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El síndrome de Anastasia – Mary Higgins Clark

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Resumen y Sinopsis De 

El síndrome de Anastasia – Mary Higgins Clark

Fueron a cenar al Brown’s Hotel. Mientras tomaban una ensalada y lenguado Véronique, Stephen le contó cómo le había ido el día.
Quizá el más frustrante en, al menos, una semana. Maldita sea, Judith, la Primera Ministra tiene que terminar pronto con las especulaciones. La disposición del
país exige unas elecciones. Necesitamos un mandato y ella lo sabe. Los laboristas lo saben y estamos en un punto muerto. Y, no obstante, lo comprendo. Si ella no se
presenta como candidata a la reelección, entonces ya está. Cuando me llegue el momento, me será muy difícil retirarme de la vida pública.
Judith jugueteaba con su ensalada.
La vida pública es toda tu vida, ¿no es así, Stephen?
Durante los años en los que Jane estuvo enferma, fue mi salvación. Ocupó mi tiempo, mi mente y mis energías. En los tres años transcurridos desde que murió, no
puedo decirte a cuántas mujeres me han presentado. Salí con algunas y me di cuenta de que sus rostros y sus nombres se mezclaban. ¿Quieres conocer una prueba
interesante para una mujer? Cuando ella hace planes que te incluyen, ¿está visiblemente molesta cuando llegas inevitablemente tarde?
Después, una noche, una fría noche de noviembre, te encontré en casa de Fiona y la vida se hizo distinta. Ahora, cuando los problemas se me amontonan, una voz
tranquila susurra: «Dentro de unas horas verás a Judith».
Alargó la mano por encima de la mesa y tocó la de ella.
Ahora, déjame que te haga la pregunta. Tú has hecho una carrera con mucho éxito. Me has dicho que a veces trabajas toda la noche o te encierras durante días
seguidos cuando tienes una fecha límite. Yo respetaré tu trabajo del mismo modo que tú respetas el mío, pero habrá veces, muchas veces, en las que necesitaré que
atiendas asuntos conmigo o me acompañes en viajes al extranjero. ¿Sería eso una carga para ti, Judith?
Judith miró fijamente su vaso. En los diez años transcurridos desde la muerte de Kenneth, había conseguido crearse una nueva vida por sí sola. Era periodista del
Washington Post cuando Kenneth, el corresponsal de la Casa Blanca de la Potomac Cable Network, murió en un accidente aéreo. Cobró suficiente dinero del seguro
como para dejar su trabajo y acometer la idea que le había obsesionado desde la primera vez que leyó un libro de Barbara Tuchman. Estaba decidida a convertirse en una
erudita historiadora.
Los miles de horas de tediosa investigación, las largas noches pasadas escribiendo a máquina, el reescribir y corregir, todo había valido la pena. Su primer libro, El
mundo está al revés, sobre la Revolución americana, ganó un premio Pulitzer y se convirtió en un best seller. Su segundo libro, publicado hacía dos años, sobre la
Revolución francesa, Oscuridad en Versalles, había tenido igual éxito y había recibido el Premio del Libro Americano. Los críticos la habían aclamado como «fascinante
narradora que escribe con la erudición de un catedrático de Oxford».
Judith miró de frente a Stephen. La suave luz de los apliques de candelabro de la pared y la vela del candelabro que flameaba sobre la mesa suavizaban las severas
líneas de sus aristocráticos rasgos y subrayaban los profundos tonos azulgrisáceo de sus ojos.
Creo que, como tú, también he amado mi trabajo y me he sumido en él para olvidar el hecho de que, en el verdadero sentido de la palabra, no he tenido una vida
íntima desde que Kenneth murió. Hubo un tiempo en que podía cumplir con los plazos y hacer juegos malabares alegremente con todos los compromisos que entrañaba
el hecho de estar casada con un corresponsal de la Casa Blanca. Creo que las recompensas de ser mujer además de escritora son maravillosas.
Stephen sonrió y alargó la mano buscando la de ella.
Realmente pensamos igual, ¿verdad?
Judith retiró su mano.
Stephen, hay una cosa que debes tener en cuenta. Con cincuenta y cuatro años no eres demasiado mayor como para no poder casarte con una mujer que pueda
darte un hijo. Yo siempre esperé crear una familia y, sencillamente, no sucedió. A los cuarenta y seis años, con toda seguridad no sucederá.
Mi sobrino es un excelente joven a quien siempre le ha gustado la heredad de Edge Barton. Estaré encantado de que él la herede, así como el título, cuando llegue el
momento. Mis energías a esta edad no llegan hasta la paternidad, sencillamente.
Stephen subió al piso a tomar un coñac. Brindaron solemnemente por sí mismos mientras convenían que ninguno de los dos quería atraer publicidad sobre su vida
íntima. Judith no deseaba que la importunara el aturdimiento del chismorreo de los columnistas mientras escribía su libro. Cuando llegasen las elecciones, Stephen quería
responder preguntas sobre problemas concretos, no sobre su noviazgo.
Aunque, por supuesto, les encantarás comentó. Hermosa, con talento y huérfana de la guerra británica. ¿Puedes imaginarte qué día de actividad tendrán
cuando nos relacionen?
A ella la asaltó un repentino y vivido recuerdo del incidente de aquella tarde. La criatura, «¡Mami, mami!». La semana anterior, estando en una ocasión junto a la
estatua de Peter Pan, en Kensington Gardens, la había atormentado el obsesionante

Pages :85

Tamaño de kindle ebook : 1,05 mb 

Autor De La  novela : Mary Higgins Clark

kindle ebooks Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

El síndrome de Anastasia – Mary Higgins Clark

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