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El secreto de Black Rabbit Hall – Eve Chase

El secreto de Black Rabbit Hall – Eve Chase

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Resumen y Sinopsis De 

El secreto de Black Rabbit Hall – Eve Chase

Es uno de esos viajes. Cuanto más se acercan a su destino, más les cuesta imaginar que van a llegar de verdad. Siempre hay otra curva en el camino, un frenazo en una
pista forestal sin salida. Y se hace tarde, muy tarde. La cálida lluvia de verano repiquetea en el techo del coche.
Yo digo que lo dejemos correr y volvamos al hostal. Jon estira el cuello por encima del volante para ver mejor la carretera, que se está volviendo indistinguible al
otro lado del parabrisas. Pedimos unas cervezas y planeamos una boda en algún lugar dentro de la autopista M25. ¿Qué te parece?
Lorna dibuja una casa con el dedo en el vaho de la ventanilla. Tejado. Chimenea. Garabato del humo.
Me parece que no, cariño.
¿Algún lugar con un microclima soleado, quizá?
Ja, ja. Qué gracioso.
A pesar de las decepciones que se han llevado hasta el momento ninguno de los lugares para celebrar bodas estaba a la altura de las expectativas, chintz
sobrevaloradísimo, Lorna se siente muy feliz. Hay algo emocionante en eso de ir en coche con ese tiempo inclemente y con el hombre con el que va a casarse, los dos
solitos en su ruidoso y pequeño Fiat rojo. Cuando sean viejos y tengan el pelo cano recordarán ese viaje, piensa. Eran jóvenes, estaban enamorados y viajaban en coche
bajo la incesante lluvia.
Genial. Jon frunce el ceño al ver por el retrovisor una amenazante silueta oscura. Solo me faltaba un puñetero tractor enorme pegado al culo. Se detiene en
una intersección donde varias señales, dobladas por el viento, indican direcciones que no coinciden con el ángulo de las carreteras correspondientes. ¿Y ahora?
¿Nos hemos perdido? bromea ella; la idea le gusta.
El GPS no funciona. Parece que aquí no llega la señal. Solo podía pasar en tu querido Cornualles.
Lorna esboza una sonrisa. El malhumor de Jon es infantil y simple, desaparecerá en cuanto vean la casa o tenga delante una cerveza fría. A diferencia de ella, no
interioriza las cosas ni convierte los obstáculos en símbolos.
Vale. Él señala el mapa en el regazo de Lorna, sembrado de migas de galleta y doblado de cualquier manera. ¿Qué tal se te da leer mapas, cariño?
Bueno… Lorna lo abre deprisa, las migas saltan y se reúnen con las botellas de agua vacías que ruedan por el suelo lleno de arena. Según mis rudimentarios
cálculos cartográficos, en estos momentos estamos atravesando el Atlántico.
Jon suelta un bufido, se echa hacia atrás y estira las piernas, demasiado largas para ese coche tan pequeño.
Estupendo.
Lorna se arrima y le acaricia el muslo, allí donde el músculo ha desgastado la tela vaquera. Sabe que está cansado de conducir bajo la lluvia por carreteras
desconocidas, de visitar sitios para celebrar bodas; este en concreto, más lejos y más difícil de encontrar, lo han dejado para el final. Si ella no hubiera insistido en ir a
Cornualles, estarían en la costa de Amalfi. A Jon se le está agotando la paciencia y ella no puede reprochárselo.
Jon le pidió matrimonio en Navidad, hace meses, las agujas de pino crujían bajo su rodilla hincada en el suelo. Durante mucho tiempo eso fue suficiente. A Lorna le
encantaba estar prometida, ese estado de dichosa suspensión; se pertenecían el uno al otro, pero cada mañana se despertaban y elegían estar juntos. Le preocupaba gafar
esa relajada felicidad. En cualquier caso, no tenían una prisa loca. Tenían todo el tiempo del mundo.
Pero ya no. Cuando la madre de Lorna falleció de forma inesperada en el mes de mayo, la pena la devolvió de golpe y porrazo a la tierra y la boda de pronto se
convirtió en algo ineludible y brutalmente urgente. La muerte de su madre le avisaba de que no debía esperar. No debía posponer las cosas ni olvidar que todo el mundo
tiene un aciago día señalado en el calendario, cada vez más cerca. Desconcertante pero también extrañamente vivificante, le hizo desear aferrarse a la vida con uñas y
dientes, atravesar la suciedad de Bethnal Green Road una lluviosa mañana de domingo con sus tacones rojos de la suerte. Esta mañana se ha puesto un vestido amarillo
vintage de los años sesenta. Si no puede ponérselo ahora, ¿cuándo?
Jon cambia de marcha, bosteza.
¿Me repites cómo se llama el sitio, Lorna?
Pencraw responde alegre; trata de mantenerlo animado, sabe que si fuera por Jon meterían a su numerosa y creciente familia en una carpa en el jardín de sus
padres en Essex y se acabó. Luego se mudarían calle abajo, cerca de sus adoradas hermanas (cambiarían su minúsculo piso en la ciudad por una casa en las afueras con
un jardín con riego por aspersión), para que su madre, Lorraine, pudiera ayudarles con los niños que tendrían enseguida. Menos mal que no dependía de Jon. Pencraw
Hall.
Jon se pasa la mano por el cabello rubio pajizo; el sol se lo ha aclarado tanto que tiene las puntas casi blancas.
¿Un intento más? dice, y Lorna sonríe. Ama a este hombre. A la mierda, vamos por aquí. Tenemos una posibilidad entre cuatro de acertar. Con suerte nos
libraremos del tractor. Pisa el acelerador a fondo.
No se libran de él.
La lluvia continúa cayendo. El parabrisas está lleno de pétalos de cicutaria que los chirriantes limpiaparabrisas convierten en nieve amontonada. El corazón de Lorna
late un poco más rápido bajo el fresco y ligero vestido de algodón.
Pese a que no ve mucho más allá de los riachuelos de lluvia que se deslizan por la ventanilla, sabe que los valles boscosos, los arroyos y las pequeñas calas desiertas
de la península de Roseland se encuentran al otro lado del cristal y ya puede sentirlos esperando allí en la niebla. Recuerda haber estado en estas carreteras de niña
iban a Cornualles casi todos los veranos, cómo el aire del mar entraba por la ventanilla bajada y se llevaba los últimos resquicios de la sucia área metropolitana de
Londres, y el gesto tenso en el rostro de su madre.
Su madre, una mujer nerviosa, padeció insomnio toda su vida; al parecer la costa era el único lugar en el que podía dormir. Cuando Lorna era pequeña se preguntaba si
el aire de Cornualles portaba extraños vapores adormecedores, como el campo de amapolas de El mago de Oz. Ahora una vocecita en su cabeza no puede evitar
preguntarse si porta secretos familiares. Pero eso decide guardárselo para sí.
¿Estás segura de que esa vieja casona existe, Lorna? Jon sujeta el volante con los brazos extendidos y rígidos; tiene los ojos enrojecidos por el cansancio.
Existe.

Pages : 118

Autor : Eve Chase

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El secreto de Black Rabbit Hall – Eve Chase

Lorna se recoge su largo pelo negro en un moño alto. Unos pocos mechones escapan y caen sobre su pálido cuello. Siente

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