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Summer love – Irene Ferb, Kate Danon, Victoria Vílchez

Summer love – Irene Ferb, Kate Danon, Victoria Vílchez

Libro Summer love – Irene Ferb, Kate Danon, Victoria Vílchez

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¡Welcome to Mallorca!
He agradecido un poco de entusiasmo, aunque proviniera de un cartel publicitario en el baño, pero tras un retenido vómito que no ha
podido esperar a aterrizar y ha salpicado a todos los pasajeros que me rodeaban, he decidido esconderme en el aseo de sus iracundas miradas.
Me recompongo. Atuso mi media melena con mechas californianas recién cortada, me lavo los dientes y recurro a mi crema «No
foundation» de Dr Perricone que me ilumina y gracias a su ligero toque de color se amolda a mi tono de piel sin parecer que voy maquillada. Un
poco de colorete «Miss Liberty» de Nars y perfecta (en la medida de lo posible). Por mucho que confíe en la cosmética, milagritos a Lourdes,
seamos realistas.
Mi maleta es la única que queda dando vueltas en la cinta transportadora (sobre todo de reclamaciones). A mi hermana le han perdido el
equipaje tantas veces que cada tres meses luce trolley nueva. A ella le encanta viajar pese a todo. Susana es tan distinta a mí…
¡Allá voy!
«Probablemente Alejandro pase a buscarte o enviará a alguien.»
Pues aquí no queda nadie. Quizás me he excedido en la recomposición (no era para menos) y se ha marchado. Rebuscaré en los
documentos que me ha adjuntado Patricia. Creo recordar que apuntaba el teléfono de mi nuevo jefe. Lo malo es que se hallan dentro de la
maleta y me va a tocar abrirla ¡qué remedio!
¡Aquí están! Los enterré tan a conciencia, como son top secret, que me ha costado revolver mi ropa.
—¿Paula Jiménez? —Escucho una voz varonil, pero a la vez joven.
—Sí, sí… soy yo. —Levanto mi cabeza y mi mirada con ella.
¿Qué me encuentro?
¿Cómo explicarte?
A un tipo un poco más mayor que yo vestido de aquí te pillo aquí te calzo. Camiseta roída de «Los Ramones», pantalón militar con más
experiencias que cualquiera de Rambo y zapatillas que juraría, pero no quiero ni mirar, que son las antiguas Jhayber. Entiendo que debe de ser el
chofer.

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Me levanto enérgica y extiendo mi mano para saludarle protocolariamente sin percatarme de que de tanta energía he arrastrado un
tanguita a su mano y ahora pende entre ambos como uno más. Cosas que le pasan a cualquiera. Punto.
—¡Uysss, perdón! —me disculpo.
—Del todo perdonada. —Mordaz intenso—. Encantado, Paula Jiménez, soy Alejandro Fortuna.
¡Es Alejandro Fortuna! ¡Es él!
—¡Ahhh! —se me escapa el desconcierto—. Encantada.
Nos miramos. He de reconocer que de cara no está nada mal. Unos inmensos ojos castaños iluminan su rostro. Poseen chispa. Eso se tiene
o no se tiene, probablemente sus espesas pestañas ayuden. ¿Qué más? Mandíbula ancha, con carácter propio, cubierta de una barba que ni de
tres días, ni Hipster. Me gusta. Claro que su boca… bonita boca, sí señor. Labios gruesos y sonrosaditos. Dientes limpios, sanos y blancos. ¿Y el
pelo? Pues a lo «no quiero, pero puedo»; es decir, melena con posibilidades, pero le hace falta un buen corte profesional.
—¿Es para mí? —Señala al intrépido tanga.
—Si lo quieres, tuyo es. Siempre y cuando le des uso. —Me ha salido seguidito, sin pensar, en respuesta a su sarcasmo.
Me sonríe. Me mira. Me sonríe.
Le sonrío. Le miro. Le sonrío.
—Venga, vamos para casa. —Deshace el saludo—. No me siento cómodo en sitios con tanta gente.
—¿Ah, no? —¿Agorafóbico?
—No, soy un poco rarito. Ya me irás conociendo. Vamos, sígueme. Yo llevo tu maleta.
—No, gracias, no hace falta. —Por nada del mundo quiero que se dé cuenta de lo que pesa. Pensará que traigo hasta jamones.
Me ignora y tira de mi trolley y ¡ojo al dato! sin un mísero mohín. Debe de estar fuerte, ya te digo yo. Mientras le sigo, admirando sus
poderosos bíceps y llegamos a un Q5 negro de ensueño para una mitad-mileurista, creo acertar en varios diagnósticos:
Agorafóbico. Hortera. Depravado (finalmente se guardó el tanga en el bolsillo).
Capítulo 3
El viaje en el coche, entretenido gracias a un fantástico surtido de música clásica que destensaba el ambiente. Tenso por la timidez, por el
pequeño espacio que compartíamos (y eso que era un Q5).
Me ha preguntado por mi experiencia y le he mentido tal cual me aleccionó Patricia, y también por mi edad. No, la edad le he dicho la mía,
no tengo por qué fingir. Cuantos menos embustes, menos posibles descuidos.
Yo veinticuatro, él veintisiete. Ambos parecemos mayores.
Después al confesarle que era la primera vez que visitaba Mallorca, se ha convertido en un detallado guía. Me ha ido explicando que
pasábamos por Palma y que nos dirigíamos al oeste de la isla, a Calvià, en concreto a un pueblo pequeñito, pero muy tranquilo Capdellà, ubicado
en el monte Puig de sa Grua con unas excepcionales vistas al mar y muy cerca de Andratx.
Y poco más. Me he dormido. No es serio, ya, pero que me he dormido. Punto. Entre la música, las explicaciones, el sillón mullidito del Audi
y añadiéndole que no había pegado ojo esta noche de puros nervios y lo mal que lo he pasado en el vuelo, no debería parecer una idiota, que es
justo lo que parezco ahora cuando me he despertado aparcada en la entrada de una casa. ¡Qué vergüenza!
Cuando digo casa es en términos generales. Casa, la de mis padres. Esto podría catalogarlo de mansión. Rodeada de palmeras, verde por
doquier, (cortadito, con arbustos preciosos). A mi derecha una montaña y caminos privados que conducen a ella y frente a mí, una morada de dos
plantas, estilo mediterráneo con varios ventanales y terrazas en la fachada.
¿Cómo llega la gente a acumular tanto dinero? Igual no todo el mundo roba, piratea, o tiene cuentas en Suiza, ¿no? Quizás haya gente
muy lista.
¿Cómo ha llegado este tipo a ser tan rico si no sabe ni vestirse y es un maleducado que me ha dejado tronchada en su coche sin invitarme
a entrar en su hogar?
La puerta se abre y se aparece un Husky siberiano espectacular. Adoro a los animales. Tras él se asoman unas Adidas de última temporada,
unos vaqueros claros ajustados a unas piernas fibrosas, una camiseta blanca de cuello pico en un tórax agradecido y todo este conjunto
encabezado por un rostro familiar donde se apoya un peinado con sentido.
¿Alejandro? ¿Su hermano?
Quien sea me indica con una mano que no salga del coche. Se acerca. Creo tener la boca exageradamente abierta, al igual que los ojos.
Viene hacia mí y tira de la puerta.
—Mira, Chester, esta es Paula. ¿Bien? —Es él. Creo que me pregunta si me gustan los perros, pero es que estoy tan anonadada por esta
transformación que no se me ocurre nada más que una sonrisa (con mucha probabilidad boba).
—Te he traído un zumo de mango… ¿o preferías un café? —Me guiña un ojo con sorna.
Desalojo el Audi y saludo al Husky, que es un amor, y después levanto mi cabeza y le acepto el zumo.
—Muchas gracias. Perdona que me haya dormido, Alejandro, estaba muy cansada, no he pegado ojo porque me da miedo volar. —Se me
atropellan las excusas.
—Todo el mundo me llama Álex —me interrumpe.
—¡Ah, vale! Pues perdona, Álex.
—No hay nada que perdonar. —Sonríe—. En todo caso perdóname tú a mí que te he dejado sola, pero quería ponerme cómodo y estabas
tan quietecita…
¿Ponerse cómodo? ¿Me estaré volviendo loca? ¿Lo otro será la moda en Mallorca? ¿Me explica alguien cómo este chico ha pasado de ser un
quinqui a un maniquí de Dior? ¿Tendrá un trastorno textil?
—¡Uhmmm, qué rico! —Me refiero al zumo. Le he pegado un trago y el mango más mango de los mangos se ha hecho dueño de mi
paladar.
—¿Verdad? ¿Te apetece familiarizarte con la casa y luego te muestro dónde vas a dormir o prefieres descansar?
—No, no, perfecto. Enséñame la casa.
—Espero que te guste más que Mallorca —dice con un bufidito gracioso

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