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El siervo – Xavier Maymó

El siervo – Xavier Maymó

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Libro El siervo – Xavier Maymó

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Yo, Licinio de Semma, pido a los dioses que me concedan el tiempo de vida necesario para poder contar la historia que ahora empiezo a escribir.
La vejez me ha proporcionado la serenidad suficiente para, sin tener futuro, ser capaz de revivir mi pasado y, en su meditación, aspirar a que lo vivido no muera
segado por la guadaña del viejo Saturno, reservada para las experiencias que no deben perdurar más allá de las personas que las han atesorado. Mis días de paz en esta
tierra que me vio nacer llegan a su fin. Yo he dejado de tener importancia, pero si escribo los hechos transcendentes que viví puede que haga renacer sus causas y
consecuencias, y que estas iluminen a quienes tienen un largo camino por recorrer y pueden todavía aprovechar los aprendizajes de una existencia que, a pesar de mis
grandes limitaciones físicas, he sobrevivido hasta el día de hoy.
Mi vida se ha sustentado en tres pilares fundamentales que han cimentado mi resistencia a los golpes que tanto los hombres sin alma como el azar, siempre juguetón
y a veces cruel, lanzan sin miramientos. La obra que nace y crece como resultado de la existencia de cada individuo necesita del soporte de apoyos firmes que le
permitan seguir su camino y consolidarse. Por fuerte que sea, un solo punto de anclaje nunca ha sido capaz de aguantar todas las vicisitudes de un periplo vital, del
mismo modo que uno no puede aspirar, henchido de orgullo, a contener todas las virtudes ni a disfrutar de todas las condiciones necesarias para hacer frente a las
dificultades que la vida le ofrece, en forma de aprendizaje, mientras avanza. Nuestras carencias deberían ser causa de humildad y motivo para compartir lo mejor de
nosotros mismos con quienes nos rodean, ofreciéndoles también, de este modo, la posibilidad de favorecernos con lo mejor de sus fuerzas y capacidades. Así tendría
que ser.
El haber nacido en el seno de una noble familia romana edificó el primer pilar favorecedor de mi existencia. Disponer de un padre extraordinariamente rico y con un
fuerte poder político y social ayudó a que mi discapacidad física fuera más soportable. A lo largo de una infancia plácida y llena de comodidades, fui receptor de una
educación privilegiada y de cuidados constantes por parte de hombres libres y de esclavos, conocedores de mis males físicos y emocionales. Estos privilegios me
permitieron llegar a la adolescencia en condiciones vitales suficientes para, desde la debilidad física, seguir adelante por el camino de la fortaleza de espíritu. De otro
modo, bajo otras circunstancias, mis condicionantes me habrían consumido la vida mucho antes de haberla empezado a vivir.
También, tanto la casa como la tierra que me vieron crecer se aliaron para protegerme y proporcionarme la energía que necesitaba. En estos momentos soy yo quien
escribo, no sin cierta dificultad, sobre la mesa del cubículum donde duermo, sentado en la vieja silla de mi padre. Uno de los esclavos galos que cuidan de mi vejez me ha
traído la cena —un cuenco de fruta madura y jugosa; no tengo ánimo para nada más— y enciende las lámparas de aceite que me iluminarán el entendimiento a medida
que el sol de la tarde disminuya su brillo amarillento. No hay ruidos que me distraigan y me acompaña el canto de un carbonero de cuatro colores, al que percibo
cercano.
Aquí he vivido desde que volví de Cesarea Marítima y Jerusalén, hace ya muchos años. La villa ocupa una considerable extensión de tierra y está situada a levante de
la desembocadura del Majus flumen, unas nueve millas al noreste de la capital, Tarraco, conectada con Roma por la magnífica Via Augusta. El nombre de este lugar,
donde nací y donde probablemente moriré pronto, es Semma. El principio y el fin. Su tierra seca y pedregosa y, sobre todo, el mar, que la envuelve de un azul infinito,
me recuerdan el paisaje de los años vividos en tierras judías, pero aquí el clima es más benigno, más plácido, como lo es ahora también mi vida, lejos de las intrigas y las
agitaciones de tiempos pasados.
El segundo pilar fundamental sobre el que me he apoyado es, por increíble que parezca, mi propia imperfección física, que con los años he aprendido a considerar
virtud.
El hombre se hace fuerte cuando acepta la causa de su infelicidad. Las limitaciones que la vida le impuso a mi cuerpo, débil y retorcido, demostraron ser un factor
determinante para prolongar mi supervivencia más allá de lo que habría creído posible. El poco cuidado que me ofrecieron los dioses durante los meses de gestación me
dejó sin voz. No he sido capaz de articular una sola palabra en toda mi humilde existencia, aunque, por el hecho de ser mudo, nunca he dejado de dar mi opinión cuando
ha sido necesaria o prudente ofrecerla. Además, una herencia familiar materna se cebó en mi persona física; no la habría deseado ni al peor de mis enemigos, si es que los
he tenido alguna vez. Crecí delgado y encorvado hacia adelante, con una espalda incapaz de erguirse, unos brazos largos y un rostro mal calibrado y carente de belleza.
En resumen: siempre he sido un hombre contrahecho y feo. De pequeño, y también luego, con una sola mirada era capaz de aterrorizar a los jóvenes, que, al verme,
percibían en mi aspecto físico todo cuanto nunca desearían imaginar para sí mismos. Pero nada de esto —como tantas otras cosas que a lo largo de mi vida han intentado
incomodar sin éxito el optimismo— me impidió disfrutar de las vivencias que espero poder contaros si Esculapio, el antiguo Asclepio de los padres griegos, me sigue
cuidando los huesos doloridos por la humedad salina de la Tarraconensis, que todo lo oxida.
El último de mis pilares de apoyo ha sido un hombre bueno, de una inteligencia, fortaleza física y generosidad excepcionales, que quiso compartir conmigo sus
virtudes y suplir conscientemente mis carencias. Disfrutamos de la infancia, la juventud y la madurez, y hoy compartimos también nuestros silencios y nuestras
emociones en la vejez. Con este hombre me he movido, protegido y atento, por la intensidad de nuestras vidas, tan unidas en su destino y, a la vez, tan diferentes. Una,
la suya, valiente y llena; otra, la mía, a remolque del sueño idealista de quien, queriendo ser actor de unos hechos extraordinarios, se ha limitado, únicamente, a ser un
testigo de excepción. La influencia de mi condición social le favoreció y enriqueció la vida, y su fuerza física y bondad innata lustraron y ennoblecieron la condición de
guerrero y hombre de confianza de aquellos a quienes sirvió. Todos los grandes hombres que conocimos están ya muertos. Yo estoy aquí, vivo, gracias a él. Hace
muchos años me ofreció su amistad sincera, que hemos compartido hasta el día de hoy a pesar de la dureza de los

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tiempos vividos. Traído a nuestra familia con el fin de
servirla y seguirla, fue, por el contrario, el hilo vertebrador de nuestros destinos. El nombre de este hombre excepcional es Servio, Servio de Semma, y las historias que
voy a contar giran a su alrededor como lo harían los hilos de una cuerda de cáñamo trenzados alrededor de una columna de hierro.
La noche ha caído de repente sobre la villa, o quizás la escritura me ha distraído de los cambios que sucedían a mi alrededor mientras la tarde desaparecía engullida por
la oscuridad. Noto mis ojos cansados, pero no puedo dejar de escribir; no puedo dejar de recordar. La brisa marina mueve acompasadamente el reflejo reluciente de las
llamas oleosas en las paredes pintadas de ocres y rojos de la habitación. Tengo sed, pero el esclavo galo se ha quedado dormido tendido en el suelo y no quiero
despertarlo para que me traiga agua. La edad y la humilde sabiduría de los años nos vuelven poco exigentes y más respetuosos con el cansancio de los demás. Quién lo
habría dicho.
Desde aquí no veo el mar, pero su murmullo me llega claro. Sigo teniendo un sentido del oído fuerte y sensible. Unos pocos días al año, después del estrépito de una
buena tormenta de truenos, cuando el cielo deviene limpio y sopla el aire fresco y transparente de mistral, desde la galería porticada se vislumbran las islas Gimnesias,

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una línea fina y esmerilada de tierra en el horizonte. De pequeño, desde la perspectiva de casa, me imaginaba que aquellas tierras lejanas eran la fuente de donde surgía
todo el agua azul de nuestro mar, el gran vínculo que ha unido los eventos

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