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En el lugar más oscuro – Mario Escobar

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sentado al filo de la cama mirando el canal de noticias Al-Yazira.
—Siempre lo mismo, esta guerra no va terminar nunca —dice mientras tira el mando sobre la cama.
—No te enfades, ya sabes que no sirve de nada. Vamos a cenar —comenta Estelle mientras le tira de los brazos. Caminan por el pasillo hasta el ascensor y se abrazan
mientras esperan. Cuando las puertas se abren se separan instintivamente, saben que en ningún país árabe está bien visto las muestras de cariño en público entre
hombres y mujeres. Estelle usa el pañuelo en algunos ambientes muy conservadores, por eso siempre lleva uno en el bolso.
Mientras el ascensor desciende hasta la planta baja, el hombre que está dentro los mira con recelo, parece por su ropa un saudí, ellos continúan hablando sin hacerle
mucho caso.
En el gran recibidor se congrega todo el mundo que sale a cenar a esa hora, sobre todo los miembros de ACNUR y otras organizaciones. Europa está en alerta máxima
ante la llegada de refugiados y ha intensificado sus esfuerzos en los campos de refugiados, para que se detenga la avalancha que se cierne sobre Europa.
—Vamos al pequeño restaurante en la parte vieja —comenta Kadar mientras de la mano la lleva hasta la entrada. Se deciden a tomar un taxi, no quieren conducir a
aquellas horas por las calles de la ciudad. En quince minutos están delante del sencillo restaurante con seis mesas y una pequeña barra que da a la cocina. A esa hora hay
pocos clientes y su mesa preferida continúa vacía. En la sencilla mesita de madera tosca hay un florero de cristal con algunas rosas rojas. A Estelle le parece el lugar más
romántico del mundo, para Kadar es un lugar tranquilo en el que pueden hablar sin ser molestados por miradas indiscretas y se come muy bien.
—¿Probarás otra vez la kavurma? —pregunta Kadar.
—No, cariño, sabes que soy medio vegetariana, la carne me cae mal y más para cenar. Tengo ganas de repetir con la berenjena asada y los isot, son deliciosos.
Onan aparece de repente, ha pasado por la cortina que separa la cocina del salón y al verlos da un grito de alegría.
—Mi pareja favorita —dice en un mal francés. Después se toca los anillos de oro de las manos—. ¿Quieren cenar lo mismo de la semana pasada? Hoy la kavurma está
exquisita. Mi esposa cocina como un ángel.
—No, Onan. ¿Cómo es posible que todavía te acuerdes? Cenaremos más ligeros, mañana tenemos mucho trabajo. Unos isot, pero que no sean picantes y berenjena
asada para Estelle.
—Pero no me rechazarán el sillik, conseguí unas almendras espléndidas esta mañana en el mercado.
—Vas a hacer que engorde —dice Estelle sonriente.
El dueño se dirige a la barra moviendo su inmenso cuerpo oculto tras un amplio suriyah de algodón blanco, algo grisáceo por el uso y la grasa.
Los dos jóvenes se quedan mirando las velas antes de continuar con la conversación, a veces el simple hecho de sentirse uno al lado del otro es suficiente, apenas hacen
falta las palabras.
En ese momento suena el teléfono de Estelle y mira la gran pantalla.
—Es mi madre —dice resoplando.
—Cógelo, venga —le apremia él.
Pero ella hace un gesto negativo con la cabeza, no quiere que su madre la maree, además puede tirarse una hora hablando sin parar y estropearles la cena.
—La familia es muy importante —dice Kadar, le quita el teléfono, pero antes de contestar se corta.
—En Francia es un verdadero suplicio. Nadie habla con sus padres a diario, mi madre está mal de la cabeza o no tiene nada mejor que hacer.
—No me gusta que digas eso —dice Kadar con el ceño fruncido. Después recuerda a su madre, ya han pasado dos años de su muerte, pero en su mente sigue sufriendo
una sacudida cada vez que piensa en ella.
—No te pongas triste —le pide Estelle al escudriñar su rostro. Se conocen tan bien que con una mirada saben lo que le pasa al otro. Después se apoya sobre su hombro
y él respira hondo, aguantando las lágrimas que han acudido a sus ojos. No llora, contiene el aliento y suspira, después gira la cara hacia ella hasta que su mentón le toca
la frente blanca y tersa.
—Será mejor que llenemos la mente de pensamientos más positivos.
—Sí, te he echado mucho de menos. ¿Cómo están las cosas en Jordania y Egipto?
Kadar tarda en responder, como si le costara regresar de sus pensamientos oscuros.
—Mucho peor que aquí. Tienen menos recursos y la gente desesperada está cruzando el desierto de Libia para llegar a Italia.

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Estelle frunce los labios, lamenta escuchar más malas noticias, pero le da pie para contarle lo que le ronda la cabeza hace tiempo.
—Quiero ir a Siria.
Se produce un largo silencio, pero antes de que el joven comience a recriminarla se presenta Onan con los primeros platos.
—Está caliente, no dejen que se enfríe —recomienda, mientras hace sitio a los platos. Lleva también panes de diferentes tipos. Se marcha y regresa un par de minutos
más tarde con té.
El olor a la comida y el vapor forman un velo entre ellos. Se miran a los ojos sin hablar hasta que ella decide insistir.
—Un grupo de voluntarios salen para Al Raqa, ahora parece que las cosas están más tranquilas por allí. Necesito ver lo que está pasando, necesito entender.
—No puedes ir, te capturarán. Están deseando tener rehenes occidentales para usarlos en sus campañas mediáticas. No es seguro ni para un musulmán —dice Kadar
negando con las manos.
—Serán unas horas. El grupo lleva un pequeño convoy de ayuda humanitaria, nos dejarán entrar y salir sin problemas. Ahora mismo hay una tregua —comenta Estelle
con la voz angustiada, como si fuera a echarse a llorar.
—El ISIS no está incluido en la tregua. No puedes ir a Siria. No lo permitiré —dice el joven cruzándose de brazos.
—No soy de tu propiedad. Mañana salimos para Al Raqa —dice como si hubiera lanzado una granada y estuviera esperando la explosión.
Kadar se pone en pie y camina de un lado al otro del pequeño salón hablando en árabe. Ella entiende perfectamente lo que dice, pero se queda sentada, con la cabeza
agachada, mientras la comida comienza a enfriarse.
—¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión?
—Nada, ya lo sabes.
—No irás mañana con ese convoy.
—No te atrevas… —comienza a contestar Estelle mientras se pone en pie furiosa.
—Iremos juntos, hace semanas que el hospital privado del centro al que ayuda Médicos Sin Fronteras se ha quedado sin sistema informático. Les diré que iré a

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arreglarlo mañana. Saldremos en un autobús hasta Kobani y desde allí a Al Raqa. Regresaremos antes de que anochezca. El autobús tarda unas seis horas, si la noche nos
alcanza en la ciudad podríamos estar en peligro. Ya sabes cómo tienes que ir vestida

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