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El sueño de hierro – Norman Spinrad

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Resumen y Sinopsis De 

las ciudades grandes, donde abundaban las víctimas. Si se habían instalado en un villorrio sin importancia, la conclusión era obvia para Feric: Borgravia estaba dominada
por Zind aun más de lo que él había imaginado.
Tuvo el impulso de detenerse, identificar al Dom, y retorcerle el pescuezo; pero lo pensó un momento y comprendió que la liberación de unos pocos mutantes
deformes e inútiles, sometidos a un patrón de dominio, no alcanzaba a justificar que demorase un instante su largamente esperada salida del pozo negro de Borgravia. De
modo que continuó su camino.
Al fin, la calle se estrechó y se convirtió en un sendero que atravesaba un repulsivo bosquecillo de pinos achaparrados, con agujas púrpuras y troncos retorcidos
cubiertos de úlceras. Aunque no podía llamarse un paisaje agradable, era pese a todo un alivio oportuno después del hedor ruidoso de la aldea. Poco más adelante, el
sendero se desvió ligeramente hacia el norte, bordeando la orilla meridional del río Ulm.
Aquí, Feric se detuvo para mirar hacia el norte, más allá de las aguas extensas y serenas del río que señalaban la frontera entre la pestilente Borgravia y la Alta
República de Heldon. Al otro lado del Ulm, los robles majestuosos, genéticamente puros de la Selva Esmeralda, se extendían en hileras hacia la orilla norte del río. A los
ojos de Feric, estos árboles inmaculados, que crecían en la tierra negra, fecunda e incontaminada de Heldon, simbolizaban la posición de la Alta República en un mundo
mestizado y degenerado. Así como la Selva Esmeralda era un bosque de árboles genéticamente puros, también Heldon era un bosque de hombres genéticamente puros,
que se alzaban como una valla contra las monstruosidades mutantes de desechos genéticos que se apilaban rodeando a la Alta República.
Cuando avanzó por el sendero pudo ver el puente del Ulm, un elegante arco de piedra tallada y acero inoxidable engrasado, obviamente producto de la superior
artesanía helder. Feric apresuró el paso, y pronto comprobó con satisfacción que Heldon había obligado a los deformes borgravianos a aceptar la humillación de una
fortaleza aduanera helder en el extremo borgraviano del puente. La construcción había sido pintada con los colores de Heldon -negro, rojo y blanco-, en lugar de una
bandera; pero, reflexionó Feric, de todos modos proclamaba orgullosamente que no se permitiría que ningún semihombre contaminara ni un centímetro de suelo humano
puro. Mientras Heldon se mantuviese genéticamente pura y aplicase rigurosamente las leyes de pureza racial, habría esperanza de que la tierra volviese a ser más
adelante propiedad exclusiva de la auténtica raza humana.
Varios senderos que venían de distintas direcciones convergían en la fortaleza aduanera, y por extraño que pareciese, una lamentable colección de mestizos y
mutantes formaba cola frente al portón público, vigilada por dos guardias aduaneros meramente ceremoniales, armados sólo con garrotes comunes de acero. Una
situación realmente peculiar, puesto que la mayoría de estas criaturas no tenían la más mínima esperanza de pasar un examen superficial, aunque los aduaneros fueran
ciegos retardados. Un evidente Hombre Lagarto estaba detrás de una criatura que tenía una articulación suplementaria en las piernas. Había Pieles Azules y enanos
jorobados, un Cabezahuevo, y mestizos de toda clase; en resumen, un muestrario típico de la ciudadanía borgraviana. ¿Qué inducía a estos pobres diablos a suponer que
serían autorizados a cruzar el puente y entrar en Heldon? Feric se lo preguntó mientras se ponía en la fila, detrás de un borgraviano vestido sencillamente, y que no
mostraba ningún defecto genético visible.
Por su parte, Feric estaba más que preparado para el examen genético completo por el que tendría que pasar antes de que se certificase su condición de humano puro,
y se le admitiese en la Alta República; aprobaba calurosamente la severidad de la prueba y la aceptaba de buen grado. Aunque su linaje inmaculado prácticamente le
garantizaba la certificación, con algún esfuerzo y bastantes gastos él mismo había verificado de antemano su propia pureza genética, al menos en la medida en que esto
era posible en un país habitado principalmente por mutantes y mestizos de humanos y mutantes, donde sin duda los propios analistas genéticos estaban
completamente contaminados. Si los dos progenitores de Feric no hubiesen tenido certificados, si el linaje familiar no se hubiese conservado sin mácula durante diez
generaciones, si a él mismo no lo hubieran concebido en la propia Heldon, pese a que había tenido que nacer en Borgravia porque desterraron a su padre a causa de
supuestos crímenes de guerra, no se habría atrevido nunca a solicitar que lo admitieran en una patria espiritual y racial que jamás había visto. Aunque se le reconocía de
inmediato como a un Hombre Verdadero en cualquier lugar de Borgravia, y pese a que se había verificado tal condición aplicando lo que pasaba por ser la ciencia
genética en ese Estado de mestizos, deseaba ansiosamente que llegase el momento de la única confirmación de pureza genética que realmente importaba: que lo aceptaran
como ciudadano en la Alta República de Heldon, único bastión del auténtico genotipo del hombre.
Pero, ¿por qué ese material tan visiblemente contaminado intentaba pasar la aduana de Heldon? El borgraviano que estaba delante era un ejemplo apropiado. Sin duda,
la apariencia de pureza genética de la criatura sólo tenía un defecto: un acre olor químico exudado por la piel; pero esa evidente aberración somática era claro indicio de
un material genético completamente contaminado. El analista genético helder lo identificaría en un instante, sin necesidad de ningún instrumento. El Tratado de Karmak
había obligado a Heldon a abrir las fronteras, pero sólo a los humanos que pudiesen obtener un certificado. Quizá la respuesta era sencillamente el deseo patético,
incluso del mestizo genéticamente más degenerado, de obtener su aceptación en la fraternidad de los verdaderos hombres, un deseo a veces tan intenso que desbordaba
los cauces de la razón o de la verdad reflejada en el espejo.
En todo caso, la fila avanzaba con bastante rapidez, y desaparecía en el interior de la fortaleza aduanera; sin duda dentro se tramitaba y rechazaba rápidamente a la
mayoría de los borgravianos. No transcurrió mucho tiempo antes que Feric pasara entre los guardias del portal, pisando por primera vez en su vida lo que en cierto
sentido podía considerarse suelo helder.
El interior de la fortaleza aduanera era inequívocamente helder, en profundo contraste con todo lo que se extendía al sur del Ulm, donde circunstancias infortunadas
habían confinado a Feric hasta la edad adulta. El suelo de la amplia antecámara era de elegantes baldosas rojas, negras y blancas, y estos mismos colores embellecían las
paredes de roble pulido. La cámara estaba iluminada por poderosos globos eléctricos. ¡Qué distinto de los interiores de cemento mal terminados y las velas de sebo del
típico edificio público borgraviano!
A pocos metros del portal, un guardia aduanero helder que vestía un uniforme gris un tanto descuidado, con los botones de bronce sin lustrar, dividía la fila en dos
grupos. Los mutantes y los mestizos más evidentes atravesaban el salón y pasaban por una puerta en la pared del fondo. Feric aprobó entusiasmado; no tenía sentido
malgastar el tiempo de un analista genético con lamentables cuasi humanos. Un guardia aduanero común hubiera podido eliminarlos sin más trámite. Los pocos
esperanzados a los que el guardia encaminó hacia la puerta más cercana, incluían varios casos muy dudosos, por ejemplo el borgraviano maloliente que precedía a Feric;
aunque nada parecido a un Piel Azul o un Caraloro.
Pero mientras se aproximaba al guardia, Feric observó algo extraño e inquietante. El guardia parecía acoger a muchos de los mutantes a los que llevaba hacia el grupo
de los rechazados, con una cierta familiaridad; más aún, los propios borgravianos actuaban como si con

Pages : 109

Tamaño de kindle ebook : 1,18  MB

Autor De La  novela : Norman Spinrad

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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El sueño de hierro – Norman Spinrad

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