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El primer Hanan del reino (Inca 1) – Mario Muñoz

El primer Hanan del reino (Inca 1) – Mario Muñoz

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El primer Hanan del reino (Inca 1) – Mario Muñoz

  En la capital del reino donde las
personas ejecutan las tareas de sus
diferentes oficios con esfuerzo, para
culminarlas con éxito al final del día y
así continuar con el estado de paz; los
miembros del templo, acabado el día,
conspiran en secreto poniendo sus
mejores oficios para recuperar el
control del estado y aprovechan el
momento de paz para lograr sus metas
sin efectuar algún esfuerzo.
Un hombre joven de cabellera larga
ingresa con premura a la ciudad por el
gran camino al oeste, en una tarde tibia
transita una de las calles empedradas,
llena de gente que regresaba a sus casas
terminada sus labores, su travesía
finaliza en el imponente templo
Inticancha con sus paredes de piedra
hermosamente talladas, recubiertas con
planchas de oro que brillaban con la luz
del sol; al llegar a la puerta transmite un
mensaje al secretario del Sacerdote
Mayor.
—Señor, tengo malas noticias, algo
grave ha ocurrido.
—Dime lo que sabes.
El secretario al escuchar el mensaje,
se sorprendió e ingresó al templo en
busca de su jefe, encontrándolo en la
puerta de un pequeño salón, mientras
despedía a otros sacerdotes secundarios,
vestidos de blanco, al terminar una
reunión.
—Señor, tenemos un mensaje llegado
de la provincia de Paruro, las tropas de
Inca Roca han vencido al ejército de los
Mascas.
—¡Eso no puede ser! Nosotros le
dimos toda la información sobre el
ejército y su táctica.
Exaltado por la misiva, el Sumo
Sacerdote ingresó al salón seguido por
el secretario nervioso.
—Excelencia, el mensajero dijo que
la victoria se dio hace unos días, la
última batalla fue dura, las tropas de
Inca Roca tomaron por sorpresa al jefe
Huasi Huaca y ahora viene de regreso a
la ciudad del Cuzco.
—Inca Roca demuestra con esto ser
un rival duro de vencer; tendremos que
buscar otro aliado poderoso que nos
ayude a derrocar al nuevo Inca.
—Eso no es todo, señor.
El secretario hizo una corta pausa,
angustiado, observaba a su superior;
ante este momento de silencio, el Sumo
Sacerdote ansioso, levantó sus manos
exigiendo una respuesta inmediata.
—Habla muchacho, no te quedes
callado.
—El ejército de Inca Roca regresa al
Cuzco y trae prisionero al jefe Huasi
Huaca.
Huíllac Umu1 comenzó a caminar con
la mano en su barbilla y pensó en las
arengas, mensajes y reuniones con Huasi
Huaca para que se levantara contra Inca
Roca y le diera batalla, ofreciéndole
después de su victoria un puesto
administrativo en el gobierno restituido
de su Dinastía Hurincuzco, ahora el
temor era que los involucrara en su
campaña bélica fallida y que el Inca
tomara represalias.
—Debemos actuar sobre el jefe Huasi
Huaca en cuanto tengamos la
oportunidad una vez que llegue a la
ciudad; podemos hacer que sus heridas
le causen la muerte más rápido para que
no sufra mucho. Hablemos con el
general Pallco, él es un aliado
hurincuzco nuestro, muy conocido en el
ejército. Búscalo.
—Inmediatamente señor.
Los cabos sueltos debían eliminarse y
para eso había que liquidar al jefe Huasi
Huaca antes de los interrogatorios en la
capital inca.

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En el pueblo de Coya a 2,944 msnm, a
cuarenta y dos kilómetros de distancia
de la ciudad del Cuzco, en los bellos
Andes, un grupo de jóvenes sale a
pasear en un día hermoso, pero una bella
doncella de piel blanca, larga cabellera
negra y linda sonrisa, adelanta a sus
compañeros y entra a una zona colmada
de flores, arbustos y árboles como un
oasis lleno de vida, con brotes de
variados colores, recorrido por arroyos
de agua cristalina; ella con un tambor en
la mano, disfruta la caminata mientras
bailaba y cantaba.
—Ojos bonitos, no llores; no sufras,
ni te enamores.
El cielo azul reflejaba pureza, el sol
vigilaba a los seres en la tierra y el aire
limpio llenaba el cuerpo de energía; al
apreciar la naturaleza se respetaba su
espacio para vivir con ella y el momento
corto se convertía en eterno, sin
preocupación ni malicia.
Luego de unos días, veinte hombres
en la entrada de la ciudad con sus
pututos2 en sus manos los soplaban y
estos sonaban anunciando la llegada del
gobernante inca y sus soldados a la
capital cuzqueña. Las tropas triunfantes
vestidas de rojo hicieron su ingreso
gallardo con Inca Roca sentado en un
asiento real sobre sus andas de oro
cargado por sus hombres a la cabeza del
majestuoso desfile, con estandartes en
alto y prisioneros amarrados, entre ellos
al jefe enemigo Huasi Huaca; con paso
marcial recorrieron las calles,
adornadas con telares de colores en las
paredes, donde los ciudadanos los
recibieron con algarabía, al final del
recorrido marcharon directo a la gran
plaza Aucaypata, ubicada en medio de la
ciudad; aquí las autoridades
gubernamentales, entre ellos el
Sacerdote Mayor, vieron al soberano
imponer supremacía y realzar su triunfo
ante sus súbditos.
Inca Roca bajó de sus andas de oro y
se colocó delante de sus dirigentes,
quienes inclinaron el torso con
reverencia, saludándolo con respeto.
Sus oficiales, vestidos de rojo con capas
rojas y negras, se le acercaron y este
ordenó.
—Traigan a los prisioneros.
—Enseguida, Sapa Inca.
Su hermano, general del ejército con
capa roja, al lado del soberano, acató la
orden y con la mano en alto indicó a sus
tropas para que los acercaran. Cincuenta
soldados incas algunos con cortes en
piernas, brazos o cara se acercaron al
batallón de trescientos prisioneros con
sus lanzas, mientras los hincaban para
que se movieran, ellos tenían varias
heridas en el cuerpo y manchas de
sangre en su ropa; amarrados con sogas
avanzaron lento, entraron a la plaza y
llegaron delante de Inca Roca, quien
sonrió al verlos.
—Acerquen a Huasi Huaca —ordenó
el Inca con el brazo en alto.
Dos soldados desamarraron al curaca
o cacique Huasi Huaca, lo tomaron de
los brazos y lo movieron hacia el
gobernante, el prisionero sangraba cada
vez más con cada paso que daba, sus
heridas extrañamente habían crecido y
dejaban un rastro visible de sangre en el
camino; al llegar delante del soberano
cayó al suelo en agonía, con lenta
respiración ante la sorpresa de todos. El
hermano del Inca con incredulidad por
el acontecimiento, se acercó a ver el
cuerpo.
—Sapa Inca; el curaca está muerto,
sus heridas están más abiertas; el
sangrado es reciente.
El Inca inmutable ante los demás se
dio cuenta de que silenciaron a Huasi
Huaca para que no delatara a sus socios
en esta revuelta, mientras los asistentes
en la plaza observaban el triunfo de su
gobernante sobre su enemigo muerto en
el suelo.
—¡Tenemos enemigos entre nosotros!
—murmuró Inca Roca con molestia, de
pie observando a la gente en la plaza y a
la tropa formada.
Con esto terminó la campaña contra la
etnia de los Mascas en la zona de Paruro
a sesenta y cuatro kilómetros de
distancia al suroeste del Cuzco (Fig.
N°01).
Los cuzqueños trataban de salir
adelante con su nueva dinastía reinante
Hanancuzco, en quechua significa “Alto
Cuzco”, iniciada y dirigida por Inca
Roca (sexto gobernante inca), quién le
quitó el poder a Cápac Yupanqui (quinto
gobernante inca), en un golpe de estado
y un complot de sus familiares cercanos
en 1,322 d. C., convirtiéndose en el
último gobernante de la dinastía
Hurincuzco que significa “Bajo Cuzco”.
Llegó abril y el término de la época
de lluvias; el Soberano Inca
comprometido con su pueblo, sin perder
tiempo luego de sofocar las primeras
rebeliones se reunió con sus consejeros
en una casa construida con paredes de
ladrillos de piedra de hermosa cantería,
con techos de paja a dos aguas cerca de
la plaza Aucaypata, para organizar el
estado y gobernar con orden el reino;
además de acordar la siguiente campaña
de adhesión de nuevos territorios al sur
del Reino Inca.
—Sapa Inca —expuso el ingeniero
constructor y jefe de obras, el Orejón
del Hanancuzco dirigía la construcción
del nuevo palacio del Inca—. Hemos
terminado de nivelar el terreno donde
construiremos su palacio; en unos días
le presentaremos una maqueta para que
la apruebe; ya ubicamos las canteras
para traer las piedras.
—Gracias, ingeniero constructor,
puede retirarse.
El nuevo Inca de veintinueve años de
edad, hombre alto de estatura, ancho de
cuerpo, de mirada fija, prudente y
calculador, decidió dejar el templo
Inticancha que fue la antigua morada y
casa de gobierno de los soberanos Incas
Hurin Cuzcos,

El primer Hanan del reino (Inca 1) – Mario Muñoz

era lógico dejar el
inmueble por seguridad, sin gente de esa
dinastía a su alrededor y construir su
propio palacio a dos cuadras de la plaza
Aucaypata.
—Sapa Inca —dijo su secretario

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