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Inconexión (Desconexión 3) – Neal Shusterman

Inconexión (Desconexión 3) – Neal Shusterman

Descripción

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Inconexión (Desconexión 3) – Neal Shusterman

  TODO CAMBIA con aquella muerte en la carretera: un acto tan fortuito y tan tonto que la mente se queda atónita, pensando en todas las consecuencias. Connor debería
haber aparcado para dormir, especialmente en una noche de viento como aquella. Ciertamente, sus reflejos al volante serían mucho mejores por la mañana. Pero la
ardiente necesidad de presentarse en Ohio con Lev le obliga a esforzarse cada día un poco más.
«Solo hasta la próxima salida de la autovía», se dice. Aunque tenía pensado parar en cuanto pasaran Kansas, ya ha transcurrido media hora de eso. Lev, al que se le da
bien infundir un poco de sensatez en Connor, no resulta de ninguna ayuda esa noche, pues está tendido en el asiento del acompañante, dormido como un tronco.
Son las doce y media de la noche cuando la desafortunada criatura aparece ante los faros del coche, y a Connor solo le da tiempo de vislumbrarla un instante mientras
gira el volante a toda prisa en un desesperado intento de evitar la colisión.
«No puede ser lo que me ha parecido que era…», piensa.
Aunque Connor gira completamente, aquella cosa estúpida vuelve a ponerse delante del coche, como si estuviera buscando la muerte.
El deportivo «prestado» atropella a la criatura, que pasa rodando por encima del capó como si fuera una piedra, rompiendo el cristal de seguridad del parabrisas en un
millón de trocitos diminutos. El cadáver se queda atascado en el marco del parabrisas. Tiene un retorcido limpiaparabrisas incrustado en el delgado cuello.
Connor pierde el control del volante, y el coche abandona el asfalto para escorarse de una manera brutal en la maleza.
Connor grita y suelta una maldición por mero reflejo, mientras la criatura, que aún se aferra a la vida, le lanza las garras al pecho, rasgándole la camiseta y la carne,
hasta que por fin Connor recupera la frialdad necesaria para pisar a fondo el pedal del freno. La abominable criatura se sale del parabrisas, propulsada hacia delante
como si acabara de ser disparada por un cañón. El coche se escora como un barco que se hunde, se para de repente al caer en la cuneta, y solo entonces se despliegan los
airbags, como un paracaídas defectuoso que se abre cuando el paracaidista ya está muerto en el suelo.
La tranquilidad que sigue se parece al silencio espacial desprovisto de aire, excepto en el gemido sin alma del viento.
Lev, que ha despertado en el mismo segundo en que chocaron contra la cosa, no dice nada, aunque abre la boca en busca de aire cuando le golpea el airbag. Connor ha
descubierto que Lev tiene más de comadreja que de gallina: el pánico lo paraliza.
Connor, que sigue intentando asimilar los diez segundos precedentes de su vida, se mira la herida que ha recibido en el pecho: bajo la rotura de la camiseta tiene un
corte en la piel de unos quince centímetros de largo. Lo extraño es que se siente aliviado: la herida no es mortal, y las heridas de la carne son algo que se puede tratar.
Como hubiera dicho Risa en la época en que dirigía la enfermería del cementerio de aviones: los puntos son el menor de los males. Aquella herida necesitaría una docena
de puntos más o menos. Pero el problema mayor será encontrar dónde pueda recibir atención médica un fugitivo ASP que se supone que está muerto.
Tanto él como Lev salen del coche y dejan la zanja para examinar al siniestrado. Las piernas le tiemblan a Connor de pura debilidad, pero no lo quiere admitir ante sí
mismo, así que decide que su temblor se debe tan solo a una descarga de adrenalina. Se mira el brazo (el brazo que tiene el tatuaje del tiburón) y abre y cierra la mano en
un puño, tratando de transmitir la fuerza brutal de aquel brazo robado al resto del cuerpo.
—¿Es un avestruz? —pregunta Lev cuando contemplan la enorme ave muerta.
—No —le suelta Connor—, es el repajolero Correcaminos.
Eso era lo primero que Connor había pensado, irracionalmente, al ver aparecer ante los faros del coche a aquel pájaro gigante. El avestruz, que un minuto antes
todavía había tenido la vida suficiente para desgarrar el pecho de Connor, está ya muerto. Su cuello roto está retorcido en un ángulo muy cerrado, y sus ojos vidriosos
los miran con intensidad de zombi.
—Nos ha atacado un ave… —dice Lev.
No parece ni siquiera desconcertado por el hecho. Más bien parece un frío observador, tal vez porque no iba conduciendo él, o tal vez porque ha visto cosas mucho
peores que un ave muerta en la carretera. Connor le envidia su sangre fría.
—¿Qué demonios hacía un avestruz en la autovía? —pregunta Connor. Su respuesta llega con el ruido que hace una valla ante una repentina ráfaga de viento. Los
faros de los coches que pasan iluminan la enorme rama de un roble arrancada por el viento. La rama era lo bastante pesada para aplastar una parte de la valla metálica. Al
otro lado de la valla pululan formas de largo cuello. Algunos avestruces ya han traspasado la brecha y se dirigen a la carretera. Había que esperar que tuvieran más suerte
que su compañera.
Connor había oído que últimamente había muchas granjas de avestruces debido a la subida del precio de otras carnes, pero nunca había visto ninguna.
Irreflexivamente, se pregunta si la muerte del ave sería o no un suicidio. ¿Había pensado el avestruz que era mejor morir en la carretera que asado en el horno?
—Sus ancestros eran los dinosaurios, ¿lo sabías? —comenta Lev.
Connor respira hondo, y solo entonces se da cuenta de lo superficialmente que ha estado respirando hasta ese momento, en parte por el dolor, en parte por la
impresión de lo sucedido. Le muestra a Lev la herida:
—Por lo que a mí respecta, estos bichos siguen siendo dinosaurios. Este ha intentado desconectarme.
Lev hace un gesto de dolor:
—¿Estás bien?
—Estaré bien. —Connor se quita el chubasquero y Lev le ayuda a apretárselo alrededor de la espalda y el pecho, a modo de torniquete casero.
Contemplan el coche, que no habría quedado más destrozado si se hubiera encontrado de frente un camión en vez de un ave no voladora.
—Bueno, tenías pensado dejar ese coche en un par de días, ¿no? —pregunta Lev.
—Sí, pero no de este modo.
La camarera que había sido tan amable de regalarles su coche les había dicho que aguardaría unos días antes de denunciar la desaparición. A Connor solo le queda
esperar que el seguro le pague lo bastante para darle a ella una alegría.
Por la autovía pasan algunos coches más. El de ellos se halla lo bastante apartado de la carretera para pasar desapercibido ante conductores que no van mirando
precisamente hacia allí. Pero hay gente cuyo trabajo consiste en mirar.
Pasa un coche que pierde velocidad cien metros más allá y da la vuelta cruzando la mediana de tierra. En el momento en que hace el giro, los faros de otro vehículo
iluminan el dibujo negro y amarillo de la carrocería: se trata de un coche de policía de carretera. Puede que el agente los haya visto, o puede que haya visto simplemente
los avestruces, pero en cualquier caso, las opciones de actuación de Lev y Connor se ven repentinamente reducidas:
—¡Corre! —grita Connor.
—¡Nos va a ver!
—No, mientras no enciendan los reflectores. ¡Corre!
El coche de la policía aparca a un lado de la carretera, y Lev no discute más. Se da la vuelta para echar a correr, pero Connor lo agarra del brazo:
—No: por aquí.
—¿Hacia los avestruces?
—¡Confía en mí!
El reflector se enciende, pero no los enfoca a ellos, sino a una de las aves que se acercan a la carretera. Connor y Lev llegan a la brecha de la valla. Las aves escapan de
ellos en todas direcciones, constituyendo más objetivos móviles para el reflector de la policía.
—¿A través de la valla? ¿Estás loco? —pregunta Lev en un susurro.
—Si corremos al lado de la valla, nos cogerán. Tenemos que desaparecer, y este es el único modo de hacerlo.
Al lado de Lev, Connor cruza la valla rota y, como ha hecho ya tantas veces en su vida, corre en la oscuridad, sin saber dónde pisa.
A CONTINUACIÓN INSERTAMOS UN ANUNCIO DE CARÁCTER POLÍTICO
El año pasado murió mi marido de treinta y cinco años a manos de un ladrón que entró por la ventana. Mi marido intentó enfrentarse a él y
recibió un disparo. Yo sé que nadie me va a devolver a mi marido, pero ahora se va a votar una proposición de ley por la que por fin los
criminales pagarán por lo que han hecho, ojo por ojo y diente por diente.
Legalizando la desconexión de delincuentes, no solo reduciremos la masificación de las cárceles, sino que dispondremos de tejidos para
trasplantes que podrán salvar vidas. Además, la Ley de Justicia Corporal asegurará que un porcentaje de todos los órganos procedentes de
criminales vayan directamente a las víctimas de crímenes violentos, y a sus familias.
Vota “Sí” a la Proposición número 73. Porque estando unidos dividiremos a los delincuentes.
Anuncio patrocinado
por la Alianza Nacional de Víctimas
a favor de la Justicia Corporal
No pueden quedarse en el rancho de los avestruces. Hay luces en el edificio de la granja. Muy probablemente, al dueño le han notificado el problema creado en la
autovía, y el lugar no tardará en estar plagado de trabajadores de la granja y de policías, intentando reunir a las aves.
A menos de un kilómetro de la granja, yendo por una pista de tierra, encuentran una caravana abandonada. Dentro de ella hay una cama con colchón, pero está tan
mohoso que prefieren pasar la noche en el suelo.
A pesar de todo, Connor solo tarda unos minutos en quedarse dormido.
Tiene vagos sueños en los que aparece Risa, a la que no ha visto en muchos meses y a la que tal vez no vuelva a ver nunca. También sueña con la batalla que se libró
en el cementerio de aviones, la operación que acabó con aquel santuario. En sus sueños, Connor intenta docenas de tácticas diferentes para salvar de la Autoridad
Juvenil a los cientos de muchachos que están a su cuidado. Pero nada funciona nunca. El resultado siempre es el mismo: los chavales son todos o asesinados o
introducidos en camiones de transporte que los llevarán a las cosechadoras. Hasta en los sueños de Connor todo resulta inútil.
Cuando despierta, ya es la mañana del día siguiente. Lev no está allí, y el pecho le duele a Connor cada vez que respira. Se afloja el torniquete. La herida ha dejado de
sangrar, pero sigue encarnada, muy fresca. Se lo vuelve a tapar de manera provisional, hasta que encuentre algo mejor para cubrir la herida que un chubasquero
empapado de sangre.
Encuentra a Lev fuera, investigando los alrededores. Y hay bastantes cosas que investigar, pues lo que de noche parecía una caravana solitaria resulta ser solo el
edificio principal de todo un caserío de chatarra. Alrededor de la caravana hay una colección de objetos grandes e inútiles: coches herrumbrosos, electrodomésticos, y
hasta un autobús escolar tan viejo que no conserva nada de su color original, y tampoco ninguna ventana intacta.
—Me pregunto cómo sería la persona que vivía aquí —dice Lev.
Aquella auténtica chatarrería inquieta a Connor precisamente porque para él tiene algo de familiar:
—Yo viví en el basurero de aviones más de un año —le recuerda a Lev—. ¡Todo el mundo tiene sus cosas!
—Cementerio, no basurero —le corrige Lev.
—¿Hay alguna diferencia…?
—El cementerio está hecho con un fin noble. El basurero es, bueno… basura.
Connor baja la vista y le da una patada a una lata oxidada.
—No hubo nada noble en nuestro final en el Cementerio.
—Déjalo —dice Lev—. Tu autocompasión se está volviendo rancia.
Pero no se trata de autocompasión, eso tendría que saberlo Lev. Se trata de todos los chicos que se perdieron allí. De los más de setecientos chicos que estaban al
cuidado de Connor, más de treinta murieron y aproximadamente cuatrocientos fueron enviados a las cosechadoras para ser desconectados. Tal vez nadie hubiera podido
impedirlo, pero el caso es que sucedió estando Connor al cargo. Y Connor tiene que vivir ahora sobrellevando el peso de una culpa tremenda.
Connor le dirige una larga mirada a Lev, quien, por el momento, parece conformarse con contemplar el Cadillac sin ruedas, sin capó, sin techo, y tan invadido por las
hierbas por dentro y por fuera que parece una jardinera.
—Tiene una cierta belleza, ¿no crees? —dice Lev—. Es como esos barcos hundidos que al final terminan por ser parte del arrecife de coral.

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—¿Cómo puedes estar tan asquerosamente contento? —le pregunta Connor.
En respuesta, Lev mueve bruscamente la cabeza con toda su rubia melena y una sonrisa intencionadamente alegre:
—Tal vez porque estamos vivos y somos libres —dice Lev—. O tal vez porque yo solito salvé tus posaderas de un pirata de partes.
Ahora Connor no puede evitar sonreírse él también:
—Déjalo: tu autocomplacencia se está volviendo rancia.
Connor no puede reprocharle su optimismo. Lo que Lev hizo en el Cementerio fue de matrícula de honor: se metió en medio de una batalla en la que no había salida y
no solo había conseguido salir, sino que lo había hecho llevándose consigo a Connor, al que salvó de Nelson, un antiguo policía de la brigada juvenil empeñado en vender
a Connor en el mercado negro.
—Después de lo que hiciste —le dice Connor a Lev—, Nelson querrá poner tu cabeza en lo alto de la torre.
—Mi cabeza y otras partes también, de eso estoy seguro. Pero primero tendrá que capturarme.
Solo en ese momento a Connor empieza a contagiársele el optimismo de Lev. Sí, la situación era nefasta, pero siendo nefasta, no era tan mala como podría ser. Estar
vivo y libre tiene su importancia, y el hecho de que tengan una meta, un sitio al que ir en el cual podrían encontrar la respuesta a algunas preguntas cruciales, añade
mucha más esperanza a la mezcla.
Connor mueve el hombro, y ese movimiento hace que le duela la herida, y ese dolor le recuerda que alguien tendría que curársela antes o después. Lo que menos falta
les hacía era aquella complicación. Ninguna clínica ni sala de urgencias le curará la herida sin hacer preguntas. Si él consigue mantener la herida limpia y vendada hasta
que lleguen a Ohio, sabe que Sonia le prestará los cuidados necesarios.
Bueno, si es que sigue en la tienda de antigüedades.
Y si sigue viva.
—La última indicación que vi en la carretera, antes de que chocáramos con el avestruz, indicaba que había un pueblo muy cerca —le dice Connor a Lev—. Voy a ver
si pillo un coche, y enseguida vuelvo contigo.
—No —dice Lev—. Me he recorrido todo el país para encontrarte, y ahora no pienso perderte de vista.
—¡Eres peor que los de la brigada juvenil!
—Cuatro ojos ven mejor que dos —dice Lev.

Inconexión (Desconexión 3) – Neal Shusterman

—Pero si nos atraparan a uno de nosotros, el otro todavía podría tratar de llegar a Ohio. Sin embargo, si vamos juntos, nos arriesgamos a que nos capturen a los dos.
Lev abre la boca para decir algo y la vuelve a cerrar.

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