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Historias de mi contraluz – Sara Ventas

Historias de mi contraluz – Sara Ventas

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Libro Historias de mi contraluz – Sara Ventas

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apagará nada». Pero ella nunca había visto uno y lo cierto era que le intrigaban los rumores que corrían por el colegio. Aquella noche le costó
conciliar el sueño. Durante la tarde, impulsados por los temores de ella, no habían parado de darle vueltas a todas las cosas que aún les
quedaban por hacer y a cómo disfrutarían sus últimos momentos:
—¿Cuánto tardaría la tierra en congelarse? —le preguntó ella.
—No lo sé… tal vez días, supongo.
—¿Por qué no trazamos un plan?
—¿Qué tipo de plan?
—¿Que te gustaría hacer en estas últimas veinticuatro horas de sol?
—Yo es que no creo que vayan a serlo.
—Pero imagina que lo son.
—Pues… no sé… atiborrarme de dulces hasta vomitar, ver pelis que no me dejan por la edad, coger la moto de mi hermano… ¿y tú?
—No iría a clase mañana, le quitaría la tarjeta a mi madre, sacaría todo el dinero que pudiera y compraría un billete de avión para volar
a una playa de ensueño… Allí aprovecharía hasta el último rayo de sol.
—Tu plan no es muy realista… Eres menor de edad, te pillarían nada más entrar en el aeropuerto, menudo desperdicio de plan es ese.
—Bueno… en ese caso aún estaría a tiempo de ir a tu casa y atiborrarme de tus chucherías hasta vomitar.
—Imposible, pasarías el resto de tu vida castigada por el hurto y tu intento de huida. Suerte que sería el castigo más corto de tu vida
gracias al apagón.
Aquella mañana se despertó con un plan: no robaría la tarjeta a sus padres, pero se encargaría de que ese día fuera el más especial de
toda su vida. Cogió su abrigo y su mochila, y se despidió de sus padres de una forma más efusiva de lo habitual en ella. Al salir por la puerta
echó un vistazo a su casa, convencida de que esa sería la última vez que la vería en el esplendor de aquella luz. Paró en la de su amigo, como
hacía siempre para ir al colegio, y en el camino le contó su plan. Este le puso una excusa tras otra: el examen de ecuaciones, ese fin de
semana celebraba su cumpleaños y ya se había salvado del castigo por la pelea en el partido de la semana anterior; no quería tentar a la suerte.
Además el profesor iba a llevar unas gafas especiales para que pudieran observar el eclipse. Ella se despidió de él sin escuchar sus intentos de
persuasión para abandonar el plan, y cambió de dirección.
Aterrizó en el parque donde solían quedar. En aquel momento se encontraba solitario y una fuerza irresistible la empujó a balancearse
en uno de los columpios.

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Hacía mucho tiempo que no se subía en ellos, sentía que ya había pasado su edad para usarlos. Iba camino de
cumplir trece años. Se impulsó con fuerza y, mostrando su rostro al sol con los ojos cerrados, se dejó bañar por él, deleitándose en la
cadencia del movimiento, en el suave murmullo de los engranajes y en el frescor de aquella brisa de primavera. Se sentía regocijada en su
plan, imaginaba a su amigo en la aburrida clase de lengua que tocaba a primera hora, donde no estaba ella para pasarle una nota divertida sobre
algo que se le acabara de ocurrir, y que él contestaría de la misma forma, disimulando la risa para que no les pillaran.
Salió de aquel parque y decidió dar una vuelta, alejándose del barrio lo suficiente para que ningún vecino la reconociera. No había
pasado una hora de su magnífico plan del fin del mundo y ya se aburría como una ostra. Encima se sentía con el alma en un hilo pensando
que todo el mundo la miraba de forma extraña. Decidió volver al parque para hacer tiempo, era el sitio más seguro ya que a esas horas
continuaba desierto. Se sentó en un banco y trasladó su mente al colegio; imaginó lo que su amigo y el resto de sus compañeros estarían
haciendo en ese momento, a punto de salir al recreo y tomar su almuerzo. Sacó el suyo y lo desenvolvió, comer también era una buena forma
de distraerse, aunque no tenía mucho apetito. Se entretuvo echando miguitas a unos pájaros que habían acudido cantarines a su alrededor.
Las horas parecían no querer agotarse, como si temieran ese final que se acercaba. Aún faltaban dos horas para el eclipse. Se
preguntaba cómo reaccionarían sus padres cuando se enterasen de su fechoría. Pensó que estarían demasiado ocupados con el suceso del
apagón como para preocuparse por aquella nimiedad de haber faltado a clase. Se recostó sobre el banco donde se había sentado, quizás una
pequeña siesta precipitaría el transcurso del tiempo.
Al abrir los ojos todo era oscuridad. Le costó situarse cuando se incorporó. Aquello no era el parque, estaba en su habitación, ¿cómo

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habría llegado hasta allí? —se preguntó— ¿Estaría castigada? Subió la persiana y en la calle también la recibió la oscuridad. Oyó un ruido en la
cocina y caminó por el pasillo con sigilo, aún no estaba preparada para

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