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Flores para la señora Harris – Paul Gallico

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Resumen y Sinopsis De 

Flores para la señora Harris – Paul Gallico



–Pero ¡esto qué es! –exigió saber–. ¿A esto lo llaman dinero? Estas monedas tienen pinta de ser falsas.
El empleado de la aerolínea esbozó una sonrisa y dijo:
–Bueno, en cierto sentido lo son, pero solo al Gobierno se le permite fabricarlas. Lo que pasa es que los franceses aún no se han percatado. Así que todavía valen. –
La condujo a través del gentío, subieron una rampa y la dejó en un taxi–. ¿Adónde le digo que la lleve?
La señora Harris se sentó con la espalda dura, delgada de tanto trabajar, recta como una vara, con la nariz rosada apuntando justo al norte y el rostro tan sereno y
tranquilo como el de una duquesa. Solo los ojillos se le movían sin parar de un lado a otro por la emoción.
–Pídale que me lleve a la tienda de vestidos de Christian Dior –contestó.
El hombre de las líneas aéreas la miró de hito en hito y se negó a creer lo que había oído.
–¿Perdone usted, señora?
–¡La tienda de vestidos de Dior, ya se lo he dicho!
El empleado de las líneas aéreas se había enterado perfectamente, pero su cabeza, acostumbrada a lidiar con toda clase de emergencias y casos extraños, era incapaz
de entender la relación entre una señora de la limpieza londinense, que formaba parte del amplio ejército que salía todas las mañanas a quitar la mugre de las viviendas y
oficinas de la ciudad, y el centro de moda más exclusivo del mundo, y siguió titubeando.
–Vamos, póngase en marcha –le ordenó la señora Harris con brusquedad–, ¿se puede saber qué tiene de raro que una señora venga a París a comprarse un vestido?
Turbado hasta lo más profundo, el empleado de las líneas aéreas le dijo al taxista en francés:
–Lleve a la señora a la casa Christian Dior, en la Avenue Montaigne. Como trate usted de sisarle un solo céntimo, me encargaré de que no pueda seguir trabajando en
esta parada.
Mientras la señora Harris se alejaba en el vehículo, el hombre volvió a entrar en la terminal negando con la cabeza. Le daba la impresión de haberlo visto ya todo.
Mientras iba en el taxi y el corazón le latía con fuerza por la emoción, la señora Harris se acordó de Londres y esperó que la señora Butterfield fuera capaz de
apañárselas.
La lista de clientes de la empleada del hogar, aunque existía la posibilidad de que cambiase sin previo aviso (es decir, que ella podía prescindir repentinamente de uno
de ellos, jamás ellos de ella), sufría muy pocas alteraciones. Había algunos a los que dedicaba varias horas al día y otros que solo requerían sus servicios tres veces a la
semana. Trabajaba diez horas diarias; su jornada empezaba a las ocho de la mañana y acababa a las seis de la tarde, y consagraba la mitad del sábado a ciertos clientes
afortunados. Observaba este horario cincuenta y dos semanas al año. Como las horas del día no eran infinitas, sus clientes solo disponían de seis o siete, y ella
circunscribía su zona de trabajo al barrio elegante de Eaton Square y Belgrave Square. Porque después de llegar a ese vecindario por la mañana, ya podía desplazarse a
pie entre las diversas casas, apartamentos y antiguos establos reconvertidos en viviendas.
Estaba un tal señor Wallace, su soltero, a quien ella naturalmente mimaba, y cuyos frecuentes y cambiantes amoríos le inspiraban un tremendo interés.
Le tenía cariño a la señora Schreiber, la mujer algo aturullada de un representante de películas de Hollywood que vivía en Londres, por su afabilidad y generosidad tan
estadounidenses, que se manifestaban de muchas maneras, pero fundamentalmente mediante el interés y la consideración con que trataba a la señora Harris.
«Iba» a casa de la elegante lady Dant, la mujer de un rico magnate de la industria, que mantenía una casa en Londres y otra en el campo; The Queen o The Tatler
sacaban continuamente fotografías en las que aparecía lady Dant en bailes de caza y actos benéficos, lo cual llenaba de orgullo a la señora Harris.
Había otros: la condesa Wyszcinska, una bielorrusa, que le caía bien porque estaba deliciosamente chalada; una pareja de jóvenes casados; un segundo hijo, cuyo
precioso apartamento le encantaba porque en él había objetos bonitos; la señora Fford Foulks, una divorciada, que era una valiosa fuente de cotilleos sobre lo que se
traían entre manos los ricos y ociosos; y algunos más, entre los que se contaba una actriz menuda, la señorita Pamela Penrose, que luchaba por obtener reconocimiento

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Flores para la señora Harris – Paul Gallico
desde su cuartel general, situado en un piso de dos habitaciones en un antiguo establo reformado.
La señora Harris se ocupaba de todos estos domicilios sin que la ayudase prácticamente nadie. Sin embargo, en caso de emergencia, podía recurrir a su amiga y álter

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