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Estarás dormida – María Cristina Salas

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Resumen y Sinopsis De 

Estarás dormida – María Cristina Salas

bromas que él soportaba con resignación, porque decía que ella hacía unas comidas exquisitas. Madelleine, su Madelleine, como la llamaba, era en realidad el amor de su
vida. Cuando uno llegaba a conocerlos, no se los podía imaginar separados.
Alguna vez, había hablado de su participación en la Resistencia, y de cómo su Madelleine le había ayudado. No tenían hijos, pero para ellos sus hijos eran todos
sus clientes.
En cuanto Lisa entró, entreabrió sus ojos y sonrió. «Belle», le dijo, siempre tenía una frase bonita para ella.
―Hoy has venido demasiado tarde, Belle, Madelleine te esperaba para ofrecerte un exquisito guiso, ¿te apetece?
―No, no, Pièrre, gracias, no me apetece, he estado con un viejo amigo y me he entretenido.
―Debe ser ese hombretón que entró hace unas noches y me pidió permiso para echarte una carta debajo de tu puerta, ¿verdad?
―Sí, sí, es él. Le conozco desde Argentina.
―Ah, très bien, con ese físico nos hubiera venido bien para la Resistencia.
Los dos sonrieron y ella se despidió hasta el día siguiente.
La pensión era antigua, pero bien cuidada y limpia, tenía un ascensor de hierro negro que dejaba ver a los pasajeros a través de la malla metálica. Cuando subía o
bajaba, hacía sonar sus cadenas y se escuchaba en todas las plantas. Si uno cerraba sus ojos, podía imaginarse las catacumbas del Fantasma de la Ópera.
Eran cinco plantas, y en cada una solo dos apartamentos, que la pareja Laforèt alquilaba desde hacía años, cuando finalizó la guerra, y lograron comprar el
edificio con mucho esfuerzo. Lisa vivía en la primera planta, y muchas veces no coincidía con vecinos, porque el matrimonio no había conseguido alquilarlo.
Por el horario, prefirió subir por las escaleras, y cuando llegó al primer piso encendió la luz del pasillo. Intentó meter la llave en la cerradura, y sintió un extraño
hedor que enseguida identificó como olor a tabaco. Era diferente al típico que solía percibir cuando transitaba por la calle, este era dulce, como si lo hubieran liado
manualmente.
Tal vez Pièrre hubiera arrendado el apartamento de enfrente y su vecino fumara, «qué desgracia», pensó, y se metió en su casa. Encendió la luz y se acercó a la
ventana. Descorrió un poco la cortina y miró hacia la calle, y allí por primera vez la vio. Una sombra se dibujó entre la niebla y los reflejos de las farolas. Lisa dio un
pequeño grito y se ocultó detrás de la cortina. La sombra seguía allí, esperando, pero ¿qué?
Cerró enseguida todas las cortinas de las ventanas que daban a la calle, no sabía quién era, ni tampoco quería saberlo.
Su piso era bastante grande, tenía tres habitaciones amplias, un baño y una cocina. En una de las habitaciones había instalado su cama, en la otra, su despacho, y
en la tercera, una especie de living-comedor. Para ella era más que suficiente. Se sentó en su sofá a pensar. Estaba acobardada, jamás nadie la había seguido, ni vigilado,
¿sería alguna imaginación suya?
Tal vez todas las emociones juntas de volver a ver a Roberto le hicieran parecer o sentir cosas extrañas. Era mejor darse un buen baño, olvidar todo y dormir, al
día siguiente tendría que trabajar, y ella comenzaba su labor bien temprano.
Cuando terminó de bañarse, con dos dedos descorrió la cortina de su cuarto y la silueta ya no estaba. Todas las habitaciones daban al exterior y se podía
controlar desde ellas la vida nocturna de París.
Se quedó más tranquila. Imaginó que todo había sido su excitación, cogió una novela que estaba a punto de terminar, Todo verdor perecerá, de Eduardo Mallea,
leyó las últimas páginas, apagó la luz de su mesita de noche y se durmió con un sueño profundo.
El despertador sonó a las siete menos diez, tiempo justo para que Lisa tomara un exquisito desayuno de café con tostadas y mantequilla, pudiera darse una
ducha rápida y ponerse un traje de chaqueta para ir caminando, como siempre lo hacía, hacia la embajada, que apenas quedaba a unas calles de la pensión.
París tenía el encanto de hacer resurgir, al amanecer, un sol arrebatador, que calentaba los huesos, y les hacía desaparecer toda humedad incrustada en ellos por la
lluvia nocturna.
Hacía frío, pero a Lisa le encantaba ponerse algún abrigo y caminar silenciosa por las calles observando a la gente, a las tiendas y a todo ese pequeño mundo que
se movía por la Rue des Dames, la Rue Nollet, la Rue Lemercier.
Vivía en un sitio de lo más codiciado de Francia, y ella era consciente de ello, al lado del Sena, del Pont d’Iéna, de la Tour Eiffel.
Siempre había amado desde pequeña la Torre Eiffel, esa mole de hierros creada para una exposición, con una forma extraña, pero que a ella le sugería amor.
Recordaba ahora la frase que solía decir a sus amigos universitarios, «si no amara tanto a mi país, tendría un corazón para París». Se lo decía a Leonardo, su compañero
de estudios, igual que Graciela, y al fin lo había logrado, estaba viviendo en el pleno corazón de esa ciudad luz que encandilaba a cualquier caminante.
El ambiente era bohemio, elegante, glamuroso, repleto de cafeterías, pubs, tiendas de todo tipo, desde lujosas boutiques hasta establecimientos bastante

Pages : 42

Autor De La  novela : María Cristina Salas

Tamaño de kindle ebook :  710

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