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El nombre propio de la felicidad – María Jeunet

El nombre propio de la felicidad – María Jeunet

Libro El nombre propio de la felicidad – María Jeunet

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justo para comer dos veces al día e ir al cine una vez al mes. Pero, un día, su suerte cambió.»
Así empieza mi historia, amigos. Lo cierto es que no es ningún cuento de hadas, me ocurrió de verdad, y si me permitís, me gustaría contárosla.
Tengo treinta y dos primaveras y soy escritor de cuentos infantiles. A decir verdad, escribí un cuento hace unos cuantos años, puede que incluso hayáis oído hablar
de él o tal vez se lo hayáis leído a vuestros hijos. Pero hace años que no escribo nada bueno, al menos no tan bueno como para que mi editor quiera publicarlo. Y no le
culpo, cada página que he escrito desde mi maravilloso cuento es una bazofia, yo mismo lo reconozco. Pero qué se le va a hacer… A veces, la inspiración llega y luego se
va. Es lo que tiene depender de tu cerebro. Y, cuando la vida te da limones, no siempre puedes hacer limonada, ¿verdad? Los últimos años mi vida ha pasado entre
pañuelos de papel llenos de lágrimas, médicos y enfermeras. Pero no quiero deprimiros contándoos mis penurias… Mejor os contaré mi cuento particular.
Soy hijo único, siempre quise tener un hermano o una hermana, pero mis padres eran demasiado mayores cuando me tuvieron a mí, su médico incluso llegó a decirles
que había sido poco más que un milagro.
—Señor y señora Cambril, no sé muy bien cómo decirles esto…
—Vamos, hombre, ándese sin paños calientes, podemos soportar la verdad. ¿Qué es? ¿Un tumor? ¿Una gemela que no llegó a nacer? Díganos, hombre, díganos de
una vez por qué mi mujer tiene el vientre cada vez más hinchado.
—Señor y señora Cambril, van ustedes a ser padres.
—¡¿Cómo?! ¡Pero eso no puede ser!

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—Doctor, tengo cincuenta y tres años y mi marido sesenta. Perdone que le diga, doctor, pero no puede ser.
—Estoy seguro, de veras que sí. Lo he consultado con otros colegas y todos coincidimos en que es un…, bueno, cómo decirlo…, es casi… milagroso. Enhorabuena,
señor y señora Cambril.
Ese día, mis padres decidieron abandonar París, porque «la vida allí era muy cara y muy peligrosa», y buscaron trabajo en un pueblecito a unos ciento cincuenta
kilómetros de la capital. El lugar elegido fue una pequeña villa de calles irregulares construidas con piedras grises y doradas. Su nombre era Mont des Fleurs. Para llegar
de un lugar a otro debías recorrer unas cuantas cuestas empinadas adornadas con las macetas cargadas de flores que los vecinos cuidaban en sus fachadas. Había un
detalle que lo hacía particularmente especial, y que, tonto de mí, creía que se daba en todas las ciudades del mundo: las ventanas y puertas de cada casa estaban pintadas
de un color: añil, salmón, mostaza, rojo cereza, verde lima… Así, cada vecino podía dar su dirección únicamente diciendo: «Mi casa es la de las ventanas esmeralda». Salí
de mi error la primera vez que visité el pueblo de al lado con once años y comprobé que allí tenías que dar la dirección exacta —y no explicar el color de las ventanas—
para encontrar cualquier negocio o casa. Mis padres localizaron en ese pueblo de cuestas empinadas, flores exultantes y ventanas coloreadas una pequeña panadería con
un viejo horno de leña del que se alimentaban varias villas a la redonda desde hacía años y años. Encima de su tienda había una casita de muros de piedra y ventanas de
madera (pintadas, claro está, en verde veronés) de dos plantas con un desván donde aprendí a leer, a pintar y a imaginar. Mi primer cuento, ese que fue un superéxito, lo
escribí allí mismo. En la parte de atrás de la casa había un pequeño jardín, más bien era una especie de selva minúscula con la mayor colección de plantas raras (pero
preciosas) que yo haya visto jamás, en donde encontré una mesa abandonada que instalé en mi buhardilla. Estaba desgastada y astillada por cada arista y, sin embargo,
parecía ir en consonancia perfecta con la vieja máquina de escribir. Porque yo, amigos, soy de los que escribe en máquina de escribir. Nada de portátiles psicodélicos en
mesas de diseño ultramoderno. Estoy chapado a la antigua, qué se le va a hacer…
El olor del pan reciente, de los bollos de leche y de las galletas crujientes de canela y chocolate me llegaba por los huecos del suelo de madera, y las voces de las
vecinas del pueblo canturreando fueron mi banda sonora esos meses. Cuando pienso en aquella época creo que han pasado miles de años, siento que solo fueran
recuerdos que alguien me contó.
Lo único real que conservo de aquellos días es mi máquina de escribir. Una vieja Olivetti Lettera 35 que mi padre me regaló el día que se jubiló. Y empecé a escribir
esa misma tarde. Si hacéis números os daréis cuenta de que en esos días yo tenía cuatro años nada más. Mi padre se la compró a un viejo contable jubilado que se
acomodó alegremente en una casa cercana a nuestra panadería nada más cumplir los sesenta y cinco años. Decía que no podía con el ritmo de las grandes ciudades, que lo
había soportado casi cuarenta años por no quedarle más remedio, pues contaba que lo único que se le daba bien en la vida eran los números, cosa que poco interesaba en
un pueblo como aquel y, sin embargo, tan necesaria en los grandes negocios de la capital. Las teclas de esa máquina han sido y son extensiones de mi cuerpo y de mi

El nombre propio de la felicidad – María Jeunet

cabeza. Es lo único que me llevo de cada apartamento que desalojo cuando me instalo en uno nuevo. Es lo que me mantiene anclado a esos recuerdos felices impregnados
de colores, sabores, olores, ruidos…
Ahora vivo en un piso que antaño debió de ser la gran finca de

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