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En el infierno no hay glamour – Lucy Sykes & Jo Piazza

En el infierno no hay glamour – Lucy Sykes & Jo Piazza pdf

Sinopsis De 

Libro En el infierno no hay glamour – Lucy Sykes & Jo Piazza

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La joven y guapa redactora adjunta
cruzó las desnudas piernas con
nerviosismo, dejando que el pie derecho
se moviera arriba y abajo. Le
preocupaba que la falda lápiz negra de
lana rizada fuese un pelín demasiado
corta para estar en primera fila. No se
podía decir que desentonara entre esa
multitud de hombres y mujeres vestidos
de negro con exquisitos tejidos italianos
confeccionados con cortes franceses y
sensibilidad americana. Su aspecto era
el adecuado. Aun así, no se podía creer
que de verdad estuviese allí. Ni en un
millón de años se habría imaginado que
estaría sentada en la primera fila de un
desfile de la Semana de la Moda de
Nueva York. Le dio la vuelta una vez
más a la invitación de compacto papel
vitela para leer el texto en letras
doradas. No había ningún error: su
asiento era el 11A. Se hallaba en el
lugar adecuado a la hora adecuada.
A sus veintiséis años, Imogen Tate
ya llevaba cinco analizando las
fotografías de esos desfiles con sus jefes
en la revista Moda, pero no había visto
ninguno en persona.
El goloso desfile de Óscar de la
Renta le tocó cubrirlo únicamente
porque sus superiores estaban
sobrecargados de trabajo. Bridgett Hart,
una imponente modelo negra y una de las
tres compañeras de piso de Imogen,
participaba en él. Imogen consultó su
reloj: las cinco y media. Estaba previsto
que el desfile comenzara a las cinco,
pero muchos de los asientos no estaban
ocupados aún. Pese a que Bridgett le
había asegurado que durante la Semana
de la Moda nada empezaba cuando tenía
que empezar, Imogen llegó a las cinco
menos cuarto. Era mejor llegar pronto.
Se planteó levantarse para ir a saludar a
su amiga Audrey, relaciones públicas en
Bergdorf Goodman, que estaba
charlando con un periodista del Trib a
unos diez asientos de ella, pero le
preocupaba que alguien ocupase el
asiento que le había sido asignado. La
habían prevenido de una nueva rica
famosilla especialmente viva que nunca
podía sentarse en primera fila y
revoloteaba alrededor a la espera de una
oportunidad para abalanzarse sobre un
asiento si alguien no aparecía.
Un mechón de pelo le cayó por la
cara e Imogen se apresuró a
acomodárselo detrás de la oreja. La
semana anterior había dejado que su
nueva peluquera la convenciese de que
recuperara su rubio natural tras una serie
de tonalidades más oscuras y
dramáticas. Resultaba elegante. Chic era
la palabra que definía su nueva vida en
Estados Unidos.
—¡Ay! —Imogen levantó el pie y
miró con el ceño fruncido al paparazzi
que le había pisado el dedo meñique,
que asomaba por sus mejores (y únicas)
sandalias de piel de serpiente de
pulsera.
—No se ponga en medio —afirmó el
hombre con desdén.
—Estoy en mi sitio —espetó ella
con su acento británico más distinguido,
subrayando el «mi».
En efecto, estaba en su sitio. Su
nombre figuraba en la invitación, y eso
era por algo. El sector de la moda era
una comunidad cerrada compuesta por
diseñadores, redactores, minoristas y
herederas privilegiadas. El acceso a esa
clase de eventos era restringido, y podía
serle arrebatado a uno con facilidad.
—Pues su asiento estorba el paso —
adujo el desagradable fotógrafo antes de
cruzar como una flecha la pasarela
cubierta de plástico para sacarle una
fotografía a Anna Wintour, la directora
d e Vogue, cuando tomaba asiento
elegantemente frente a Imogen, al otro
lado de la pasarela.
Con Anna sentada, el desfile por fin
podía empezar. Personal de seguridad
con recios jerséis de cuello de cisne
negros, provistos de grandes walkietalkies,
acompañaba a los fotógrafos
hasta un recinto situado en el extremo de
la pasarela. Estaba estrictamente
prohibido captar fotos en el desfile, el
diseñador debía dar su aprobación.
Imogen llevaba una pequeña cámara
compacta en el bolso, pero no se atrevía
a sacarla. Había tomado un montón de
fotos fuera, en las carpas instaladas en
Bryant Park, y tenía pensado dejar el
carrete en uno de esos sitios de revelado
en una hora cuando volviera al trabajo.
Extrajo del bolso una libretita negra.
Asistentes vestidos de negro de pies
a cabeza retiraron el plástico industrial
de la pasarela, dejando al descubierto
una superficie blanca prístina. La
intensidad de la luz disminuyó y se hizo
el silencio. El gentío deslizó
respetuosamente los bolsos y los
maletines debajo de los asientos. El
público prestaba tal atención a lo que
estaba sucediendo en la pasarela que se
abstuvo de comentar nada y hasta de
consultar los papeles que tenía en el
regazo cuando las luces bajaron.
En medio del silencio se oyó el
estruendo de los bailables ritmos de
Livin’ la vida loca, de Ricky Martin,
mientras una luz blanca bañaba el
espacio. Modelos con la vista siempre
al frente empezaron a desfilar por la
pasarela, una tras otra. A Imogen apenas
le daba tiempo a tomar notas de cada
uno de los looks. Lo cierto es que habría
sido el momento perfecto de utilizar la
cámara, pero no se atrevió.
Reparó en Jacques Santos, enfrente
de ella. Con sus característicos
pantalones vaqueros blancos,

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el
fotógrafo devenido en director creativo
de una de las grandes revistas sacó sin
más su Nikon y comenzó a fotografiar
frenéticamente a las modelos a medida
que iban pasando por delante. Con el
rabillo del ojo, Imogen vio que el
personal de seguridad empezaba a
abandonar nerviosamente su puesto, al
final de la pasarela. No tomaron
medidas hasta que Jacques se puso de
pie y levantó la cámara por encima de la
cabeza para hacer un picado.
Sincronizándose a la perfección con las
modelos, dos hombres se acercaron a
Jacques, uno por cada lado y, antes de
que el francés supiera lo que estaba
pasando, lo placaron y le confiscaron la
cámara. Se quedó tendido en la
pasarela, estupefacto.
Bridgett, la escultural amiga de
Imogen, ni siquiera pestañeó cuando
pasó por encima del hombre, tan
tranquila con sus botas de cuero de
mosquetero, y continuó por la pasarela
con la elegancia de una pantera, la
puntera del pie derecho ligeramente
levantada al separarse del suelo. Con la
cámara en una mano, uno de los de
seguridad levantó a Jacques, le sacudió
el polvo y le indicó que se sentara. Acto
seguido sacó la película de la Nikon y
se la devolvió antes de regresar a su
sitio al final del pasillo.
El espectáculo continuó.
1
AGOSTO DE 2015
Al principio, Imogen no reconoció a la
chica que daba vueltas en su silla y se
sacaba una foto de las bailarinas color
magenta de Tory Burch y las uñas de los
pies pintadas a juego. Sostenía en una
mano su iPhone blanco y dorado
mientras extendía la otra hacia los
zapatos, abriendo los cuidados dedos
delante de la pantalla.
Imogen se alisó su magnífico pelo
rubio tras las orejas y dio un golpe seco,
con seguridad, con el tacón derecho para
que la chica, que ahora ponía morritos a
la cámara para hacerse un selfie, supiera
que no estaba sola en el despacho en
forma de esquina.
—Uy. —Eve Morton, la antigua
asistente de Imogen, se puso firme,
sobresaltada. El teléfono cayó al suelo.
Un deje de sorpresa afloró a la voz
aguardentosa de Eve cuando estiró el
cuello para ver si había alguien detrás
de ella—. Has vuelto.
Las gráciles piernas de la chica
salvaron el espacio que las separaba en
escasos segundos para darle a Imogen un
abrazo que a ésta se le antojó demasiado
familiar. Eve estaba distinta: los rizos
rojos habían desaparecido, algún
tratamiento de keratina, lo más probable.
El cabello, brillante y liso como una
tabla, enmarcaba un rostro maquillado
de manera impecable con una nariz algo
diferente, más bonita de lo que Imogen
recordaba.

En el infierno no hay glamour – Lucy Sykes & Jo Piazza libro
¿Por qué estaba sentada Eve a la
mesa de la directora? La mesa de
Imogen.
Imogen se devanó

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