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Frágiles penumbras – Rafael Sanabria

Frágiles penumbras – Rafael Sanabria

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Resumen y Sinopsis De 

Frágiles penumbras – Rafael Sanabria

La Sombra del Viento de Carlos Ruíz Zafóndijo levantándose de su asiento. Una gran
sorpresa me llevé al ver que comenzó a aplaudir. Gran interpretación del comiquísimo
Fermín Romero de Torres, pero estamos en un teatro y lo imperante son obras teatrales no
literarias así que lo siento, hijito, pero no estás en la obra, papá. me sonó a mi pueblo ese
apodo tan afable.
No, padredijo Lucia a su lado. El chico tiene talento y tiene todo para ser un galán así
como tú lo fuiste hace años. Cabello liso, ojos pardos, físico robusto. De hecho, tiene un
cierto aire a ti. Me gusta.
Suficiente, Luciasentenció.
Te recuerdo que me has dado la dirección esta vez. Yo escribí la obra, yo sé cómo son los
personajes y quienes deberían ser. Y él es.
Está bien, Lucia, pero no quiero que llores cuando la obra sea un completo desastre. se
levantó y a los pocos segundos había desaparecido caminando en su cayado. Lucia se levantó
junto a la anciana llamada Estrella.
Y los quiero mañana a primera hora para el conocimiento del escenario y de la obra. Adrián
tú tienes que ser el primero en llegar. su voz me congeló. Era una voz tersa y suave. Era
delicada y generosa, dulce. Se volteó, justo después de sonreírme. Dejé el escenario y me
encaminé a dejar también el teatro.
5
El viento frío y recio de la noche me zarandeó el cabello al salir y me escupió la humedad
congelada en la oscuridad. Me di cuenta que a los lados del gran portón del teatro se veían
pegadas grandes pancartas con la foto de Lucia ataviada en el blanco vestido vaporoso. Su
cabello se envolvía rebelde cayendo sobre sus hombros desnudos y sus ojos pardos
deslumbraban con luz propia al igual que sus labios carnosos.
La noche sombría me inspiraba un miedo increíble, siempre sentí miedo por la oscuridad. El
trecho entre el portón del teatro y las rejas que lo protegían me parecía eterno. Los árboles y
los arbustos se movían como si tuvieran vida. El susurro del aire atravesando las rejas me
asustó aún más, pero estaba más cerca. Cuando abrí la cerradura se desprendió un chirrido
tan fuerte que juré que toda la ciudad lo había escuchado. Detuve la reja en su movimiento
para que no sonara más. De nuevo el susurro del viento me asustó y entonces escuché lo que
albergaba el misterio de la noche. El aroma delicado de un perfume de rosas – como el que
ella solía usar –, una respiración pausada, el sonido de zapatos de tacón caminando con aire
apurado y el sonido de la tela al moverse con el viento me calaron los huesos. Mis ojos
parecieron dos tazas brillando en la oscuridad. Algo me impulsó a voltear aun con miedo.
Me pareció ver un humo blanco disipándose.
Abrí la reja sin importar el sonido estridente, apurando el paso hasta correr sin medida hacia
el apartamento de tía Ro. Las calles de la ciudad, aun pobladas por los hijos de la oscuridad,
eran negras, quizás por sucio o por la desgracia humana, a pesar de los postes de luz.
Esperaba dormirme pero se me dificultaba conciliar el sueño. No podía después de lo que
sentí al salir del teatro. Sentía como si alguien estuviese detrás de mí. Sentía como si alguien,
en las sombras de la habitación, esperaba a que durmiese para llevarme. Esa vez había
olvidado el pecado que no me dejaba dormir. Esa vez sólo pensaba en lo que había oído. Ni
siquiera el grito que me despertaba a medio dormir pudo borrar de mi mente el recuerdo del
aroma a rosas que acompañaba a esa silueta moviéndose en la oscuridad.
El sonido de la lluvia aproximándose pudo calmarme. Eventualmente me dormí.
6
II
A la mañana siguiente no tenía ganas de levantarme e ir al teatro. Juraba que allí seguía la
presencia que sentí la noche anterior. Eran las siete y aún conservaba sueño pero no quería
abrir los ojos ni moverme de la sepultura de sabanas que se encontraban encima de mí. En
uno de mis movimientos para encontrar comodidad, deje mi cara descubierta a la habitación.
Sentí un viento húmedo escupiéndome gotas de lluvia helada. Abrí mis ojos en medio del
frío y visualicé mi ventana abierta. Había recordado muy bien que estaba cerrada antes de
acostarme a dormir.
Me preocupé por lo extraño de la situación. Al saltar de la cama seguí hacia la ventana a
cerrarla. A través del vidrio observé el torrencial aguacero que se desbordaba sobre los
edificios. Una multitud de personas formaban una rueda alrededor de algo que no podía ver.
El piso estaba mojado y encontré en él un papel que tenía un escrito que a lo lejos no se
entendía. Me coloqué muy cerca de la hoja para leer la adornada caligrafía. Hallé en el escrito
líneas espeluznantes y espantosas:
La noche más cruel rasgaba la oscuridad con el brillo del llanto celestial. Las calles
formaban pequeños ríos que inundaban hasta las aceras de la ciudad. Eva camina con un
paraguas dañado por el tiempo. Su cabellera al igual que su barba larga se va mojando
mientras va a través de la noche inclemente. En el circo, en donde su don de tener barba era
apreciado, había aprendido a no tenerle miedo a la noche pero ese día cambiaría sus
creencias por completo.
De repente se detiene, volteando hacia los lados, sintiendo algo familiar, sintiéndose
observada, incómoda. Entonces un olor a rosas llega hacia ella y la ventisca de la lluvia
termina de dañar su paraguas justo en la mitad de la calle, cuando se disponía a ir al otro
lado. Vio al horizonte y un bombillo del poste de luz se apagó. Así mismo sucedió hasta que
sólo uno quedó titilando al frente de ella.
El sonido de unos tacones llegó, sigiloso, a los oídos de Eva. El movimiento de la tela en el
aire reveló la identidad a su mente. Sabía quién estaba allí junto a ella. Sabía que le llegaba
la hora.
Una dama ataviada en un vestido blanco, luminoso y ligero caminó hacia ella desde la
oscuridad de un callejón. La máscara que llevaba le daba un aspecto terrorífico a los ojos
de Eva, pues sabía quién era. La mujer de blanco movió sus dedos y pudo escuchar el sonido
metálico de lo que parecían garras de oro. El fular que se envolvía en el cuello y la cabeza
de la mujer, cayó al suelo. La mujer abrió sus brazos de par en par hacia ella. Trató de
mover sus piernas para correr cuando sintió dos seres de mayas blancas tomando sus manos
con fuerza para no dejarla escapar.
Arrodillada por la fuerza ejercida por los seres blancos, Eva suplicaba perdón. La mujer la
miraba desde arriba, sin clemencia. Entonces posó sus garras en su máscara y le develó su
rostro. El último aliento de vida de Eva fue un grito ahogado.
7
Eva muere ahorcada con su propia barba, guindando del poste de luz con el último bombillo
titilante. La mujer recogió su máscara veneciana del suelo, camino al horizonte y se
desvaneció con la última gota de lluvia del suelo. Los seres blancos se perdieron en la

Pages :223

Autor De La  novela : Rafael Sanabria

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