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Te dejé ir – Clare Mackintosh

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El detective inspector Ray Stevens estaba apoyado junto a la ventana observando su silla de oficina, uno de cuyos brazos llevaba roto al menos un año. Hasta entonces
había optado, sencillamente, por la solución más pragmática y no había utilizado el reposabrazos izquierdo, pero mientras estaba fuera almorzando alguien había
garabateado las palabras «inspector defectivo» con un rotulador negro en el respaldo del asiento. Ray se preguntó si el reciente entusiasmo por auditar el material por
parte del Departamento de Apoyo a los Servicios Policiales también se extendía a la sustitución del mobiliario o si, por el contrario, estaba condenado a dirigir el
Departamento de Investigación Criminal de Bristol desde una silla que arrojaba serias dudas sobre su credibilidad.
Tras inclinarse hacia delante para buscar un rotulador en su caótico primer cajón, Ray se agachó detrás de la silla y modificó la etiqueta para que se volviese a leer
«inspector detective». De pronto, vio que alguien abría la puerta de su despacho y se incorporó apresuradamente antes de volver a colocar la capucha al rotulador.
—Ah, Kate, estaba… —Se calló, pues reconoció la expresión de su rostro antes incluso de ver el papel impreso de la Dirección General—. ¿Qué tienes?
—Atropello con conductor a la fuga en Fishponds, jefe. La víctima es un niño de cinco años.
Ray extendió la mano para que le diera el papel y lo examinó, mientras Kate permanecía con aire incómodo en la entrada. Acababa de empezar su turno, solo llevaba
en el CID un par de meses y todavía estaba familiarizándose con el funcionamiento del departamento. Pero era buena, mejor de lo que ella misma sospechaba.
—¿No sabemos nada de la matrícula?
—No, no hay nada. La patrulla tiene acordonada la zona y el responsable está tomando declaración a la madre del niño en estos momentos. Está en estado de shock,
como se puede imaginar.
—¿Te va bien quedarte a trabajar hasta tarde? —preguntó Ray, pero Kate ya estaba asintiendo antes incluso de que hubiese terminado de formular la pregunta. Se
intercambiaron una sonrisa cómplice y al mismo tiempo culpable, pues ambos reconocían la estimulante inyección de adrenalina que experimentaban siempre que
ocurría un suceso tan horrible—. Muy bien, pues vamos entonces.
Saludaron al nutrido grupo de fumadores que estaban a cubierto junto a la puerta de atrás.
—¿Qué hay, Stumpy? —dijo Ray—. Oye, me llevo a Kate al atropello con fuga de Fishponds. ¿Llamas a los de Información a ver si han averiguado algo?
—Vale.
El hombre mayor dio una última calada a su cigarrillo de liar. Llevaban tantos años llamando al sargento Jake Owen con aquel mote (Retaco), que siempre causaba
sorpresa oír su nombre completo en un tribunal. Hombre de pocas palabras, Stumpy llevaba muchas batallitas a sus espaldas, más de las que se decidía a compartir con
los demás, y era, sin lugar a dudas, el mejor sargento de Ray. Los dos hombres llevaban trabajando juntos varios años y, con una fuerza que contrastaba con su es casa

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estatura, resultaba muy útil y ventajoso tener a Stumpy como compañero.
Además de a Kate, el equipo de Stumpy incluía al formal Malcolm Johnson y al joven Dave Hillsdon, un agente entusiasta pero un tanto inconformista, cuyos
intentos decididos por asegurar una condena se acercaban demasiado a la frontera de la ilegalidad, para el gusto de Ray. Juntos formaban un buen equipo, y Kate
aprendía rápido de ellos. La joven exhibía una inmensa pasión por el oficio que hacía que Ray sintiera nostalgia de los viejos tiempos, cuando era un joven oficial de
policía con ganas de comerse el mundo, antes del desgaste producido por diecisiete años de burocracia.
Kate iba al volante del Corsa camuflado entre el creciente tráfico de hora punta en dirección a Fishponds. Era una conductora impaciente, que chasqueaba la lengua cada
vez que un semáforo en rojo los retenía y estiraba el cuello para asomarse a ver qué había más allá de una retención. No dejaba de moverse ni un solo instante:
tamborileando con los dedos sobre el volante, arrugando la nariz y removiéndose en el asiento. Cuando el tráfico empezó a avanzar de nuevo, inclinó el cuerpo hacia
delante como si aquel movimiento pudiera propulsarlos y hacer que se moviesen más deprisa.
—¿Echas de menos el uniforme azul y patrullar en pareja? —dijo Ray.
Kate sonrió.
—Un poco, tal vez.
El lápiz de ojos le emborronaba los párpados pero, por lo demás, no llevaba una gota de maquillaje en la cara. Unos rizos de color castaño oscuro le caían por delante,
pese al clip de carey que, supuestamente, debía sujetarlos en su sitio.
Ray sacó su móvil para hacer las llamadas pertinentes y confirmó que la Unidad de Investigación de Accidentes de Tráfico iba ya de camino, que el comisario de
guardia había sido informado y que alguien había llamado a la furgoneta de Operaciones, un vehículo pesado cargado hasta los topes de lonas para los dispositivos de
protección, luces de emergencia y bebidas calientes. Todo eso ya estaba hecho. En calidad de inspector de guardia él era el responsable último, aunque, a decir verdad,
siempre lo había sido, pensó. Normalmente siempre había malas caras entre la patrulla de calle cuando aparecían los del CID y empezaban a comprobar lo que ya estaba
hecho, pero así eran las cosas, no había otra. Todos habían pasado por eso; incluso Ray, que estuvo el menor tiempo posible de uniforme antes de ascender y cambiar
de departamento.
Habló con la sala de operaciones para hacerles saber que estaban a cinco minutos del lugar del suceso, pero no llamó a su casa. Ray había adoptado la costumbre de
llamar a Mags solo en las raras ocasiones en que iba a volver a casa a la hora prevista, una solución que se le antojaba

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