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ESpiAS (Prodigy 1) – William Right

ESpiAS (Prodigy 1) – William Right pdf

Sinopsis De 

Libro ESpiAS (Prodigy 1) – William Right

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—¡Demonios Abe, si concedes
esta audiencia llegaremos tarde!
—Hay que ser agradecidos,
Mary. El senador Henderson viene
desde Missouri. Intuyo que será algo
importante.
—Pero sabes que Our American
Cousin me encanta –protestó Mary Todd
Lincoln, dando un sonoro pisotón en el
suelo–. ¡Es una de mis obras favoritas!
—Anda, dile que pase. Te
prometo que será rápido.
—Como quieras, pero el teatro
Ford no incumplirá su horario por
contratiempos de última hora, ni
siquiera cuando esas adversidades
provoquen la inesperada impuntualidad
del mismísimo presidente. ¡Oh, Dios,
qué imagen más vergonzosa!
Abraham disfrutaba del
espectáculo. Pese a que en su círculo de
confianza ya habían empezado a llamar a
La Primera Dama con el sobrenombre
d e su- satánica-majestad, lo cierto es
que Abraham disfrutaba con los desaires
fortuitos de su mujer. Después de todas
las pesadillas en las que se veía
envuelto en terribles espirales de horror
tras el caos de la guerra, ¡qué sería de él
sin esas chiquilladas! Ahora por fin se
veía la luz al final del túnel… era un
buen momento para celebrar la victoria
de las tropas del Ejército de la Unión, su
recién estrenada segunda etapa como
Presidente y la completa abolición de la
esclavitud. Sí, era un gran momento para
ir al teatro… sin embargo aún había
tiempo para un asunto de última hora,
convino Abraham mientras miraba su
reloj de bolsillo.
—Señor Presidente –barruntó
John Brooks Henderson al entrar por la
puerta, con ademanes contritos, como
disculpándose por saberse responsable
de la sonora discusión que acababa de
traspasar los muros del Palacio
Presidencial– lamento ser tan
inoportuno.
—Por nada –dijo Abraham
sonriente, quitándole importancia al
asunto con un gesto de su mano–, esta
mujer se azora por nada. Además, ¿qué
clase de presidente sería si no tuviera la
deferencia de recibir a un senador que
ha contribuido tanto en el buen hacer de
mi tan soñada Decimotercera enmienda.
Señor Henderson –dijo Abrahán,
estrechando con profusión su mano– es
usted un claro ejemplo de que
demócratas y republicanos podemos
trabajar en conjunto y al unísono para el
reconocimiento de esas libertades que
debieran ser inherentes al ser humano.
Dígame, ¿qué se le ofrece?
Henderson deshizo con
prudencia el apretón de manos y
acomodó nerviosamente un mechón de
su flequillo. Permaneció unos segundos
cabizbajo, con los hombros ligeramente
vencidos hacia adelante.
—Diantres, John, ¿a qué viene
tanto misterio? –sonrió confuso
Abraham.—
El motivo de mi visita, seseñor
–titubeó Henderson, dándose
cuenta por primera vez de que, en
efecto, estaba allí, pisando el mismo
suelo de la sala de Gabinete en donde
Abraham Lincoln había firmado la
Proclamación de Emancipación–, quiero
decir, el motivo oficial de mi visita… lo
que el mundo debe saber, señor Lincoln,
es que hoy he venido aquí para rogar su
Gracia Presidencial a favor de George
Vaughn, acusado por ser un espía de los
Estados Confederados y condenado a
muerte–Abraham Lincoln frunció el
ceño–. La conceda o no, éste es el
motivo que debe anotar en su acta
oficial. Pero realmente he venido a
entregarle esto.
John Brooks Henderson
sacó de uno de sus bolsillos una cajita
de un material semejante al latón. Iba
envuelta en un trapo que deslió con
movimientos casi rituales.
—La recibí hace varios
días en mi correo personal con la
instrucción de entregársela
personalmente hoy, exactamente a esta
hora —dijo Henderson, comprobando la
esfera de su reloj—. Con ella venía una
nota en donde se explicaba que debía
decirle, palabra por palabra, todo
cuanto acabo de contarle –Abraham
abrió un poco más los ojos–. Me va
usted a perdonar el atrevimiento, señor
Presidente, pero he intentado abrirla. Al
principio pensé que podría ser una
broma del mismísimo George Vaughn
para conseguir el indulto a sabiendas de
que es usted, permítame que se lo diga
así: un hombre que siente cierta
inclinación por el mundo del misterio.
Incluso imaginé que podría ser algún
artefacto explosivo. Le ruego que
dispense mi actitud, sé que fue una
respuesta visceral, pero mi único
propósito al intentar abrirla fue el de
averiguar si aquello pudiera constituir
una amenaza contra su persona. Jamás
me atrevería a hacer nada que pudiese
repercutir negativamente en su salud —
aseguró Henderson, irguiéndose de tal
manera con el afán de sus palabras que
hasta se cuadró con posé militar—. Pero
todos mis esfuerzos han sido en vano,
señor Presidente. Por más que lo he
intentado, no he conseguido abrirla. No
sé qué es lo que hay en su interior… y
he decidido no saberlo –aclaró
Henderson, emitiendo un desmayado
suspiro de incertidumbre–. Lo que
quiera que pueda ocurrir al abrirla, si es
que alguna vez alguien consigue hacerlo,
lo dejo bajo su responsabilidad. He
tenido la precaución de venir
directamente desde Missouri sin
enseñársela a nadie más.
—Pero señor Henderson –
susurró confuso Abraham, sujetando
entre sus manos la cajita–, esto que me
dice es increíble.
—Yo tampoco pude creerlo,
señor. Ya le digo que llegué a pensar
que era una broma… una absurda y
pesada broma. Pero al llegar aquí
constaté mis temores sobre sus posibles
poderes precognitivos.
—Aclárese.
—En la nota que venía con la
cajita había una última advertencia que
debía confesarle cuanto antes. De ahí mi
insistencia en que concediese esta
audiencia. Al principio no logré
encontrarle sentido alguno, pero tras
escuchar la discusión que acaba de
mantener con la Primera Dama, todo
encaja.
—Y bien.
John Brooks Henderson
carraspeó.
—La nota decía, textualmente,
“no vaya al teatro esta noche”.
Abraham Lincoln no pudo evitar
abrir la boca.
—Y dígame, ¿conserva la nota?
Henderson contuvo el aliento por
un instante y difuminó su mirada hacia el
infinito.
—Lamentablemente no, señor
Presidente —dijo al fin.
Henderson desvió su mirada
hacia el suelo y se quedó contemplando
la punta de sus zapatos, con la barbilla
pegada al pecho, a sabiendas de que
todo cuanto saliese por su boca podría
ser considerado, por cualquier persona
con un mínimo de sensatez, como
peroratas propias de un loco sin
remedio. ¿Cómo podría decirle que
aquella nota se borró ante sus ojos tras
leerla? No, ese tipo de detalles no
pueden contarse en semejante audiencia,
de manera que John Brooks Henderson,
conmovido por sus propias
elucubraciones, dio un paso atrás y
agrietó el rostro por temor a que el
mismísimo Presidente de los Estados

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Unidos decidiera apresarle en aquel
mismo instante por blasfemia, o peor:
por negligencia contra la razón.
Abraham Lincoln, sin embargo, respiró
profundamente y se quedó observando el
rostro de Henderson. Pudo ver en sus
ojos la triste zozobra de un hombre
confuso; un hombre que se sabe portador
de noticias inconcebibles y que no tiene
más remedio que someterse a la
aventura de andar por la cuerda floja
para ser, como mínimo, escuchado. Y
Abraham lo hizo. Abraham le escuchó
porque, a fin de cuentas, sabía lo que se
sentía cuando uno aporta palabras que
no casan con la realidad cotidiana: él
mismo había estado en semejante
posición de desequilibrio al convertirse
en el abanderado contra la esclavitud en
aquella sociedad tan clasista.
—Lamento ser así de brusco –
dijo al fin Abraham, sin querer zanjar
definitivamente el asunto como hubiera
sido perentorio en ese caso; queriendo
aún concederle a Henderson un grado de
confianza–, y espero que no se moleste
por lo que tengo que decirle, pero sin
pruebas de ninguna clase me temo que
eso que dice usted no puedo
considerarlo más que como un absurdo,
señor Henderson.
—No me molesto en absoluto,
señor Presidente –declaró Henderson,
un tanto más aliviado–. Yo también creo
que es absurdo. Pero debe usted
considerar la opción, por improbable
que le parezca, de que la realidad
supere con creces en algunos aspectos a
la ficción. Aunque no voy a ser yo quien
le diga cómo debe pensar usted al
respecto. Sé que es un hombre de fe y
que actuará en consecuencia. En lo que a
mí se refiere, he de admitir que por más
que lo he intentado, me ha resultado
imposible dilucidar el origen de esta
cajita… y mucho menos entiendo por
qué diantres debo ser yo precisamente el
intermediario a tan inesperado misterio.
Quizás sea porque quien quiera que la
dejase en mi correo sabía de antemano
que se la entregaría personalmente sana
y salva. Puede que de esta manera le
concediera, como lo está haciendo, más
credibilidad. Sea como sea, resuelvo
desde este instante quedarme al margen
de la historia y delegar en usted toda
responsabilidad. Decida lo que decida,
ya sea abrirla o destruirla, es cosa suya.
Mi trabajo está hecho. No tengo
intención de quedarme ni un solo
segundo más en presencia de esa cosa.
Así es que, si es tan amable, dígame lo
que opina sobre el indulto a Vaughn y
me iré por donde he venido.
Cuando John Brooks
Henderson salió del Palacio
Presidencial, lo hizo exhalando un
suspiro de alivio al cielo, intuyendo que
se había desembarazado de un asunto
turbulento. Fue sintiéndose mejor a
medida que su carruaje avanzaba bajo la
noche estrellada, sin ser consciente de
que el motivo de su mejoría se debía a
la creciente distancia que le separaba de
la cajita. Cuánto más lejos estaba, más
disminuía su inquietud sobre la misma.
Y al cabo de varios kilómetros todos sus
recuerdos quedaron sumergidos en un
limbo inaccesible. De tal manera surtió
efecto la distancia, que cuando llegó a
casa y se sentó en su sillón de lectura,
tuvo la sensación de haber tenido un
sueño extraño del que no sería capaz de
decir palabra alguna por más que
intentase recordarlo.
Abrahán Lincoln volvió a
comprobar su reloj y supo, casi de
inmediato, que su satánica majestad se
pondría rabiosa si acaso cometiese la
osadía de pedirle cinco minutos más de
su paciencia. Ya no había vuelta atrás:
llegarían tarde al teatro. De manera que
salió a hurtadillas de la Sala de

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Gabinete y se atrincheró en la habitación
de matrimonio para comprobar qué era
aquella cosa tan misteriosa. Henderson
tenía razón en algo: si la

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