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Empotrada por amor – Fran Cazorla

Empotrada por amor – Fran Cazorla

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Empotrada por amor – Fran Cazorla

  lo vio bajar dos plantas a toda velocidad hasta llegar al andamio.
«Este hombre…», pareció dibujar con un suspiro de
sus labios.
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Capítulo 2
Hacía bastante tiempo que aquello no le ocurría. Había
tenido sus coqueteos, sus ligues y tal, pero aquella mujer le
transmitía algo que le era desconocido. Tenía algo que le
atraía sobremanera, y no era solo una cuestión de atracción
física, había algo más que no sabía explicar. No tenía pensamientos
de volver a tener una relación seria por el momento,
pero desde que aquella mujer le habló para pedirle presupuesto
para reformar su piso, no podía evitar mirarla de otra
manera ni tampoco buscar encuentros con sus ojos.
Estaba en la azotea colocándose los arneses y el descensor
cuando oyó sonar un teléfono en el piso que había
justo bajo él. La chica se encontraba en casa todavía y pensó
que sería un buen momento para verla aunque fuese un
instante. Comprobó todo el sistema una vez más, se colocó
de espaldas en el filo de la cornisa y se dejó caer al vacío.
Se detuvo en seco justo en frente de la ventana, muy
cerca del cristal, y se quedó mirándola con atención. Estaba
claro que no se lo esperaba y casi tiró el móvil. Le hizo gracia,
aquella hermosa mujer era tan natural que a Manolo le
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parecía extraño encontrarse con alguien así en los tiempos
que corrían. Ella tenía clavada sus preciosos ojos en él, leyó
en sus labios cómo se despedía de su interlocutor y colgaba
el teléfono. Manolo sonrió, le hizo un guiño y apretó de
nuevo el descensor para seguir bajando hasta llegar el andamio.
Ya había visto a la chica del quinto.
Estaban trabajando a la altura de la segunda planta
cuando el móvil de Manolo comenzó a sonar.
—¡Jefe!, si son los de la pintura, recuérdales que pronto
necesitaremos el pedido, ¿vale? —gritó Cristian, dirigiéndose
a Manolo.
—¡Vale! —Cogió el teléfono y la preocupación lo invadió
al ver quién le llamaba antes de descolgar—. Buenos
días, dígame.
—…
—Iré enseguida. Muchas gracias por avisarme. —Colgó
la llamada y miró a los chicos, que al instante entendieron
lo que pasaba—. Tengo que dejaros un momento,
¿vale?
—Claro, jefe —respondió Cristian —. No te preocupes.
No tardó demasiado en llegar al pequeño parque que
había unas calles antes de llegar al instituto de su hija. Bajó
del coche y se acercó caminando al banco donde se encontraba
su pequeña. Se sentó junto a ella sin decir nada.
—Hola, papá. —Un hilillo de voz salió de ella—.
¿Quién te ha llamado?
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—Hola, hija. Me ha llamado tu director. ¿Qué te ha
pasado?
—No quiero ir al insti, papá.
—Pero ¿por qué? Eres una chica muy lista y te gusta
estudiar o al menos te gustaba. ¿Qué ha cambiado ahora?
¿Es por tu madre?
—Estoy muy cansada, de verdad. —Su hija se pondría
a llorar de un momento a otro—. Cada vez es más difícil
aguantarla.
—Cuando se ponga así, lo único que tienes que hacer
es no escucharla. —Manolo la rodeó con su brazo y le dedicó
una gran sonrisa—. Usa la técnica de « por un oído me
entra y por el otro me sale».
—No soporto que hable mal de ti, papá.
—Tú me conoces de verdad, cariño, así que pasa de
ella, dentro de poco no tendrás que preocuparte más de
eso.
—No es tan fácil.
—Claro que no, pero los dos juntos podemos lograrlo,
¿a qué sí?
—Sí. —Por primera vez desde que llegó al banco, su
hija sonrió—. Ya falta menos.
—¡Esa es mi chica! Y ahora vete para el instituto. Tú,
a las clases y yo, de vuelta al andamio. —Manolo guiñó un
ojo y le dio un abrazo a su hija.
—Vale, papá. Gracias por venir.
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—Siempre me tendrás contigo, cariño. Venga, vete ya,
no llegues más tarde aún.
Manolo vio alejarse a su hija por el parque hasta que
dobló la esquina de la calle. Dejó escapar un suspiro intenso
y cerró los ojos. Era consciente de lo mal que lo estaba
pasando su niña desde el divorcio, pero la situación había
empeorado en el último año, y todo porque se acercaba la
mayoría de edad de su Laura.
Al subir al coche vio en el salpicadero un papel con
anotaciones. Era el borrador del presupuesto que había
preparado para la mujer del quinto. Aún no la había llamado
para decirle el total de la obra y decidió hacerlo en aquel
mismo instante. Cogió su móvil, marcó el número que venía
en la hoja y esperó.
—Buenos días.
—…
—Soy Manolo, el albañil, será un momento nada más.
—Esperó unos segundos antes de continuar—. Ya tengo
preparado el presupuesto de la obra de su casa.
—…
—Sí.
—…
—El total serían siete mil doscientos. Si quiere, se lo
puedo llevar en persona o enviárselo por mail, como usted
prefiera.
—…
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—De acuerdo. Muchas gracias y que tenga un buen día.
—…
«Una cosa menos por hacer», pensó Manolo, mientras
arrancaba su coche para regresar al edificio con sus trabajadores.
Aquella mujer parecía especial hasta por teléfono.
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Capítulo 3
Un escalofrío la recorrió de abajo a arriba con aquel
simple recuerdo que regresó a su mente. Por momentos, comenzó
a sentirse más y más acalorada, y al dejar escapar un
suspiro que parecía casi un gemido fue cuando se autoordenó
regresar a la realidad. Cerró los ojos, movió la cabeza
de un lado a otro varias veces y gritó en voz alta:
—¡Ya! Vamos, Maripili, ¡que hay que trabajar!
Se recompuso a toda prisa, cogió su bolso y, apresurada,
salió de casa. El ascensor aún seguía en aquella planta,
con solo pulsar el botón las puertas se abrieron y ella entró.
Deseaba con cierta ansiedad llegar hasta abajo y salir del
edificio cuanto antes. No quería cruzarse con nadie ni con
los chicos ni con Manolo, y muchos menos con Rosario.
Como si los dioses la hubieran escuchado por esa vez,
no se cruzó con un alma en todo el trayecto. Nadie llamó
al ascensor en las cuatro plantas restantes y nadie apareció
en su camino en todo el pasillo de entrada hasta llegar a
la puerta de salida. Abandonó el edificio a toda prisa, sin
mirar atrás, sin mirar hacia arriba, hacia los andamios. No
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le apetecía lo más mínimo cruzar alguna mirada. Sí le pareció
oír algún comentario o silbido cuando estaba girando la
esquina del vecindario. Siempre iba andando a su negocio.
Apenas diez minutos separaban el local de su hogar, por lo
que no merecía la pena coger el coche para tan poco, y menos
aún con lo complicado que resultaba aparcar en aquella
zona tan céntrica.
Poco antes de llegar se detuvo en el pequeño café de la
esquina. Al entrar se lo encontró como siempre, a rebosar
de clientela, y es que no era para menos; allí servían los mejores
cafés de toda la ciudad. Se acercó a la barra en busca
de Enrique, haciéndose un hueco a codazos.
—Hola, guapo.
—Hola, Maripili —contestó el camarero mientras colocaba,
azaroso, azucarillos y cucharas en los platos que se
alineaban en la barra.
—¿Me puedes colar, cielo? —dijo con voz sensual y
llamativa—. Voy muy tarde hoy.
—¿Qué te pongo, guapa?
—¿Tú? Mala, ya lo sabes —contestó, con una gran risotada
que se oyó en cada esquina del local.
—Lo de siempre, ¿no? —El chico se limitó a sonreírle y
a seguir con su quehacer.
Maripili comprendió que andaba algo estresado esa
mañana y se limitó a guiñarle un ojo mientras el camarero se
giraba hacia la máquina del café. Ella cogió su bolso y sacó
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un billete doblado que puso en la barra. A los pocos minutos,
Enrique se había llevado el billete y a cambio había dejado
un par de monedas y tres capuchinos, en vasos para llevar.
Paró frente a la puerta y se quedó mirando al interior.
Esther y Sofí andaban ordenando los estantes y no se percataron
de su presencia. Esperó unos segundos, que le parecieron
eternos, hasta que una de ellas giró la cabeza y la vio
mirándolas fijamente con el bolso al hombro, dos vasos en
una mano y otro más en la otra. Sonrió de forma inmediata
y alzó una de las manos mostrando lo que portaba. Esther
se acercó a abrirle la puerta.
—Hola, jefa, ya pensábamos que te habías tomado
libre el resto de la mañana—bromeó mientras liberaba la
mano donde Maripili llevaba los dos vasos.
—Ojalá pudiera, Esther, pero entre unas cosas y otras
al final me he entretenido.
—Los de la reforma que te entretienen demasiado últimamente
—dijo Sofí, mirándola con los brazos cruzados y
una sonrisa de medio lado.
—No seas tonta, anda —respondió intentando disimular
que la chica llevaba bastante razón en sus palabras—.
Jorge volvió a llamarme de nuevo.
—¿Para qué? —dijeron Esther y Sofí al unísono mientras
fijaban la vista de forma inquisidora en su jefa.
—Sus tonterías de siempre. —No pudo evitar reír al
ver cómo sus chicas decían las mismas palabras a la vez.
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Agradecía mucho el apoyo que le daban siempre—. No os
preocupéis, estoy bien.
—¿Seguro que estás bien? —Esther se acercó a ella—.
Jefa, llevas tres días un poco rara.
—Eso es cierto —añadió Sofí—. A ti te ha pasado algo
y no quieres contárnoslo.
—Bueno —balbuceó un tanto dubitativa al principio—.
Vamos a tomarnos los capuchinos y os cuento un
secreto, ¿vale?
—Eso ya nos gusta más. —Esther puso su gesto de
amante de los cotilleos—Sabíamos que te pasaba algo, así
que cuenta, cuenta.
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Capítulo 4
Era lunes, pero para Manolo no era el peor día de la
semana como para la mayor parte del mundo. Para él, significaba
quedar con sus amigos de toda la vida a tomar algo
en el pub y a hablar de sus vidas. Ellos fueron siempre su
mayor apoyo, sobre todo con el tema del divorcio. Se arregló
un poco y salió un rato antes. Había quedado con su
amigo Paco en que pasaría por su casa; algo sobre alguna
chapuza que quería hacer en su patio. No tardó en llegar,
vivían cerca, y le tocaba a él llevar el coche.
La mujer de Paco fue quién le abrió la puerta. Después
de los dos besos de rigor le señaló que pasara dentro y le
indicó que su marido estaba en el patio.
—Buenas noches, don Paco —saludó primero Manolo
al asomar a la puerta.
—Buenas, Manolín. —Paco reclamó su presencia junto
a él.
—¿Qué es eso que te ronda por la cabezota ahora?
—Quiero que me hagas una barbacoa como la tuya
—hizo una pausa—. No, como la tuya no, que sea más
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grande, que yo sí tengo un patio como dios manda.
—Me sobra con el patio que tengo —respondió Manolo,
entre risas.
—Vale, como tú quieras. ¿Qué me dices? ¿Cuánto me
costaría una barbacoa en condiciones?
—Para un amigo como tú, no mucho, así que tranquilo.
Un sábado de estos nos ponemos y la hacemos en una
mañana.
—¡Ea! ¡Trato hecho! —le estrechó la mano a Manolo—.
Siéntate, que voy a por unas cervezas, es aún temprano
para irnos.
—No te voy a decir que no.
—Es otra ventaja de tener un buen patio. —Paco lo miraba
con sorna—. Puedo tener una buena mesa y sillas para
todos los invitados.
—Hoy estás de gracioso, por lo que veo. —Manolo
movió la cabeza de un lado a otro mientras miraba al cielo—.
Trae las cervezas y cállate de una vez.
Manolo se sentó en una de las sillas de terraza. A fin
de cuentas, su amigo llevaba razón, él no podría tener una
mesa así en su patio a menos que echara la mitad de la cocina
abajo. A ser verdad, lo tuvo, pero en la casa donde vivía
ahora no era posible. Paco salió con dos cervezas y se sentó
frente a él.

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¿Qué tal tu hija? —preguntó tendiéndole una de las
cervezas—. Hace tiempo que no la vemos.
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—Ya sabes, a veces le dan esos ataques de rebeldía y
tengo que ir a buscarla.
—Vamos, que Rocío sigue igual que siempre, ¿no?
—Yo diría que hasta peor.
—¿Peor? ¿Por qué?
—Sabe que se acerca el día en que Laura se irá de casa
y ve que no puede hacer nada para retenerla.
—¿Sigue esa zorra diciendo pestes de ti?
—¡Paco! ¡Habla bien, por dios!
—Puedo hablar como quieras, pero eso no hará que
deje de ser una zorra, ¿no crees?
—Seguramente. —Los dos se miraron y se echaron a
reír—. Yo estaba ciego de amor, pero vosotros podíais haberme
avisado, ¿no?
—No toques los cojones, Manolo. —Paco lo miraba
con la vista fija en él—. Te lo dijimos todos los días, pero tú
ni caso.
—En fin, a lo hecho, pecho, ¿no?
—Exacto. Tienes a tu hija que te adora, no te falta trabajo
para hacer barbacoas, ligas cuando te da la gana y tienes
a los amigos más guapos y atractivos de la ciudad, ¿qué
más puedes pedir?
—Brindo por eso, amigo. —Chocaron sus cervezas en
alto.
—Y venga, vamos a recoger a Zipi y Zape, y al pub,
que tenemos que contarte algo muy importante.
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—¿Cómo? —Manolo lo miró perplejo—. ¿Llevamos
un buen rato aquí y no me lo cuentas?
—Mejor cuando estemos todos. Venga, vamos, Manolo.
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Capítulo 5
—Pues veréis, chicas —comenzó a hablar Maripili,
casi en un susurro—. Esto pasó hace tres días.
Justo en ese momento, el tintineo del sonajero de la
puerta llamó la atención de las tres mujeres. Alguien acababa
de abrir la puerta y entrar a la tienda. Se quedaron atónitas
al ver a la mujer que acaba de atravesar el umbral. Una
señora rubia, mal teñida, eso sí, de unos cincuenta y tantos
años se quedó quieta a pocos metros de la entrada, mirando
de un lado a otro los estantes y escaparates de la tienda.
—Buenas tardes —se adelantó Esther al ver que nadie
era capaz de pronunciar palabra alguna—. ¿En qué puedo
ayudarla?
—Ay, muchas gracias, hermosa —respondió, amable,
la señora quitándose unas gafas de sol horrorosamente rosas—.
Quiero zapatos. Necesito zapatos. ¡Siempre he querido
tener zapatos!
—Entonces ha venido al lugar indicado. —Esther sacó
una sonrisa algo forzada y, con el brazo extendido, dio una
vuelta sobre sí señalando toda la tienda.
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Maripili miró a Sofí un momento con los ojos abiertos
como platos, y luego centró su mirada en aquella señora tan
peculiar. Llevaba un moño espantoso y parecía maquillada
por un niño hiperactivo. Y eso no era lo peor; llevaba unos
leggins de color rosa con la palabra « sexy» en el trasero. El
conjunto lo completaban unas zapatillas de casa doradas
y una sudadera de color negro donde podía leerse en bien
grande la palabra « Niqe».
—¡Dios! ¿De dónde ha salido esta mujer? —dijo Sofí
en voz baja acercándose a su jefa—. Mejor la despachamos
rápido y nos sigues contando, ¿eh?
—Sí, me gusta esta tienda —comentó la extraña señora—.
Es tal y como me habían dicho.
Las tres acompañaron con una gran sonrisa el comentario
de la mujer. Maripili la observó con detenimiento. Iba
cargada; de sus brazos colgaban bolsas de papel de tiendas
conocidas, e, incluso, advirtió que llevaba un par de
vestidos en sus fundas. «No puede ser», pensó sorprendida
aunque las fundas de los vestidos hablaban por sí solas: Valentino,
Marc Jacobs.
Maripili entrecerró los ojos para prestar mayor atención
a las marcas impresas en las bolsas: Gucci, Vuitton,

Empotrada por amor – Fran Cazorla
Prada, Dior. «Pero ¿cómo es posible? No me lo puedo
creer», se dijo mientras se acercaba a ella y le hacía una señal
a Esther para que la dejara hablar a ella.
—Nos gusta cuando nos recomiendan —le comentó

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