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Empezar de cero – Virginia V. B.

 Empezar de cero – Virginia V. B. pdf

Sinopsis De 

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Empezar de cero – Virginia V. B.

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Julia, es la hija de un arquitecto muy
importante de Estados Unidos. Un
hombre déspota que no la trata
precisamente bien. En una fiesta que
organiza su padre, conoce a Abraham
Asbai. Un nuevo arquitecto recién
llegado a la ciudad del que se enamora
perdidamente, y con el que se casa poco
después de conocerse. Ella, está muy
enamorada, y por supuesto cree que su
marido siente lo mismo que ella. Hasta
que sin querer escucha una conversación
de éste con su mejor amigo y descubre
algo que evidentemente, ella ignoraba.
Desesperada y decepcionada huye en el
coche para ver a su amiga y hablar con
ella de lo que acaba de descubrir, pero
un camión se cruza en su camino, y tiene
un trágico accidente que la dejará en
coma y posteriormente amnésica.
¿Podrá seguir Julia con su vida
cuando se despierte del coma a pesar de
no recordar nada de ella?
¿Y qué sucederá cuándo esos
recuerdos regresen?
¿Se verá con fuerzas para empezar
de cero?
PRÓLOGO
En cuanto oigo el portazo que
Abraham da al salir de casa, se me
viene el mundo encima. ¿Por qué tiene
que ser todo tan complicado? Si alguien
me hubiera dicho, que apenas seis meses
después de casados nuestra situación iba
a ser esta, no me hubiera presentado en
la iglesia. Pero claro, nadie que yo
conozca tiene el poder de la adivinación
para decirme de que manera serían las
cosas.

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Conocí a Abraham en un cóctel
organizado por la empresa de mi padre.
Papá es arquitecto, y tiene una de la
mayores empresas del sector aquí en
Nueva York. En realidad, es conocida
mundialmente, no sólo por sus
edificaciones, también por el programa
que tiene para dar oportunidades a
nuevos arquitectos y ayudarles a hacerse
un hueco en la profesión. Aquel día, mi
padre me pidió expresamente que fuera
yo quien le acompañara a la recepción
de esa noche. Mi hermana Elsa, y yo,
nos turnábamos para ir con él a ese tipo
de eventos desde la muerte de mamá.
— Julia—me dijo—, esta noche
quiero que seas tú quien me
acompañe, ya sé que debería de ser
Elsa, pero te quiero a ti—. Yo
asentí. Mi padre es una persona con
un carácter muy fuerte y muy
autoritario y en casa, todos
acatábamos sus órdenes sin
rechistar.
En cuanto Elsa lo supo, respiró
aliviada. A ninguna nos gustaba
acompañarlo a ningún sitio, por eso
habíamos empezado a turnarnos. A
veces, cuando pienso en mamá, me
pregunto, qué fue lo que vio en él para
soportarlo durante tantos años. Quizá,
nunca se atrevió a dejarle,
probablemente para no perdernos a
nosotras y por no tener que volver a
España buscando el refugio de los
suyos. Estoy completamente segura de
que la hubieran recibido con los brazos
abiertos, aunque ella, no lo creyera así.
La pobre mujer, aguantó durante treinta y
dos años el calvario de convivir con
papá, sólo espero, y deseo, que dónde
quiera que ahora esté, esté tranquila y
feliz. Por aquel entonces, yo no estaba
pasando por mi mejor momento. Echaba
mucho de menos a mi madre y tenía la
sensación de no encajar en ninguna
parte. Mi vida era un asco, aun así, yo la
vivía, no me quedaba otro remedio, ¿no?
No había nadie especial en mi vida
desde hacía mucho tiempo, no era como
mi hermana. Ella tenía a los chicos
postrados a sus pies. No era, ni es de
extrañar, ya que ella es un auténtico
bombón. Rubia, de tez clara y ojos azul
intenso, con un cuerpazo alucinante… en
cambio yo, no diría que soy todo lo
contrario porque tampoco soy un
adefesio, pero somos muy diferentes. Lo
único en lo que nos parecemos, es en el
color de los ojos, heredados de nuestra
maravillosa madre. Por lo demás, somos
completamente distintas.
Estaba claro que mi pelo rojo y mi
cuerpo exento de perfectas curvas,
ahuyentaba a los hombres.
Algo que hace unos nueve meses,
empezaba a preocuparme. Hasta que
apareció Abraham.
Aquella noche, me puse un vestido
negro de gasa, sencillo. Con la espalda
descubierta. Me hice un moño bajo, y
apliqué a mi cara un poco de maquillaje
intentando disimular las pecas de mi
nariz, y por último, me calcé unos
zapatos de tacón de aguja plateados a
juego con una cartera de fiesta.
Del brazo de mi padre, me dirigí al
salón de actos de la empresa, y allí en la
puerta, estreché manos dando la
bienvenida a todos los invitados. Un
cuarteto de cuerda, amenizaba la velada
con música de Frank Sinatra. Lo cierto
es que me aburría como una ostra, hasta
que llego él. Captó mi atención en
cuanto puso los pies en el salón. Vestía
esmoquin negro, camisa blanca impoluta
y pajarita. ¡Madre de Dios! Era el
hombre más guapo que había visto en mi
vida. Pelo negro, piel morena, ojos
rasgados y de un negro tan oscuro como
la misma noche. Sí, desde luego era un
hombre impresionante. ¿De dónde había
salido?
Vi como se acercaba a saludar a mi
padre, y después, paseó su mirada por el
salón. Nuestros ojos se encontraron, y
esa mirada hizo que se me secara la
boca y se me doblaran las rodillas.
¡Jesús, si hasta parecía que me mareaba
y todo! Fui incapaz de apartar mi mirada
de la suya durante un buen rato, sólo
cuando el rubor de mis mejillas era más
que evidente, conseguí dejar de mirarlo.
«Pero bueno, Julia —me dije—
contrólate, o conseguirás quedar en
evidencia delante de toda esta gente».
Había conseguido hacerme arder con
solo una mirada, ¡qué fuerte! Me dí aire
con la mano, hacía demasiado calor allí
dentro. Aproveché que el camarero
pasaba por mi lado para coger una copa
de cava que casi me bebí de un solo
trago. Estaba nerviosa. Por el rabillo del
ojo, vi acercarse a mi
padre y a ese hombre imponente.
— Julia, querida —¿querida?,
mi padre nunca me llamaba así…
— Quiero presentarte a la nueva
adquisición de “Empresas
Sullivan”, él es Abraham Asbai.
Abraham, ella es mi hija, Julia —lo
saludé con un fuerte apretón de
manos.
— En realidad —contestó él con
voz profunda—, es «Empresas
Sullivan» quien es mi nueva
adquisición, no al revés. Encantado
de conocerte, Julia. Tienes unos
ojos preciosos. —Me puse roja
como un tomate tras aquel piropo
inesperado y solo atiné a decir un
gracias apenas audible.
A partir de ahí, todo fue muy rápido.
Abraham y yo quedamos

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continuamente. Él era mi moreno, y yo
su pelirroja. Tres meses después, nos
casábamos en la catedral de San
Patricio, rodeados de la gran élite

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