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El secreto de Spandau – Peter Lovesey

El secreto de Spandau – Peter Lovesey

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Libro El secreto de Spandau – Peter Lovesey

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piloto aguzó la vista.
Al otro lado de los cristales del Messerschmitt, varios miles de metros por delante, el mar del Norte moría en una costa oscura.
Inglaterra; la costa de Northumberland, si no había errado el rumbo. Sobre ella, destacando sobre la neblina y recortándose en escarlata contra el sol poniente, una
cordillera de colinas. Pero una cordillera. Solo esperaba una elevación, el monte Cheviot, de ochocientos dieciséis metros de altura. La clave de su ruta tierra adentro
dependía de que consiguiera orientarse. Sin duda el Cheviot era una de aquellas cumbres, pero ¿cuál?
Allá abajo, en alguna parte entre las sombras, aguardaban tres destructores destacados entre Holy Island y la costa. Los pilotos alemanes extraviados al alcance de sus
cañones antiaéreos no sobrevivían durante demasiado tiempo. No era el momento de mostrarse indeciso. Recordando un consejo del «padre» Bauer, el piloto personal
de Hitler, sorbió por la nariz, chasqueó los dedos, escogió una de las cumbres y se dirigió directamente hacia ella. La suerte le sonrió. Al cabo de unos segundos divisó
las islas Farne a la derecha. Se hallaba al sur de Holy Island, sobrevolando la costa a dos mil metros de altura. Eran las 22:12.
Sábado noche en Inglaterra; 10 de mayo de 1941. El segundo del führer del Tercer Reich había volado solo desde Augsburgo a los mandos de un Messerschmitt 110,
una travesía de ochocientas millas, incluyendo un rodeo para confundir al enemigo.
En Alemania habrían afirmado que semejante viaje era imposible, que sería derribado sobre las aguas. Ignoraban las medidas que había tomado antes de este vuelo
secreto. Once meses de preparación: estudiando las cartas de navegación, refinando la técnica de vuelo del Messerschmitt 110, encomendando modificaciones para
vuelos largos, solicitando señales radiofónicas especiales, comprobando las fases de la luna y los partes meteorológicos y hasta encargando un uniforme de Hauptmann
de la Luftwaffe a un sastre de Múnich. Quería que los británicos no dudaran de que era un oficial alemán a bordo de una nave de la Luftwaffe, con la cruz negra alemana
en las alas y el fuselaje. Sabía lo que hacían con los espías.
Se avecinaba una dura prueba de valentía. Debía localizar el objetivo a la luz de la luna, saltar en paracaídas y estrellar el avión. Y no había saltado jamás.

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La niebla vespertina flotaba sobre la tierra. La recibió de buen grado. Llevaba una hora volando a cielo abierto, visiblemente expuesto a los ataques. El Ministerio del
Aire de Berlín había prometido una espesa capa de nubes a quinientos metros, pero hasta el momento solo había visto franjas aisladas que, desde aquella posición,
semejaban bloques de hielo sobre las aguas.
Se adentró apresuradamente en la cobertura de niebla; justo a tiempo, pues la silueta de un Spitfire se había recortado en el vacío a sus espaldas. Su avión no llevaba
munición. Unos minutos más y el piloto de guerra inglés lo habría abatido.
Descendió desde dos mil metros a través de la niebla y enderezó como un piloto de acrobacias, peligrosamente cerca del suelo. Había dado esquinazo al Spitfire.
Debajo de la niebla, se veía a varios kilómetros de distancia. Era curioso que el día estuviera tan despejado a esa hora tardía; sin embargo, los británicos estaban en
horario de verano, así que solo eran las 21:15 en Alemania, y además se encontraba muy al norte. Disfrutando de aquellas condiciones, describió un vuelo rasante
rápido, a veces a no más de cinco metros sobre el suelo, casi rozando los árboles y las haciendas de las granjas, saludando a la gente que divisaba en los caminos y los
huertos. Era en parte alegría y en parte la satisfacción que experimentaba siempre que identificaba algún hito. Pues había contemplado una carta clavada en la pared de
su dormitorio durante muchas noches en vela hasta que esta se había grabado en su cerebro y, cuando finalmente dormía, soñaba que estaba sobrevolando los campos
ingleses.
22:20 horas. El Cheviot. El piloto aferró la palanca de mando y remontó la cara de la colina, juzgándola correctamente. Estaba en su elemento: siete años atrás, había
ganado la vuelta aérea al Zugspitze, la montaña más alta de Alemania. Lo había felicitado Lindbergh, su héroe personal; después del führer, claro.
Al oeste había otra cumbre: Broad Law, en el centro de las Southern Uplands escocesas. En ese momento la luna inundaba las montañas con una tenue luz blanca.
Después, a las 22:40 horas, su destino: Dungavel, la finca del primer duque de Escocia, el duque de Hamilton, una imponente mansión de piedra en las inmediaciones
de una colina cónica. Tenía que ser Dungavel; sin embargo, abrumado ante el irremediable salto a lo desconocido, decidió retrasarlo y dar una segunda vuelta desde el
oeste.
Siguió volando hacia la costa, hacia el mar, donde se deshizo de los tanques auxiliares de combustible con los que el Messerschmitt había culminado un viaje tan largo.
Después comprobó el rumbo, se ladeó y sobrevoló Troon. A las 22:50 horas había divisado el pantano que se encontraba al sur de Dungavel. Ascendió a dos mil
metros, la altura del salto, y apagó los motores.
Uno de ellos no respondió.
Después de mil millas de vuelo ininterrumpido, el avión había sido explotado hasta el límite y los cilindros al rojo vivo estaban inflamando los vapores del
combustible. El motor siguió funcionando. Tranquilamente, esperó a que se enfriara, traqueteara y se detuviera. Luego alargó una mano y abrió el techo de la cabina.
Entonces lo traicionó la inexperiencia. La fuerza del aire lo mantenía apresado en el asiento. No podía saltar. Y el avión estaba perdiendo altura rápidamente.
El cerebro funciona deprisa cuando el desastre es inminente. En una ocasión había escuchado un consejo de un piloto de la Luftwaffe con experiencia con
Messerschmitts: había que darle la vuelta al aparato y dejarse caer. Aquella ocurrencia había arrancado carcajadas en el comedor de oficiales de Augsburgo. Estaba a
punto de descubrir si había hablado en serio.
Seguramente no estaba convencido, porque en lugar de empujar la palanca hacia la derecha, tiró de ella hacia él. El avión describió un bucle alarmante, la sangre
abandonó su cabeza y sufrió un breve desmayo.
Cuando se aproximaba al cenit del arco ascendente, empujó con fuerza la columna de dirección. En lugar de completar el bucle, el Messerschmitt flotó por un breve

sintió una punzada de dolor cuando una de ellas se golpeó contra una

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espacio de tiempo con el morro orientado hacia el cielo. En el instante antes de desplomarse hacia la tierra, el piloto recobró el sentido. Se dio impulso con las piernas y

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