Encontró una bolsa con el asiento donde iba la bebita, el certificado de nacimiento, un par de fotos de la recién nacida, los
esfuerzos por buscar el cadáver, la falsa alarma cuando se habían encontrado otros restos, la orden de cerrar el caso y los muchos intentos de la madre de reabrirlo, hasta
ahora inútiles. ¿Qué habría pasado que veintitrés años después lo hubieran hecho por fin? Fue el ordenador y buscó el archivo. Había una escueta nota:
«Madre asegura haber visto a su hija desaparecida en un juego de los Heat».
También puso el nombre de la niña en Google. Encontró los muchos esfuerzos de Gladys Elena Lazo por localizar a su hija, la cual estaba convencida que no había
muerto en el accidente. Había empleado detectives privados y la ayuda de asociaciones dedicadas a la búsqueda de niños perdidos. A través de los años había tres o
cuatro sketches de cómo la bebita luciría en esa fecha. La última, de hacía dos años, mostraba a una joven mujer de pelo oscuro y ojos muy grandes que miraban
fijamente. De pronto aquella criatura desparecida cobraba vida. ¿Sería cierto que no había muerto? Y si había sobrevivido, ¿dónde había estado todos estos años? ¿Cómo
empezar siquiera a buscarla?

El milagro de San Lázaro – Uva de Aragón

Cogió el teléfono y marcó el número más reciente que aparecía en el archivo.
—¿Por favor, se encuentra Gladys Elena Lazo?
—Es la que habla.
—Es la oficial María Duquesne. ¿Cuándo puedo ir a verla a su casa?

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