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Espíritu del bosque – L. B. R. Jeffers

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Resumen y Sinopsis De 

alma de su cuerpo, ¿le dolerá? ¿Será como sentirse en una nube? Desea ser una y perderse en el ancho cielo, evaporarse si es que eso hacen
y no sentir nada fuera de la liviana paz.
Dormitar. Esa es una buena idea.
Desaparecer.
Encontrarla en un lugar mejor.
Ydris comprende lo que hay en esta noche oscura, lo que esconde como un secreto a voces, retorcido y cruel: nada.
La voz de Sarune resuena desde algún lugar, suave como siempre, llena de eso a lo que nunca pudo darle un nombre. Como un eco que,
poco a poco, se disipa amargamente. Casi puede sentirla despidiéndose. Casi puede ver el blanco de su cabellera ondeando en el viento, en un
rincón de su memoria. En aquel momento, Sarune, lucía hermosa; perdida en sus pensamientos, observando anhelante la gran luna llena. Ella no lo
sabía, pero él la había encontrado sin buscarla y, cuando la tuvo frente a sí, le entregó el corazón sin dudarlo.
Cantaba. Le cantaba a Padre y a su creación. Tenía una voz maravillosa, se dijo viéndola desde las sombras, creyendo que jamás advertiría su
presencia. Toda ella le parecía perfecta: su sonrisa, su mirar…
Respira. Aquellos fueron buenos y confusos días, llenos de eso inexplicable que se deshace mezclándose con la tristeza. Quizá, si él no la
hubiera visto, nada de eso habría sucedido. Quizás ella continuaría viva, danzando al son del viento, tatareando aquella canción que ahora, no
obstante, se marchita.
Efímera.
Etérea.
Allá, más allá, en lo profundo del bosque del gran lobo, alguien parece entonarla.
Esa noche, Sarune, rió girando el rostro hacia él. Escudriñándole con ese par de ojos azul profundo que, de forma inexplicable, lo hicieron sentir
desnudo. Ella miraba su alma, Ydris lo supo cuando logró ver la suya: era pura, diferente.
Extendiéndole la mano, volvió a reír.
Sé que estás ahí habló calmada. Ydris sintió que el corazón le abandonaba el pecho, puedo olerte. Tu aroma es como… como… de
canelas. Me gusta la canela añadió con la vista puesta en el lugar en el que se ocultaba. Y las manzanas, son deliciosas, ¿no te gustan? Tengo
por aquí. ¡Arg! ¿Dónde están? Ah, sí, tengo por aquí unas cuantas. Aunque no sé si deba dártelas, se supone que los de tu especie no deben
probarlas, pero debes tener hambre, así que… ¿Vas a salir o no?
Ydris pasó saliva con dificultad. ¿Cómo era que había notado su presencia? Consideró el color de sus ojos y cabello, lo pálida que resultaba su
piel. Su rostro… ¿Qué era? ¿Quién era?
Ya, ven. Tengo manzanas ¿O quieres otra cosa?
Ydris abandonó su absurdo escondite. El viento sopló haciendo danzar la melena de Sarune. De nuevo, se sintió desnudo ante su mirada
amable, ante la sonrisa que jamás parecía abandonar sus labios. Fue un impulso, a lo mejor, pero se la devolvió.
Solo en ese momento, se fijó que ella vestía la piel de un lobo blanco. «Bastante grande», pensó. ¿Lo habría matado? Tal vez era una mujer
cazadora, como las de su pueblo, como su hermana. Sin embargo, consideró, ¿por qué sus cabellos y ojos eran distintos? Por otro lado, ¿no
estaban extintos los lobos blancos? Entre su gente se decía que, solo era un mito, no quedaba más que uno, un guardián al que nadie había visto
en mucho tiempo. Los ancianos comentaban que era inmenso y… ¡Oh, no! No, no, no. El miedo recorrió cada centímetro de su cuerpo como una
molesta corriente eléctrica.
Ydris retrocedió un par de pasos ante la mirada compasiva de la mujer. Ella no dejaba de sonreírle con dulzura, pese a que acababa de sacar su
cuchillo y le amenazaba con él. Un golpe, tan solo uno, acabaría con su existencia.
Sarune negó. Ella parecía entender bien su temor, pero también que él no se atrevería a dañarla.
¿Lo harás? preguntó.
Suspiró acortando la distancia. Alargando la mano, le delineó el rostro con los dedos. Ydris tembló. Sudaba en frío. El contacto se hacía
reconfortante, con todo, dentro de sí el miedo seguía palpitando; gritándole que huyera, que le asesinara; lo que fuera, pero que hiciera algo.
Todo se volvió negro apenas los labios de Sarune hicieron contacto con su frente.
Ydris limpia las lágrimas que bañan sus mejillas. Reda continúa viéndole con, ¿qué es eso? ¿Desprecio, amor, dolor? Se pregunta el porqué de
todo, ¿tan difícil se le hace entender? Entonces a él también le había costado, aunque con el paso del tiempo comprendió que lo que hacía no
estaba bien. Que el mundo era mucho más que lo que los ojos veían y la naturaleza, esa que como un idiota estaba destruyendo, también estaba
viva. Sentía, lloraba, cantaba. Bailaba al son de una sorda melodía

Orden de autor: Jeffers, L. B. R.
Orden de título: Espíritu del Bosque
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 0c927440-e5b6-4b40-8f2a-e77a632668cc
id: 87
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 0.39MB

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