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El vecino del tercero – Juliette Sartre

El vecino del tercero – Juliette Sartre

Sinopsis De 

Libro El vecino del tercero – Juliette Sartre

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mordió el labio. Ambos sabían que el pene erecto lo delataba y las dudas no lo iban a detener. Se acercó a ella, con los pantalones bajados, alzándola por la cintura,
colocándola sobre la fotocopiadora e introduciendo su pene en su vagina, sin preliminares ni circunloquios, embistiéndola salvajemente, mientras ella se desabrochaba la
camisa para que el espectáculo de sus redondos y perfectos pechos lo excitara lo suficiente para volver a repetir aquello con más tiempo e intimidad. No sólo estaba
experimentando un placer desbordante, también se sentía una triunfadora; había logrado que Marcelo pecara y eso le devolvía el poder que la estúpida de Elvira le había
robado. A los diez minutos, exhaustos y satisfechos, se recompusieron para no levantar sospechas. El ruido de unas herramientas tras la puerta les advirtió que el
encierro tocaba a su fin.
—¿Y ahora qué? —preguntó preocupado Marcelo.
—Déjame a mí—Melisa sabía como salir victoriosa de aquello. Marcelo sacó su teléfono móvil.
—Hola cariño. ¿Te pillo en mal momento? No tengo señal de WiFi para enviarte un mensaje. Sí, todo va bien. Sólo quería avisarte de que voy a tener que quedarme
hasta tarde en la oficina. Sí, llamaré luego a Silvia. Un beso—colgó. Melisa lo miraba entre expectante y confundida— Esta noche nos vemos en tu casa —confirmó
justo antes de que la puerta se abriera. Marcelo acababa de representar su papel, ahora era el turno de Melisa.
***
Anette había dedicado toda la mañana a instalarse, sin poder apartar de su mente el breve encuentro con Marcelo. Moreno, ojos grandes, barbilla marcada, cuerpo
atlético, unos 37 años, un delicioso bombón de ciudad al que había impresionado; no le habían pasado desapercibidas las miradas que le había dedicado durante todo el
tiempo hasta su despedida. Cada vez estaba más contenta de haber abandonado su pequeño pueblo para hacer sus sueños realidad en la gran ciudad. Había encontrado
un precioso apartamento bien situado y a buen precio, tenía dos eventos confirmados donde exponer sus cuadros, una entrevista de trabajo y había ligado con un vecino
sexy. Por fin la suerte le sonreía y sabía que aquello sólo era el principio de algo grande.
Debía comenzar a prepararse si no quería llegar tarde a la entrevista. Aun tenía que averiguar cómo llegar, qué metro coger, qué ropa ponerse, ensayar algunas
preguntas… su pulso comenzó a acelerarse; no podía permitir que toda la tensión acumulada por afrontar aquel cambio tan importante en su vida, la hiciera hundirse.
Respiró hondo y se metió en la ducha, debía ponerse en marcha cuanto antes.
La entrevista era para ser la camarera de un conocido pub de la zona, un trabajo en el que pagaban bien, con el que tendría tiempo para seguir pintando sin dejar que
las facturas se acumularan; algo temporal hasta que pudiera hacerse un hueco y vender algunos de sus cuadros. Además, seguiría gestionando su web y buscando
proyectos en los que colaborar como ilustradora; no sería fácil, pero no estaba dispuesta a rendirse. Su optimismo se vio vapuleado nada más conocer al encargado del
pub.—
Lo siento, no eres lo que estamos buscando —añadió tras mirarla de arriba a abajo.
—Pero…
—Mira, eres guapa, seguro que inteligente; pero si somos el local de moda en Madrid es por algo. Y
tú no lo tienes.
—Al menos podrías decirme, qué buscas.
—No tengo tiempo para esto. Espero que tengas más suerte en otro sitio—concluyó la conversación dándose la vuelta y dejándola con un palmo de narices. Anette
salió de allí molesta, mascullando improperios hacia el repeinado y engreído responsable de ese excéntrico lugar.
—¡Eh! ¡Espera! —la llamaron desde la puerta del pub. Un joven moreno y atractivo, se le acercó.
—Me llamo Román. He oído lo que Arturo te ha dicho. ¿Por qué quieres el trabajo?
—Pagan bien y tendré tiempo libre.
—Tu acento… ¿de dónde eres?
—De un pequeño pueblo de la Meseta.
—Si te interesa el trabajo, puedo ayudarte —confesó Román. Anette lo miró con desconfianza.
—¿Por qué lo harías? No me conoces de nada, ni siquiera te he dicho mi nombre.
—Tranquila, no busco nada raro. Es puro egoísmo. Mientras Arturo no contrate a nadie, seguiré sin poder irme con mi chico de vacaciones. Y créeme, lo necesito.
—¿No han venido más chicas? —Anette seguía sin entender por qué ayudarla.
—Lleva toda la mañana recibiendo a chicas, pero eres la única que me ha caído bien; ¿te vale?—Lo cierto era que no le valía aquella respuesta, pero decidió relajarse
y probar suerte.
—¿Qué tengo que hacer?
—Ven cuando abramos. Necesito que lleves más maquillaje, ropa ajustada y escote—Anette enarcó una ceja—. El mundo de la noche es lo que tiene. La gente busca
recrearse la vista y fantasear con los camareros. Si no te interesa, siempre puedes marcharte y buscar otra cosa. En el McDonald de Gran Vía buscan personal—Román
giró sobre sí mismo y se dirigió al local.
—¡Anette! —le gritó al chico haciéndolo que la mirara —. Me llamo Anette —repitió— nos vemos esta noche.

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Capítulo 3
Marcelo había acordado con Melisa que cuando terminaran en la oficina, ambos se dirigirían a casa de ella en coches separados, sin hacer referencias al tema para
guardar las apariencias. Se había dejado llevar por los impulsos del momento y urdido todo aquel plan, sin pensar en las consecuencias. Ahora conducía preocupado,
dando vueltas a la manzana, dudando si bajar o regresar a casa. Dudaba porque sabía que Melisa le haría olvidarse de todo con el suave roce de su lengua, pero se sentía
culpable por anteponer sus fantasías a Elvira. Se disponía a buscar aparcamiento, cuando la vio. La preciosa vecina del noveno caminaba con el ceño fruncido y el paso
ligero; viendo su andar interrumpido por un tipo moreno y fornido con quien iniciaba una discusión. Anette parecía disgustada y acorralada, y Marcelo no lo pensó dos
veces. Cruzó con su auto la calle y paró junto a la pareja, subiendo parte del coche a la acera.
—¿Qué pasa aquí? —exigió una explicación.
—No es asunto tuyo, tío —despidió Román quien tomaba del brazo a Anette para que regresara al local.
—¡No pienso volver! —gritaba la joven tratando de zafarse.
—¡Déjala en paz! —ordenó Marcelo propinando un puñetazo al camarero e indicándole a Anette que subiera al coche. La pareja se alejó a toda prisa y no fue hasta
que estuvieron a unos metros de distancia cuando empezaron a hablar.
—¿Te llevo a casa? —quiso saber Marcelo. Anette evitaba mirarlo, avergonzada, limitándose a asentir—. No debes preocuparte por ese capullo. Estoy seguro que
se le han quitado las ganas de seguirte —añadió gesticulando con la mano tratando de aliviar el dolor de sus nudillos. Marcelo pretendía relajar la tensión que se
respiraba en el ambiente y hacerla sonreír, pero logró todo lo contrario; Anette comenzó a llorar desconsolada.
Él no sabía qué decir ni qué hacer, sólo deseaba abrazarla y paliar su dolor. No entendía cómo ni por qué se sentía tan unido a ella, de una manera indescriptible e
irracional, que sólo había sentido una vez en su vida y había sido con Elvira. A quién, a pesar de la mala relación que mantenían, adoraba; se sentía responsable de Elvira
hasta el final de sus días. Detuvo el auto al margen de la carretera y le tendió un pañuelo.
—Gracias —logró decir ella con la voz rota por la congoja.
—No hay nada qué agradecer. ¿Estás bien? ¿Hay algo que pueda hacer? ¿Quieres que llame a alguien? ¿Qué avise a la policía?—sugirió él desencadenando una nueva
oleada de lágrimas—. Lo siento, yo no quería…
—Tú no has hecho nada. Soy yo, he sido una estúpida…— Marcelo la tomó de las manos para reconfortarla, guardando silencio para no volver a meter la pata.
—¿Por qué no me cuentas lo que ha pasado? Te vendrá bien para desahogarte.
—Vas a pensar que soy una idiota…
—Te prometo que no te juzgaré—aseguró acariciando su barbilla.
—Esta mañana tuve una entrevista para trabajar en el Monty Black —Marcelo abrió los ojos de par en par al oír ese nombre, pero continuó escuchando el relato, lo
había prometido—. El encargado me dijo que no era lo que estaba buscando, así que me marché; pero el tipo ese…
—¿El que te seguía?
—Sí. Salió tras de mí y me dijo que me ayudaría, sólo tenía que venir maquillada y vistiendo un poco más sexy —explicó abriendo la gabardina negra que le cubría,
dejando a la vista un ajustado vestido negro con un pronunciado escote. Marcelo tuvo que desviar la mirada y tragar saliva para no parecer desesperado por dejar la
charla y dedicarse a palpar con sus manos cada rincón de aquel cuerpo—.
Pagan bien y sólo tenía que venir los fines de semana, era perfecto para mí… así que vine. Román había hablado con su jefe para que me diera una oportunidad. Pasé
la primera fase porque al parecer, le gustó lo que vio. Me dejó ponerme en la barra a servir y, bueno, la cosa se complicó. Varios tíos quisieron meterme la propina entre
los pechos, a lo que me negué, y luego quisieron que me subiera a la barra a contonearme… ¡joder! ¡Yo no sabía que era ese tipo de locales! —Marcelo entendió todo lo
sucedido. Anette había confundido el Monty Black con un pub común y corriente, cuando de sobra era conocido como el lugar perfecto para despedidas de soltero y
disfrute para el sexo masculino.
Una carcajada se fue formando en su garganta dispuesta a salir a toda costa y él no se pudo resistir.
—¡Lo siento! Es que me imagino tu cara… y esos tíos… —Anette se contagió de su risa y ambos empezaron a reír— Entonces, ¿qué quería ese tipo?
—Nada… había dado la cara por mí, así que quería que acabara el turno para que su jefe no le despidiera.
—¡Maldita sea! Pensé que estaba intentando algo raro contigo.
—¡Lo siento! De verdad… espero que no tengas problemas por mi culpa—Anette lo observaba son sus enormes ojos abiertos, poniendo morritos y mostrando sus
contorneadas piernas; no podía enfadarse con ella, y eso es lo que más le preocupaba.
—Ya nos encargaremos del tema, si sucede. Sólo una cosa, la próxima vez que tengas una entrevista, yo te acompaño.
—De acuerdo —sonreía divertida ante la proposición.
—Será mejor que vayamos a casa. Y por favor, tápate —aconsejó avergonzado, mientras ponía el coche en marcha y evitaba pensar en lo que aquella gabardina
ocultaba—. ¿A qué te dedicas?
—Soy dibujante, pintora… artista. Estudié Marketing y algunos cursos de dibujo, aburrida de no poder dedicarme a pintar, hice las maletas y me vine a Madrid.
Una locura, lo sé, pero espero que merezca la pena.
—¿Y el trabajo de camarera?

El vecino del tercero – Juliette Sartre
—Hacer tus sueños realidad no es gratis. Necesito algo con lo que pagar las facturas, mientras consigo dedicarme a lo que realmente me hace feliz.
—¿Y eres buena?
—Pues no sé, el arte es algo subjetivo. Puedes pasarte cuando

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