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En blanco y negro – Ricardo Acosta

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Resumen y Sinopsis De 

En blanco y negro – Ricardo Acosta

Años antes de nuestra boda, la madre de Renata en una tarde de conversación distendida, me mostró –ante la resignada protesta de su hija- fotos y videos de la
infancia de mi novia recientemente oficializada. Fue una sorpresa ver que desde niña ya mostraba una belleza distinta, con cejas frondosas y oscuras, casi unidas en el
entrecejo; labios ya más grandes de los normales y mejillas un poco coloradas sobre una piel que noté había perdido color con el paso de los años. Era una hermosa
chiquilla de piernas flacas y cabello desordenado; indiscutiblemente lejos de los estándares de la Guadalupe de Nabukov. En todas las imágenes se mostraba recelosa,
queriendo ocultarse y expresando cierto nivel de sospecha al retratista de ocasión. A pesar de mi notable debilidad ante la dulzura de los niños, recuerdo que no sentí
por esas fotografías ninguna particular atención. Sin embargo, al verla en un video casero de pocos minutos, jugando con su padre en el patio de una casa desconocida
para mí, con una faldita de mezclilla, medias con vuelos rosa de encaje, zapatos celestes de cordones blancos mal ajustados y con una pequeña blusa morada con
evidencia de maltrato directo por parte de la tierra/césped/desconocido, sentí que mi corazón se perdió un latido. Era un pequeño angelito garabateado en la pantalla
dando veloces giros sobre sus ya chuecos pies, y que tenía el poder de tallar en el rostro de su pétreo padre la sonrisa más grande y sincera que le he visto en la vida a
mi suegro.
En la espera de la llegada de Mariana, en esas cerca de 3 horas que tomó el parto natural de aquella madrugada de un jueves corriente, varias veces pasó por mi mente
esa imagen. Desde el primer día que confirmamos el embarazo sabía que tendríamos una niña. Lo podía sentir porque lo deseé desde que decidí que quería vivir para
siempre con Renata. Quería tener una hija que se pareciera a ella, sus ojos, sus cejas, su timidez mezclada con aire de travesuras en planificación. No quería que tenga
nada mío, quería que el mundo sea bendecido con una nueva versión de Renata.
Los gritos de dolor de la madre primeriza, las indicaciones del doctor y las inútiles palabras de aliento de las enfermeras fueron magistralmente interrumpidos por la
sonora y grave protesta de mi hija al ser obligada a abandonar su nido materno. Podría jurar que al tenerla en mis brazos pude verle pequeñas alitas perla que la
arropaban. Me enamoré de Mariana perdidamente desde que la cargué en mis brazos por primera vez; y amé aún más a Renata (cosa que sabía imposible) por darme esa
nueva vida.
(Me has visto sacar el álbum de fotos de su infancia y te sentaste conmigo a verlas. Por suerte, tuve tiempo de ocultar las hojas de este relato. Hemos hablado
de nuestras historias favoritas con Mariana. Le has llamado a casa -sin éxito- para saber cómo está; la sigues viendo como a un bebé y ya está cerca de los 40.
Ya estoy muy viejo, deja de enamorarme más.)
En alguna galardonada película –no estoy seguro de la veracidad de ese adjetivo- que disfruté en algún año de mi era pre-Renata, un famoso actor –no recuerdo su
nombre- decía (o le decían) que los hombres tenemos un problema que no sabemos aceptar: siempre pensamos que defraudamos a nuestras esposas y familias. Nos
frustramos al ver que no podemos darles los lujos que erróneamente pensamos que ellas demandan. Ese mensaje, que recuerdo era secundario para el desarrollo de la
narrativa del film, se quedó registrado en mi modo de evaluar el matrimonio. Lamentablemente, por cuestiones de edad e inseguridades, la idea se tergiversó. Pensaba que
para casarme tenía que buscar una mujer que no demandase lujos o que yo debía ser capaz de solventarlos sin mucho esfuerzo. Es decir, o buscaba una mujer
extremadamente sencilla –de las cuales, no había muchas en mi entorno-; o, que un requisito fundamental para el matrimonio (casi tan importante como el amor) era
tener grandes cantidades de dinero. La segunda opción, a pesar de ser opuesta a mi híper-romanticismo, fue la opción por la que terminé decantándome. Postura que me
martirizó por muchos años al inicio de nuestro matrimonio.
La llegada de Mariana fue un milagro que desmintió el dicho de que todo niño viene con un pan bajo el brazo. Nuestra situación económica tomó una tendencia
continua a la baja desde los primeros meses de su gestación. La respuesta normal de cualquier padre primerizo responsable ante esta situación es incrementar el
esfuerzo, malgastar horas de vida a cambio de horas extras de trabajo; a fin de evitar el bochorno de saberse no capaz de mantener a su hogar. Hoy miro a esa época con
hastío, con frustración y con rencor hacia mi yo del pasado, porque nos privó a mis tres versiones de vivir momentos irrepetibles de la infancia de mi hija por buscar
darle una “mejor” vida. Mi pasado yo, cada vez más viejo y con la conciencia cada vez más pesada; mi presente yo, debutante eterno, queriendo a ratos tomar el lugar
del yo del pasado y con la certeza de que el yo del futuro tiene menos días de vida (pobre iluso); y el futuro yo, una promesa incierta de una nueva luna que admirar.
Todos ellos sufrieron por mi decisión de redoblar esfuerzos a fin de aumentar los ingresos. Sus primeros años de infancia los perdí por mi grotesca adicción al trabajo, al

Pages :30

Autor : Ricardo Acosta

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

En blanco y negro – Ricardo Acosta

mal llamado éxito profesional que comencé a formar y al supuesto bienestar que el dinero pareciera comprar.
Renata y Mariana llenaron mi ausencia con un fuerte vínculo que pasó de un amor madre-hija a algo más parecido a

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