---------------

Ensillando a su semental – Olivia Myers

Ensillando a su semental – Olivia Myers

Descripción

Descarga Gratis    El  Libro De 

Ensillando a su semental – Olivia Myers

  ver el paisaje verde a su alrededor, lo recordó. Estaba en un tren dirigiéndose al este, hacia su nuevo esposo y su nueva casa. El anciano sentado enfrente de ella
pareció no darse cuenta de que ella había despertado; no dejaba de ver su gran busto. Sus pechos eran empujados hacia arriba por el vestido apretado con corsé que su
madre había elegido. Su madre le había ayudado a vestirse dándole la advertencia de que no se quitara el vestido frente a su nuevo esposo.
“Se dará cuenta de tu gruesa cintura y te enviará de vuelta,” le dijo su madre mientras jalaba los cordones con fuerza.
“Lo sé, mamá,” le había dicho Rebecca. Ya había escuchado suficiente acerca de su “gruesa cintura” proviniendo de su madre, que siempre había sido delgada
como un alfiler.
Se dirigía a Georgia a iniciar una nueva vida, una vida que le daría los recursos necesarios no solo para ella misma, sino también para su madre y hermanas. Era
una buena oportunidad, incluso si esto significaba tener que viajar junto a hombres lascivos como el que iba frente a ella.
Rebecca trató de ignorar la mirada del hombre mientras veía por la ventana. Era imposible no darse cuenta que él se tocaba los pantalones y se lamía los
agrietados y repugnantes labios. Ella se tapó con el abrigo y esto hizo que él se diera cuenta. El hombre levantó la cabeza y la miró.
“Mi esposa nunca viajaría así, mostrando piel como una ramera,” dijo el hombre.
“Lo siento, señor, pero es lo último en la moda,” dijo ella cortésmente.
Él la siguió observando. “Puede que le diga unas palabras a tu esposo cuando se detenga el tren. Necesita tener una mano más dura contigo.”
Rebecca siguió mirando por la ventana. El anciano podría hablar con su esposo si lo deseaba. Sería divertido ver a un hombre al que nunca había conocido ser
reprendido por el viejo pervertido. Mientras veía el terreno pasar, pensó en lo que había dicho el hombre. Era verdad que estaba mostrando mucha piel, pero este estilo
era popular en la actualidad. Su madre había insistido en usar lo que les quedaba en sus ahorros para comprar el vestido.
“Necesitas verte lo mejor posible cuando lo conozcas,” dijo su madre.
Ella se ruborizó. “Mamá, si el hombre está dispuesto a comprar una esposa, no creo que le importe algo como la moda.”
Su madre la había mirado con sorpresa. “Guarda silencio. Después de todo, resalta tus mejores partes.”
El padre de Rebecca nunca le hubiera comprado ese vestido. Pero no importaba lo que él hubiera pensado. Ya hacía casi un año que había muerto. Le había
disparado un asaltante en el este. Sus ahorros no les habían durado mucho. Ahora dependía de ella.
Algo afuera llamó su atención.
“Pero qué rayos,” dijo ella en voz baja.
Por un minuto pensó que el largo viaje y el corpiño apretado la estaban haciendo delirar. Pero entonces vio al animal negro de nuevo; era un gran caballo que
corría junto al tren. En su gran pecho tenía enlazada una alforja, pero nada más. No traía silla ni freno ni jinete. Era algo muy extraño; un semental como ese seguramente
pertenecía a alguien. Un caballo como ese valdría su peso en oro de donde ella venía. Rebecca vio al caballo correr a toda velocidad pasando su ventana y vio una extraña
marca en su hombro. Era un gran círculo con una cruz en medio. Nunca antes había visto a un caballo con una marca tan inusual. Pero esto respondió su pregunta, pues
una marca como esa sería muy reconocida por estos lugares. Nadie sería capaz de esconderla si intentaban robarlo.
El semental desapareció de vista y ella siguió viendo el terreno vacío mientras pensaba en cómo sería su futuro esposo. Esperaba que fuera amable, pero no
quería esperanzarse demasiado. Un esposo no tenía que ser amable con su esposa. Mientras respetara su lado del contrato, ella haría todo lo que él le pidiera. Rebecca
pensó en las historias que ella y su hermana habían escuchado de la sirvienta antes de que ella también tuviera que ser despedida. Poco después de que se fue, su madre
también empezó a vender sus preciadas pertenencias.
“En mi tierra, las mujeres no son tratadas así,” les dijo Erika a las hermanas mientras se calentaban cerca de la estufa.
“¿A qué te refieres?” preguntó Rebecca.
No podía imaginarse que las cosas pudieran ser más estrictas de lo que ya eran. Ni siquiera podía salir al anochecer sin alguien que la acompañara.
“En mi tierra, las mujeres son tratadas como reinas. Los hombres no miran a las mujeres como objetos, sino como piedras preciosas que deben ser atesoradas y
amadas con delicadeza,” respondió Erika.
“Eso suena maravilloso,” murmuró Rebecca. No podía creer que estuviera celosa de una sirvienta. Ahora, las palabras de la mujer sonaban mejores con cada
momento que pasaba.
Dio un sobresalto al escuchar gritos provenientes del vagón que iba enfrente de ellos. Apretó su abrigo con fuerza. ¿Qué estaba pasando? El hombre enfrente de
ella se encogió como tratando de hacerse más pequeño.
Un hombre alto entró en el vagón con un pañuelo sobre el rostro. Venía vestido todo de negro y traía dos pistolas plateadas en las manos. Rebecca se quedó sin
aliento al ver al hombre caminando por el pasillo. Algo dentro de ella se agitó y sintió que su rostro se ruborizó mientras él pasaba a su lado. Él la miró a los ojos al
pasar.
“Nadie en el tren podrá detenerlo,” susurró el anciano frente a ella.
Ella miró al hombre, un poco aturdida. “¿Por qué?”
Él le hizo una mueca pero no pudo resistir la tentación de compartir los rumores. Se inclinó hacia adelante en silencio y dijo, “He escuchado historias acerca de
él. Se trata del forajido que ha estado robando el oro del viejo Peuter. Se dice que es dinero mal habido, y que él lo regresa a las personas que lo necesitan. Nadie sabe
cómo es que logra subir y bajar del tren. Algunos dicen que con magia. Nadie quiere meterse con eso.”
Rebecca sabía de quién estaba hablando, pero no entendía por qué alguien querría robarle a James Peuter. Él había financiado la construcción de las vías del tren,
y era querido por la mayoría de las personas. El padre de ella había trabajado para él antes de morir. La compañía incluso había pagado por el funeral de su padre.
El sonido de disparos la hizo gritar. Miró y vio que el bandido regresaba corriendo por donde había llegado. Su alforja parecía pesada, y la parte de arriba se abría
a momentos mientras el hombre corría. Alcanzó a ver el brillo del oro.
“¡Detengan a ese hombre!” gritó un guardia que perseguía al bandido.
El ladró no se detuvo y corrió por la puerta. Pausó por una fracción de segundo y miró de nuevo a Rebecca, haciendo que su corazón se agitara de nuevo.
Después el hombre desapareció. Había una conmoción en todo el vagón. Sin duda, las personas en el tren contarían historias acerca de este día por muchos años.
Rebecca misma tal vez les diría a algunas personas. Desafortunadamente, pasarían seis semanas antes de que pudiera contarles ya que todas las personas a las que
conocía estaban en California. Su nuevo estado ni siquiera tenía un buen servicio postal todavía, así que probablemente tendría que enviar la misma carta cinco veces.
Guardó silencio el resto del camino hasta la estación. Cuando alcanzó a ver el pueblo, se sintió nerviosa por primera vez. En solo unos minutos estaría
conociendo a su nuevo esposo y empezaría una nueva vida en un pueblo extraño. No era la mejor perspectiva para ella.
El tren finalmente se detuvo y los pasajeros empezaron a bajar. Ella solo había traído una pequeña maleta. ‘Unas cuantas posesiones personales’ era todo lo que
su futuro esposo le había dicho que necesitaba.
Rebecca bajó del tren y subió a la ajetreada plataforma. Se sentía sucia por el viaje; no era la manera en la que había soñado conocer al hombre con el que pasaría
el resto de su vida. Al mirar a su alrededor, vio a un hombre mayor sosteniendo un letrero escrito a mano que decía ‘R. Monroe.’ Su corazón se aceleró. Había soñado
con un hombre joven y apuesto. Necesitó todo su autocontrol para no volver a subir al tren.
Caminó hacia el hombre. “¿Sr. Daniels?”
“No,” dijo de mal humor. “Soy Carl. El Sr. Daniels es mi jefe. Él me ha enviado para recogerla, señorita. Vámonos.”
Rebecca suspiró aliviada. Todavía había esperanza de casarse con un hombre apuesto. Si era afortunada, sería más amable que Carl.
Entonces sintió otra oleada de tristeza. El mejor hombre que había conocido había sido su padre, y no había tenido oportunidad de despedirse. Rebecca no era
una persona violenta, pero si alguna vez conocía al asesino de su padre, sabía que haría cualquier cosa para poder vengarse.
*****
Ella había esperado encontrar al menos un carruaje y caballo modestos, pues entonces tendría una idea de qué esperar del hombre con el que iba a casarse. En vez
de eso, Rebecca se quedó con la boca abierta al ver el lujo del carruaje al que la llevó Carl. Un conductor la esperaba en las escaleras para ayudarla a subir.
“Buen día, señor,” dijo ella cortésmente.
Él pareció sorprendido de que ella le hablara. Mientras subía al carruaje, se reprendió mentalmente por pasarse de la raya. Una mujer de clase sabría que no era
apropiado dirigirse a los sirvientes del establo. Tendría que vigilar lo que decía y con quiénes hablaba. Avanzaron por entre la ciudad polvorienta hasta salir al verde
campo. Las pocas cosas que sabía acerca de su prometido la pusieron nerviosa. Se decía que era increíblemente acaudalado y apuesto. Sin embargo, era posible que su
madre la estuviera engañando para calmar sus nervios.
Se sintió aliviada de dejar el tren pero, en la distancia, vio el mismo caballo negro de antes. Quería decirle al conductor que se detuviera, pero supo que él de
nuevo la miraría como si hubiera perdido la cabeza. En vez de eso, observó al caballo alejándose por el bosque.
El carruaje siguió avanzando hasta que llegó a una vereda en el campo. Rebecca se asombró al ver la vasta finca frente a ella. Una casa de campo se elevaba
mucho más alta que las otras veinte casas en el pequeño pueblo. Los granjeros y sus familias salieron a la calle para recibir a su nueva señora.
Rebecca asintió cortésmente mientras avanzaban, pero se sintió aliviada cuando el carruaje atravesó las puertas de la casa y pudo relajarse de nuevo. Cuando el
carruaje se detuvo y la puerta se abrió, sintió su corazón acelerarse. Estaba a punto de conocer a su futuro esposo. Después de acomodarse el busto, respiró profundo y
dio un paso fuera del carruaje. Cuando miró hacia adelante, vio que era recibida por todos los trabajadores de la casa, pero ninguno de ellos parecía ser el señor de la
casa. Decepcionada, le dio una sonrisa amable al personal e inmediatamente fue recibida por la ama de llaves.
“Mi señora,” dijo ella con ostentación, “Yo soy la señora Froman, su ama de llaves. Por favor, permítame llevarla a la sala de estar.”
“Eso sería maravilloso, gracias. Sin embargo, esperaba poder refrescarme un poco antes de conocer al señor de la casa,” dijo Rebecca tan cortésmente como
pudo.
La mujer mayor le sonrió tal y como lo haría una madre. “Eso no será necesario.”
Sus palabras tomaron a Rebecca por sorpresa. Pensó que tal vez el hombre del tren o el conductor del carruaje habrían dicho algo de su forma de vestir o su
actitud rotunda. Sin embargo, siguió a la mujer hacia la sala de estar y fue dejada sola. Cuando se volvió a abrir la puerta, ella se levantó con sorpresa. Mientras Rebecca
se daba la vuelta, quedó cara a cara con un hombre admirable. Se elevaba por encima de ella con características oscuras y cabello negro. Sus ojos eran oscuros y
familiares, pero no podía recordar dónde los había visto. Era obvio que su piel regularmente estaba bajo el sol e incluso con su ropa formal se alcanzaba a distinguir su
musculatura. Ella le hizo una reverencia e inclinó su cabeza ante él.
“Señor,” dijo con cortesía.
“Me imaginó que eres la señorita Monroe, ¿es eso correcto?” preguntó él mientras le tomaba la mano y la besaba tiernamente.
La intimidad de esa acción hizo que ella se sonrojara. Nunca antes un hombre la había tocado tan suavemente a excepción de los abrazos de su padre. Y esos, por
supuesto, no le habían ocasionado esa clase de reacción.
“Sí señor,” dijo ella.
Él sonrió. “Maravilloso. Yo soy Christian Daniels. ¿Cómo estuvo tu viaje?”
Ella pensó por un momento. “Estoy segura de que no fue nada excitante para alguien de los alrededores, pero para mí fue emocionante.”
“¿Sí? ¿Sucedió algo?”
Le contó acerca del bandido pero no del caballo; no quería sonar como alguien que había perdido la cabeza. Mientras hablaba, él la escuchó con atención y nunca
dejó de mirarla a los ojos. Cada segundo que ella habló sintió que él la estaba juzgando. Para cuando terminó de contar su historia, Rebecca sintió desconfianza dando
vueltas en su estómago. No sabía lo que pensaría su nuevo esposo de ella al ver que ella hablaba tanto.
“Parece que fue muy emocionante para ti,” dijo él casualmente.
Su falta de interés en su aventura hizo que su fiero temperamento apareciera dentro de ella. Antes de que pudiera detenerse, hizo un sonido de desdén. Justo
después de dejarlo escapar, se sonrojó y miró hacia abajo.
“Me disculpo si mi respuesta no fue suficiente para ti, mi señora,” dijo él.
Cuando ella lo volvió a mirar, descubrió que estaba sonriendo.
“No señor,” dijo ella, “soy yo la que debe disculparse. Ha sido un largo viaje y mi actitud no es la que debería ser.”

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

“No hay necesidad de disculpas,” dijo él. “Me gustaría saber qué piensas del bandido y qué más sabes de él.”
Ella lo miró, dudando. No deseaba ofender a su nuevo esposo. “Mi señor, me temo que no sé suficiente de la situación para ser un buen juez y decir si en
realidad era un bandido o un héroe para las personas.”
Él levantó una ceja. “Muy bien dicho, señorita, pero yo sí sé suficiente acerca de él. Es un monstruo sin corazón que les roba a los que lo han ganado con duro
trabajo y se los da a personas inferiores que no pueden trabajar.”
Su brutalidad la impresionó, pero ella trató de mantener un rostro imparcial. “Esa es tu opinión, mi señor, y yo la respetaré.”
“Como mi esposa, ¿no aceptarías mi opinión como la tuya propia?” le preguntó él.
Ella frunció las cejas al concentrarse. Sabía que esta pregunta podría definir su relación con su futuro esposo. Hasta donde sabía, si respondía incorrectamente él
podría enviarla de regreso con su madre y hermanas a morir en las calles.
“Mi señor,” dijo ella, “como mi esposo, yo siempre respetaré tus decisiones y, en sociedad, siempre te apoyaré sin importar las decisiones que tomes. Sin
embargo, como mujer, tengo mis propios pensamientos y opiniones privadas, y esto no puedo cambiarlo por ningún hombre.”
Rebecca no estuvo segura de qué pensar al verlo sonreír y se sorprendió al verlo levantarse con rapidez. Abriendo la puerta, le indicó que pasara a la señora
Froman.“
Señora,” le dijo a la encanecida mujer, “¿podrías llevar por favor a la señorita Monroe a su habitación? Mañana le ayudarás en la planeación de la ceremonia.”
La señora Froman pasó la mirada de él a Rebecca y de regreso a él, y levantó las cejas. Algo acerca de lo que él le había dicho la había sorprendido. Rebecca no
pudo evitar pensar que ella no era la primera mujer con la que había tenido planes de matrimonio, pero sí estaba segura de que sería la última.
Él la miró. “Mi señora, hoy tengo un día muy ocupado pero te prometo que esta noche cenaremos juntos.”
Con ese adiós tan simple se fue, y Rebecca se quedó sola en la habitación con la señora Froman.
“¡Pues entonces, vamos a que te pongas cómoda!” le dijo a Rebecca.
*****
Siguió a la mujer por unas inmensas escaleras hasta llegar a una habitación que era casi tan grande como su casa en California. Para Rebecca todo seguía
sintiéndose como un sueño, y no podía esperar a sentarse y escribirles a sus hermanas acerca de todo lo que había pasado. Al pensar en ellas, se dio cuenta de lo
nostálgica que estaba. Tal vez su futuro esposo le permitiría en algún momento viajar para visitar a su familia. Rebecca estaba muy emocionada como para simplemente
sentarse en su habitación como lo haría una buena esposa. En vez de eso, abrió un poco la puerta y se asomó hacia afuera. Había mucha actividad en la casa, pero nadie
parecía prestarle atención a ella.
Cuidadosamente salió de la habitación y empezó a caminar por el pasillo. En el otro extremo había una ventana maravillosamente grande con una silla frente a
ella. Supo que ahí es donde le gustaría pasar muchos de sus días, mirando por la ventana y leyendo los libros que seguramente encontraría en la biblioteca de la casa. Al
caminar, pasó por una puerta y se quedó congelada. Esta había sido dejada abierta por error y dentro vio a Christian dándole la espalda. Su futuro esposo.

Ensillando a su semental – Olivia Myers

Rebecca miró su cuerpo antes de que él empezara a quitarse la camisa. Una vez que se la quitó revelando su escultural cuerpo, ella se quedó con la boca abierta.

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Leer en Online Ensillando a su semental – Olivia Myers

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------