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Goleters Luna de Lenten – Inma Cerezo

Goleters Luna de Lenten – Inma Cerezo

Sinopsis De 

Libro Goleters Luna de Lenten – Inma Cerezo

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Cuando el avión en el que viajaba Adriana aterrizó, un cúmulo de sentimientos encontrados la invadió. Volvía a sentir aquella extraña sensación que le atenazaba cada
vez que se hallaba allí. Mientras rememoraba sus últimas horas en Barcelona, la ciudad donde había nacido y crecido, un nudo en la garganta le hizo entender lo duro que
iba a ser afrontar aquella situación sola.
Sus ojos verdes reflejaban la triste experiencia que acababa de vivir. Algo que todos experimentábamos tarde o temprano, pero que a ella le había pasado una
factura demasiado elevada. Por mucho que fuera Ley de Vida, ella no estaba preparada para ello. Nunca se está pero, además, en su caso llegaba demasiado pronto.
Acababa de cumplir veinticinco años y tenía un espléndido aspecto físico que, hasta no hacía mucho tiempo, siempre había estado adornado con una dulce sonrisa.
Estaba agotada por el viaje, por lo que después de caminar por los interminables pasillos de los aeropuertos apenas podía respirar a causa de lo muchísimo que le
dolían los pies.
—Malditos zapatos de tacón, masculló mientras bajaba del coche de alquiler.
Y al fin se encontraba en aquel lugar.
Entornó los ojos, provocando una mirada tan confusa como su nueva vida, y suspiró. Estaba dispuesta a que su nuevo proyecto funcionara y sirviera de algo.
Al entrar de nuevo en la casa sintió que el vello de los brazos se le erizaba y la sensación volvió a aparecer. ¿Cuántos años hacía que no la pisaba? ¿Diez? Quizá
menos, pero siempre se sintió ligada a ese lugar. Todavía podía oler los bollos recién horneados y escuchar tararear a Tana su canción, There were ten in a bed.
«A mamá le hubiera encantado volver», pensó al pasar por el recibidor. Ante ella se encontraba la escalera de madera lacada blanca. «¿Cuántas veces las bajé a la
carrera? Algunas incluso caí de morros». Le brillaban los ojos, la angustia estaba latente. Ahora aquel lugar donde pasó tan buenos momentos era oscuro, frío y
polvoriento.
Notó un pequeño escozor en su muñeca derecha y tuvo que frotarla para aliviar la incómoda sensación. Miró la marca que le acompañaba desde su nacimiento, un
perfecto septagrama de color negro, y cabeceó intentando expulsar la sensación premonitoria que su cuerpo le enviaba en forma de mensaje a través de su estigma.
Todavía no había dejado la maleta en el suelo y ya se arrepentía de haber llegado. «¡Oh! Necesito fuerzas. Haz que por fin sea posible. A mamá le hubiera
fascinado la idea…», se dirigió a su abuela con una súplica silenciosa que no escapó de sus labios.
Dejó su equipaje, no excesivo, y pasó al salón por la primera puerta a mano derecha. El olor a humedad la estaba matando y para sus pies necesitaba algo cómodo.
Miró en su bolsa de mano y cogió aquellos horribles calcetines que dispensaban en el avión. «De momento servirán», pensó.
Abrió las ventanas y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió a gusto. No sabía cuánto iba a durar esa sensación, ella nunca jugaba con ventaja, pero esa era la
aventura; la Gran Aventura…
Por la mañana, todo se veía de diferente manera después de una buena ducha refrescante y un estupendo café. La vida sonreía de nuevo.
Adriana tenía mucho que hacer. Necesitaba averiguar en qué situación dejó su abuela la vivienda, puesto que su madre nunca se había vuelto a preocupar por el
tema, y también estaba la entrevista en su nuevo puesto de trabajo. Todavía no había salido de casa y ya estaba agotada. Estaba claro, los aviones no eran su fuerte.
Escogió sus vaqueros favoritos, aquellos que su amiga Berta siempre le decía que le quedaban genial y marcaban sus curvas. Los chicos siempre le decían que era
voluptuosa y desprendía sensualidad, aunque ella jamás pensó que era cierto. Según su amiga, adoraban su trasero y resaltaban los pechos, que ahora se marcaban a
través de la ajustada camiseta que llevaba. Bajo su punto de vista tenían el tamaño justo; nunca le habían molestado a pesar de llevar toda la vida practicando deportes,
lo que era visible en sus brazos y piernas fibrosas.
Sin embargo sus manos parecían muy delicadas, como de porcelana, y daban la sensación de que recibían más cuidados y mimos de los que en realidad les dedicaba.
Su piel era muy pálida, lo que hacía que sus labios carnosos resaltaran; un simple toque de brillo bastaba. Quizá por eso prefería salir a la calle con la cara lavada, sin
maquillaje.
Su abuela Tana decía que había heredado de cada uno de sus progenitores las mejores cualidades físicas; la orgullosa belleza mediterránea de su padre y la salvaje
hermosura canadiense de su madre. Insistía en que su forma de caminar hacía que los hombres se giraran al verla pasar, «coqueta en su justa medida y fiera si les miras
con tus inquisidores ojos verdes». Cabeceó con nostalgia al recordar sus palabras.
Bajó los tres escalones del porche con ligeros saltitos y su larga melena castaña brilló bajo el sol. Se quitó la chaqueta de piel verde, que era su favorita, aunque
sabía que en breve necesitaría algo más apropiado. «Pronto empezará a nevar».
Subió al coche de alquiler y encendió la radio. La música en su vida era esencial, sin ella estaba perdida. No tenía un género favorito, pensaba que existía una
canción adecuada para cada momento, aunque para emprender ese día hubiera preferido algo menos clásico.
Mientras conducía intentaba ordenar sus ideas. En primer lugar tenía que llamar a Mauro, su hermano, pero la cobertura del móvil estaba muerta,

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así que necesitaba
instalar una línea fija. Y esa solo era una de las mil tareas pendientes en la lista más larga que jamás había confeccionado. También debía comprar un coche económico de
segunda mano si no quería arruinarse en poco tiempo.
Estaba distraída, ordenando sus pensamientos, y recordó las palabras de su padre antes de coger el avión. En tono condescendiente le sugirió que no dudara en
llamarle si estaba en apuros… Bla, bla, bla. Hasta ahora se había defendido muy bien sin su ayuda. De hecho fue su madre quien soportó la dura tarea de sacar adelante
dos hijos, mientras el señor Montfort tonteaba con cualquier niña pija que se asomaba a su cartera antes de preguntarle el nombre.
Su padre siempre fue un hombre atractivo, aunque fue su astucia lo que hizo que su meteórica carrera profesional despegara. Se codeó con gente muy importante y
llegó un momento en el que no dudó en mandar a paseo a su bonita esposa y a sus dos lindos hijos para perderse en la sociedad catalana de alto copete.
A partir de entonces su éxito se veía reflejado en los titulares de los medios de comunicación: «El arquitecto Xavier Montfort diseña el edificio más espectacular,
premiado por la Societat Catalana dꞋArquitectes». Y de ahí, al estrellato.
Él siempre estuvo bien situado, pero su madre jamás permitió que le pagara más de lo estrictamente pactado en el convenio regulador de divorcio. Quizá el hecho
de saber que él la engañó durante todo su matrimonio le hizo tomar aquella decisión.
A pesar de todo eso, ella nunca tuvo la sensación de tener el corazón roto, destrozado por el dolor, como hasta ahora. Los fármacos que le había recetado Josep, el
médico de la familia, la aliviaban, pero rememorar el funeral de su madre le hacía volver a tener aquella presión en el pecho que la ahogaba. El corazón palpitaba de forma
inusual y estaba convencida de que, de un momento a otro, se quedaría parado; era incapaz de respirar con normalidad. Aún podía escuchar las palabras del párroco:
«Oremos por la memoria de Angie Keaton. Acompañemos a su familia en estas duras horas y recordemos que es la palabra del Señor…».
Tal vez por ese motivo decidió llevar a cabo aquello que Angie siempre quiso hacer y no pudo: volver a la tierra de sus antepasados, a sus orígenes. Y con el alma
rota en mil pedazos, decidió emprender una nueva vida y dar sentido a la llamada interna que había tenido desde niña; regresar a Karlstown.

Goleters Luna de Lenten – Inma Cerezo

Sus abuelos les dejaron un buen regalo. La casa estaba algo descuidada, pero nada que no pudiera solucionarse y, ahora, a la luz del día, parecía tener mejor aspecto.
La madera exterior necesitaba una capa de pintura, pero eso lo dejaría para

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