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Lección de amor – Ebony Clark

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Muchas personas en Juanita Fun creían que Lane McCrane era una mujer sin sentido del humor. Su pálido rostro enmarcado por aquella espesa mata de cabello
castaño oscuro, sus ojos azules y los generosos labios que sonreían escasamente, podrían haber hecho de ella mujer hermosa si lo hubiese permitido. De hecho, lo era
aun cuando ella pretendiera todo lo contrario, esforzándose lo mínimo en destacar sus encantos. La forma en que rehuía la coquetería confirmaba que no estaba
interesada en destacar entre una multitud. Lane solía vestir de manera informal, con ropa cómoda que le permitiera moverse con agilidad entre sus pequeños alumnos y
con la que no tenía que preocuparse del peligro de las manchas de chocolate y otras sustancias que hacían gritar de pavor a las demás maestras. Mejor unos tejanos que
una falda corta. Mejor una camiseta de algodón que unos inútiles volantitos. Mejor zapatillas planas que arriesgados zapatos de tacón. Mejor convenientemente vestida
que sugerentemente medio desnuda. Ninguno de sus compañeros de trabajo había podido averiguar si aquel empeño de la joven en esconder cada centímetro de su
cuerpo respondía a un alarde de puritanismo o por el contrario, ella deseaba ocultar alguna espantosa cicatriz. O sencillamente, y aquella era la opinión más extendida, a
Lane McCrane no le importaba si los demás la consideraban o no atractiva.
De cualquier modo, nadie se había interesado lo bastante como para tratar de descubrirlo. Nadie sabía nada de ella más que lo que ponía en las excelentes referencias
que había aportado en su currículo. Por supuesto, aquellas referencias habían sido comprobadas con meticulosidad como era costumbre en la escuela. Veintiocho años,
de madre norteamericana, se había criado en un orfanato después de que su padre las dejara y su madre fuera internada en un sanatorio. Por desgracia, la madre de Lane
se había abandonado al alcohol y los médicos la habían desahuciado cuando Lane solo contaba con cinco años. Y así, del orfanato a unos cuantos hogares de acogida, era
un milagro que hubiera sobrevivido y sacado su título de maestra con excelentes notas. Sus antiguos profesores se sentían orgullosos de poder hablar bien de la señorita
McCrane, aunque no ocultaron su sorpresa cuando la señora Andrew les había llamado desde aquel pequeño pueblo perdido en la geografía del árido paisaje de Nuevo
México, la Tierra de Encanto. Habían creído que Lane estaría ya casada y sería madre de uno o dos críos. Pero no. Por alguna razón, ella estaba allí. En Juanita Fun, el
lugar donde la gente se levantaba a las dos de la madrugada con el único objetivo de ver cruzar una estrella fugaz.
Fuera como fuera, Lane McCrane había elegido aquel sitio para echar raíces. Era cuanto sabían de ella. Nada de novios ni amigos ni familia. Por lo mismo, no era
extraño que fuera algo huraña en sus relaciones personales. Los demás profesores la saludaban cada mañana mientras servían el café en sus tazas, pero evitaban cualquier
contacto. «La señorita Pepinillo», la llamaban a sus espaldas, aludiendo a su agrio carácter y en más de una ocasión, la misma Lane había escuchado aquel comentario
por los pasillos, aunque fingía que no le dolía.
Incluso por el pueblo la llamaban ya así y la señora Andrew creía que no era justo para ella. Una mujer tan joven y bonita… Merecía algo más que la compañía de
Patty Sims, otra profesora y quizá su mejor y única amiga, y de unos cuantos mocosos, por más que ella siempre dijera que su trabajo era lo más importante en su vida.
Lane era una joven agradable con sus pequeños alumnos, no cabía duda. Les escuchaba, se preocupaba por ellos y les dedicaba toda su atención. Siempre tenía una
palabra amable a pesar de que eran unos diablillos incansables. Y durante las clases, Lane se transformaba y dejaba de ser la mujer seria e inaccesible a cuyos
pensamientos nadie podía llegar.
Los chicos de su clase la adoraban en realidad. Pero con los adultos era otra historia. Es lo que pensaba todavía la directora de la Escuela Clarence cuando Lane se
sentó y la miró con expresión preocupada.
La señora Andrew sonrió para tranquilizarla. En los dos meses que Lane McCrane llevaba trabajando allí, nunca habían recibido una sola queja sobre su

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comportamiento con los niños. De hecho, muchos padres habían elogiado el trabajo que realizaba con ellos. Decían que sus hijos se mostraban más receptivos, creativos
y educados y lo achacaban al buen hacer de su maestra. Sin embargo…
Echó una breve ojeada a la nota enviada por Clyde Bransow. La había dejado sobre la mesa intencionadamente. Quería ver la reacción de Lane cuando la descubriera
porque, a pesar del aprecio que sentía por la nueva maestra, necesitaba estar segura de que no se equivocaba con ella. Hasta el momento, solo disponía de la versión de
Clyde, no muy fiable por cierto, dado su mal carácter y escasa paciencia.
Amelia Andrew conocía a Clyde desde que era un mocoso y sabía distinguir por el contenido de su nota cuándo estaba realmente enfadado. Mientras la leía le venía
a la mente una clara imagen del hombre: la mandíbula apretada, escupiéndole las palabras al papel, contrariado por el atrevimiento de la maestra, quien, por otro lado y
como él mismo seguramente habría deseado añadir, «no era uno de ellos».
Era el estilo de Clyde. Ruidoso como un toro en una cristalería, preparado para ponerse sus pinturas de guerra siempre que la batalla mereciera la pena. Por otro
lado, y aquí es donde empezaba a preocuparse, estaba complemente segura de que el temperamental Clyde estaba a punto de conocer a un adversario de su talla. Lo
peor de todo es que sospechaba que ninguno de los dos cedería un milímetro, por lo que su papel de mediadora se presentaba bastante difícil.
—Señorita McCrane, ¿sabe por qué la he hecho venir a mi despacho? —preguntó con tono amable; era importante romper la tensión en el ambiente.
Lane le devolvió la mirada, sin poder evitar que sus ojos volaran con cierto disimulo hasta la nota firmada con el apellido Bransow.
—Creo que sí, señora Andrew —contestó y su voz era firme—. Es por el chico Bransow, ¿no es así?
—En efecto. Parece que el pequeño Ben ha tenido problemas últimamente —observó, aguardando la reacción de la joven. Lane no dijo nada—. ¿No va a
contármelo, Lane?
—No es importante —mintió, pensando que era lo mejor para el chico.
Lane se mordió los labios con una mezcla de rabia y remordimientos. ¿Por qué había tenido que dirigirse a la señora Andrew precisamente? Clyde Bransow podía
haber contestado a alguna de las diez notas que le había enviado para citarle en la escuela. Sinceramente, habría querido solucionar aquello sin que las cosas fueran a
mayores, pero aquel incidente el día anterior… El terrible

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