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Entrega certificada – Sophie Saint Rose

Entrega certificada – Sophie Saint Rose pdf

Sinopsis De 

Libro Entrega certificada – Sophie Saint Rose

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Symone cruzó la calle a toda prisa cargando con su pesada bolsa de cartera y esquivando un taxi que hizo sonar el claxon. Al llegar a la acera suspiró abriendo la
bolsa para hacer el reparto y sonrió al ver el sobre rojo — Claro, hoy es jueves. — dijo para sí subiendo las escaleras del número cuarenta y siete. El portal estaba
abierto y no veía al portero por ningún sitio. El señor Patterson bajaba en ese momento, así que encantada se acercó con los sobres en la mano— Le ha llegado carta,
señor Patterson. Como todos los jueves. — miró en el montón del edificio y sacó dos cartas para él.
—Gracias, ¿Sybil?
—Symone. Symone Murray.
El hombre ya debía tener sesenta y tantos, pero era tan atractivo como un actor de cine. Incluso con su pelo moreno cubierto de canas, se conservaba muy bien
para su edad.
— ¿Eres nueva en este trabajo? Creo que antes repartía las cartas un hombre, ¿verdad?
—Phill, pero se jubiló hace un año. Ahora esta zona es mía. —lo miró maliciosa— Usted es mío.
El hombre se echó a reír y Jack, el portero, se acercó poniéndose la chaqueta. Estaba claro que había ido al baño— Buenos días, Symone.
—Buenos días, Jack. ¿Cómo va ese intestino?
—Mucho mejor, gracias.
—Ya sabes, come mucha fibra. Hasta mañana. — se volvió y le guiñó un ojo al señor Patterson, que sonrió agradablemente.
Hizo su ruta saludando a todo el mundo y charlando un rato con ellos, pero se puso a llover, algo que no era extraño en Nueva York a finales de septiembre. Su
pelo castaño, que había tardado una hora en dejar impecable con la plancha la noche anterior, ahora era una masa de rizos desgreñados — Mierda de tiempo. — era lo
que más odiaba de su trabajo. El tiempo. En invierno era una pesadilla repartir el correo porque siempre llegaba empapada y muerta de frío cuando nevaba. Desde el año
anterior, que era cuando había empezado a trabajar en correos, había pillado cinco resfriados. Había tenido la nariz roja durante todo el invierno y eso que había probado
de todo. Su amiga Tavie decía que parecía una payasita. Y no sólo eso. En verano se asaba con aquellos pantalones ridículos y los zapatones con cordones. Además, la
camisa azul le quedaba enorme. Era el uniforme menos sexy del mundo. Así no se comía ni un rosco y llevaba sin sexo… bueno ahí su trabajo tenía poco que ver,
porque hacía dos años que no echaba un polvo.
Cuando por fin llegó a casa, se quitó la chaqueta de punto azul y puso los ojos en blanco al oír los jadeos de su compañera de piso en su habitación.
–Esto es estupendo. — siseó viendo que el piso estaba hecho un asco mientras iba hacia la nevera y cuando la abrió, pudo comprobar que Tavie no había ido a
comprar esa mañana como había dicho que haría.
—Espaguetis otra vez. — dijo resignada abriendo la alacena. Se puso a cocer los espaguetis sacando una lata de salsa boloñesa ya preparada y cuando tenía la
comida ya a punto, escuchó el grito de satisfacción de Tavie terminando la faena.
Su novio salió de la habitación con unos gayumbos rojos sonriendo como un bobalicón mientras se apartaba el cabello rubio de la cara — Ehh.
Ese era el saludo de Cris. Siempre decía Ehh. Estaría bueno, pero era el tío con menos cerebro del mundo. Todavía no entendía como Tavie estaba con él. Por los
orgasmos que le proporcionaba seguramente.
Cuando su amiga salió de la habitación atándose la bata de seda rosa que su madre le había regalado a Symone por Navidad, se dijo que ya tenía bastante— Esto no
puede seguir así.
—Vamos, ¿estás enfadada?
—No trabajas, tengo que encargarme yo hasta de hacer la comida. ¡No has ido a la compra! — dijo enfadada— ¡Y hasta coges mis cosas sin mi permiso!
— ¡Somos amigas! — exclamó Tavie recogiendo su cabello rubio en una coleta alta mientras la miraba como si dijera disparates.
— ¡Precisamente por eso! ¡Si queremos seguir siendo amigas, esto tiene que cambiar!
Tavie la miró con sus ojos azules mientras que los verdes de Symone brillaban de rabia por no pegarle cuatro gritos — Está bien. Veo que igual me he pasado, pero
no me he dado cuenta, te lo juro.
— ¡Sólo faltaría que hubieras sido tan egoísta a propósito!
—Necesita un polvo. — dijo Cris cogiendo de la olla unos espaguetis con la mano y metiéndoselos en la boca.
— ¡Cierra la boca, Cris! — dijeron las dos a la vez.
—Está bien. A partir de ahora colaboraré más. — su amiga se acercó a los espaguetis y sacó un plato de la alacena sirviéndose. Cogió un tenedor y se sentó sobre
la encimera comiendo tranquilamente — Iré a la compra por la tarde. —dijo sin darle importancia.
Cuando un espagueti cayó como a cámara lenta sobre la bata que ni ella había estrenado, lo vio todo rojo— ¡Largo!
Tavie masticó lentamente dejando el plato sobre la encimera— Cris, corre.
— ¿Qué? — preguntó su novio con la boca llena.
— ¡Corre! ¡Tiene esa mirada de loca!
Cris la miró y ella indignada gritó — ¡No tiene gracia!
Tavie soltó una risita— Lo siento. Prometo ser buena.
Siempre le decía lo mismo y por muy amigas que fueran, aquello ya era el colmo. Negó con la cabeza y Tavie perdió la sonrisa poco a poco— Hablas en serio.
—Mira el apartamento, Tavie. ¡Tienes veinticinco años y no limpias, no colaboras, te comes todo lo que compro y este gorrón también! ¡No aportas dinero a la
renta porque no trabajas y encima tienes el descaro de reírte de mí! ¡Y me has estropeado una bata que me ha regalado mi madre! —Tavie se sonrojó— Nos conocemos
desde hace años y cuando te dije que podías vivir aquí, se suponía que era algo temporal. ¡Llevo un año manteniéndote y estoy harta!
—Entiendo. — dijo muy digna bajando de la encimera— Haré las maletas.
— ¿Y a dónde vas a ir? — preguntó Cris con la boca llena.
—A tu casa.
Cris abrió los ojos como platos— ¡No puedes venir a mi casa! ¡No entro ni yo!
Tavie jadeó indignada— ¿No me quieres en tu casa?
—No es eso palomita…— siguió a su furiosa novia y Symone se mordió el labio inferior sintiendo remordimientos.
—No cedas, no cedas. — se dijo a sí misma en voz baja. Sacó un plato del armario y cuando llegó a la olla vio que estaba casi vacía. Eso la decidió. Furiosa fue
hasta la habitación y cerró de un portazo. Se quitó el horrible uniforme y salió con su albornoz rosa hacia el baño. Allí se encontró con Tavie, que estaba recogiendo sus
cosas. Symone se sintió fatal sobre todo porque se conocían desde los diez años y Tavie abrió los ojos como platos cogiéndola de la muñeca y metiéndola en el cuarto de
baño a toda prisa— ¡No lo digas!

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¿El qué?
—Cris me acaba de decir que está bien que me quede en su casa y si te echas atrás, nunca querrá que viva con él.
Symone entrecerró los ojos— ¡Lo has hecho a propósito!
—Técnica de supervivencia. — hizo una mueca—Siento lo de la bata. Ahí me he pasado. —se volvió y siguió recogiendo sus innumerables potingues— Vamos,
parece que no me conoces. Tampoco soy tan desordenada.
—Increíble. — siseó— Tú no estás bien de la cabeza.
—En el amor y la guerra todo vale. — se volvió y le dio un beso en la mejilla— Te llamo mañana.
Atónita la vio irse del baño como si nada. Miró el estante casi vacío, pensando que ese pringado no tenía ninguna oportunidad con su amiga. Se lo iba a comer vivo.
Se pasó lo que quedó del día recogiendo el apartamento y yendo a la compra. Cuando al fin se tumbó en la cama hizo una mueca porque echaba de menos a Tavie.
Siempre hablaban antes de irse a dormir y era un hábito que echaría de menos.
— Bueno, Symone… es hora de buscarte un novio.
Una semana después estaba en la central de correos recogiendo la correspondencia de su zona, cuando repasando que todas las cartas estuvieran colocadas por
calles, se dio cuenta que faltaba algo. Sin saber qué era, las revisó dos veces, pero tenía las cartas de todos los portales y de todas sus calles—Qué raro. — susurró
metiéndolas por orden de entrega, para ir sacándolas según las iba necesitando. Esa vez llevaba un carrito porque tenía demasiado volumen y no le cabían en la bolsa.
Odiaba el dichoso carrito. Sonrió porque afortunadamente no llovía.
Cuando llegó al número cuarenta y siete de la cincuenta y ocho, sonrió cogiendo las cartas para entregarlas— Buenos días, Jack.
—Buenos días, Symone. — de repente se puso pálido y salió corriendo.
—Vaya. — subió las escaleras —Pobre hombre. —iba a dejar las cartas sobre la mesa, pero se decidió a meterlas en los buzones para que no tuviera que hacerlo él.
Estaba echando las cartas en el buzón de Patterson cuando se detuvo en seco. Pasó una carta tras otra — ¡Mierda! ¡La carta roja!
Seguro que la había dejado en la central porque nunca faltaba. Hizo sus entregas en tiempo récord corriendo por su zona sin detenerse con nadie. Cuando llegó a la
central, dejó el carrito en su sitio y fue a la zona de reparto para revisar su cajetín. Al verlo vacío, se llevó la mano a la frente pensando en ello—Mierda, mierda.

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— ¿Qué ocurre? — preguntó su supervisora mirándola fijamente a través de sus gafas de pasta negras.
—Oh, nada. Creo. Es que un usuario esperaba una carta y me he pasado a mirar por si estaba allí.
—No habrá llegado. Si se hubiera enviado, la habrías repartido. — entrecerró los ojos—A no ser que la hayas perdido

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