---------------

Juegos secretos – Velvet Black

Juegos secretos – Velvet Black

Juegos secretos – Velvet Black

Descargar libro Gratis    En PDF
Esta serie de historias está dedicada
especialmente a los amantes de la
erótica, un género que, a mi modo de
ver, permite despertar los sentidos,
hacer volar la imaginación y mantener
encendida la llama del amor.
Velvet Black.
E
n la calle fría y atestada de gente,
camino por la acera con un ritmo
controlado aunque apremiante. Un
hombre grande como yo solamente
consigue a duras penas no chocar su
hombro con ninguno de los ajetreados
viandantes que cruzan por ambos lados y
en ambas direcciones.
Jadeo, soltando vaho y entrecerrando
los ojos con cada golpe que me atiza el
viento en la cara. Cubro mi nariz con la
bufanda para protegerla de este
inclemente tiempo, captando un atisbo
del aroma fuerte a cuero que desprenden
mis guantes negros.
Al igual que yo hace unos minutos, la
gente sale en tropel de los edificios de
oficinas que flanquean esta gran
avenida, apresurándose por meterse en
sus coches y llegar a casa después de
una larga jornada de trabajo. Sin
embargo, yo no veo nada más que
personas sin rostro, carentes de
importancia, porque mi única
preocupación es llegar cuanto antes
hasta mi cita.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

Seguro que debe de estar ya
esperándome.
Levanto el reloj para poder ver la
hora; las nueve en punto, voy un poco
justo de tiempo. Pero no puedo dejarme
llevar por estas ansias de reunirme con
ella, me tienen hecho un manojo de
nervios.
En cuanto entro por la puerta giratoria
del hotel, limpio cuidadosamente mis
relucientes zapatos suizos en el felpudo
de la entrada, dirigiéndome con paso
firme al mostrador mientras aspiro con
fuerza el agradable calor del ambiente.
Casi se me había congelado la nariz,
incluso tapada con la lana de mi bufanda
azul marino. Se ha convertido en mi
favorita entre toda mi colección, que no
es pequeña que digamos.
El recepcionista, impecablemente
vestido con su uniforme negro, rojo y
blanco, me enseña su sonrisa más
cordial desde el otro lado del
mostrador.
—Bienvenido al Elegent, señor.
—Buenas noches —le saludo,
pellizcando el cuero de las puntas de
mis guantes y sacando uno a uno los
dedos—. Una de las huéspedes debe de
haber dejado una llave para mí.
Él inclina la cabeza en señal de
reconocimiento, reduciendo su sonrisa
un poco, con complicidad. —Por
supuesto, señor.
Mientras guardo los guantes en el
bolsillo interior de la chaqueta, le
observo dirigirse a las pequeñas
taquillas rectangulares que están
encastadas en la pared que tiene a su
espalda y meter la mano en una de ellas,
sacando una tarjeta llave para mí. El
pulso se me dispara de impaciencia
cuando extiendo la mano para recibirla.
—Quinta planta, habitación 502.
Como agradecimiento por saltarse el
protocolo y no preguntarme mi identidad
para registrarme como es debido,
intercambio la tarjeta llave por un par
de billetes en su mano antes de dirigirme
al ascensor.
En este tipo de reuniones no existen
los nombres, es una de las reglas del
juego.
Entro en la cabina y pulso el botón
retroiluminado de la quinta planta,
tomando una profunda aspiración. La
anticipación se me está haciendo casi
insoportable. En cuanto las puertas se
cierran delante de mí, concediéndome la
privacidad que necesito, me llevo el
dedo anular a la boca para humedecer la
alianza. La sostengo entre los dientes y
la deslizo poco a poco hacia afuera
hasta sacarla. Es un objeto tan pequeño
y ligero en la palma de mi mano, y sin
embargo, en mi dedo está cargada de un
profundo peso y significado. Meto la
mano en el bolsillo de mi pantalón y
saco mi cartera, abriendo uno de los
compartimentos para guardarlo allí.
Estoy dispuesto a olvidarme por
completo, durante estas escasas horas,
de todo lo que soy cuando estoy fuera
del juego.
Al fin, las puertas se abren,
mostrándome el pasillo tenuemente
iluminado. Cruzo un descuidado saludo
con una mujer que entra en el ascensor y
camino sobre la moqueta, mirando
fugazmente mi propio reflejo en la
espejada pared. Sin detenerme, deslizo
las manos por mi pelo despeinado por el
viento y lo acomodo nuevamente con los
dedos.
Si quiero seducirla tengo que mostrar
una imagen impecable.
La excitación aumenta más y más con
cada paso que doy, con cada metro que
mengua entre mi meta y yo, hasta que me
detengo delante de la habitación 502.
Para entonces mi pulso ya se ha
disparado, mi corazón late sin control en
la jaula de mis costillas y toda la sangre
se ha dirigido hacia mi región inferior
para ponerme la polla tan enorme y dura
que me late entre las piernas,
pidiéndome que empiece la acción. Y
yo, en un último intento de serenarme,
tomo aire y lleno mis pulmones,
soltándolo muy lentamente al mismo
tiempo que utilizo la tarjeta llave en la
ranura.
Con un pitido y un “clac” la puerta se
entreabre. Dentro reina la penumbra.
Lo primero que me golpea es ese olor
delicioso. Huele como a chocolate y
champán, un aroma que casi logra
encubrir el sutil perfume de rosas que
me va llegando poco a poco hasta la
nariz de forma casi imperceptible, pero
que impacta en mí con la contundencia
de un puñetazo. Tengo que contenerme
para no gemir.
Me adelanto y cierro la puerta a mis
espaldas, intentando acostumbrar mis
ojos a tan poca luz.
Y es entonces cuando la veo.
Ella está parada de pie junto a los
grandes ventanales que dan vistas a las
luces nocturnas de la ciudad. Esa escasa
luminiscencia que se filtra a través de
los cristales acaricia a la perfección su
perfil, trazando cada curva y cada línea
de su silueta. Abraza sus rebosantes
tetas, respingonas y atrevidas, perfectas
para que las estruje con mis manos hasta
hacerla gritar; su culo, que está apoyado
en el borde del respaldo del sofá y que
me muero por azotar con fuerza mientras
me la follo, y esas largas piernas, que
están avanzadas y ligeramente cruzadas
de forma muy sugerente, aguardando a
que las separe y me envuelva la cabeza
con ellas para descubrir ese jugoso coño
que esconden debajo.
Ella me ha estado esperando con una
copa en la mano, disfrutando del
champán para empezar a calentarse. No
creo que lo necesite, pienso calentarla
muy bien yo mismo.
Me empapo de la magnífica visión
que me ofrece y trago la saliva que se
me ha acumulado en la boca al pensar en
su sexo como algo comestible, algo que
tengo toda la intención de devorar un
poco más tarde. Pero por ahora me doy
la vuelta y camino sacándome la
gabardina negra de los hombros con
desenvoltura, dejándola colgar en uno
de los brazos de la percha de pie, junto
a su abrigo de paño y su pequeño y
coqueto bolsito.
Aún distraído por mi propio
desenfreno, marcado en forma de
martilleo en mis sienes y de un furioso
latido en la dureza que se esconde detrás
de mi bragueta, me acerco a ella con
paso contenido. Todavía no debo
permitirle averiguar lo mucho que me
afecta, lo excitado que estoy ya. Mejor
que lo vaya descubriendo por sí misma a
lo largo de la velada.
No digo nada, sé que me ha oído
entrar. Y por supuesto, no son
necesarias las presentaciones.
Ladea su delicioso cuerpo y vuelve la
cabeza para mirarme al fin. Yo
mantengo la compostura mientras me da
un repaso, empezando por el pelo y
bajando por todo mi cuerpo hasta
detenerse en mi pelvis, donde late el
inmenso bulto en mi pantalón. Un
pequeño suspiro de aprobación emerge
de su pecho antes de que continúe
apreciando el resto de mí, bajando por
mis piernas hasta los relucientes
zapatos.
Su mirada caliente y la forma en que
atrapa con los dientes su labio inferior
me hace sentir que ha valido la pena
cuidar hasta el más mínimo detalle de mi
aspecto.
—Has venido —me susurra.
Su voz suave y femenina me resulta
tan excitante como el resto de su cuerpo.
Tengo ganas de oírla gritar mi nombre
entrecortado y jadeante cuando se muera
por correrse.
—Sí. He venido —respondo mientras
me detengo frente a ella y la miro a los
ojos, esos hermosos ojos que parecen
descifrar cada uno de mis más oscuros
deseos, cada una de mis fantasías.
Como por ejemplo ese carmín rojo
con el que se ha maquillado los labios y
que hace que me pregunte cómo luciría
manchado en mi piel, en mi cuello,
sobre mi pecho, en los músculos de mi
vientre y más abajo, mucho más abajo,
cuando me abarque la polla con su boca.
—¿Cuánto hace desde la última vez,
un año? —pregunto con la garganta
repentinamente seca.
La idea de pedirle que me haga una
mamada con ese pintalabios puesto hace
explotar mi mente, desbordando mi
imaginación con miles de imágenes
obscenas y absolutamente lascivas.
Imágenes de esa boca abierta y mojada,
de la lengua rosada emergiendo para
repasar todo el camino de mi eje hasta
el glande, que enfurecen mi pulso.
—Por largo que haya sido, no he
olvidado lo que sucedió. Lo tengo muy
presente —asegura ella, alcanzando otra
copa de la mesa baja que tiene delante y
sacando del cubo con hielo la mojada y
humeante botella para derramar el
dorado espumoso. Me ofrece la copa
mientras susurra: —Creo que no podré
olvidarlo nunca, por eso he querido
repetir. Esta vez quiero más de lo que
me diste. Mucho más.
Yo estiro la mano, sujetando sus
dedos junto con la copa, y me los llevo
lentamente a la boca. Saco la lengua
para lamer con deliberada lentitud el
fresco champán que se ha derramado
sobre sus finos nudillos, sonriendo
levemente cuando la veo entornar los
ojos y entreabrir los labios.
—Te aseguro que cada día de este
largo año he estado pensando en lo que
hicimos, y créeme, estoy más que
dispuesto a complacerte —le susurro,
dejándole saber con la lengua entre sus
dedos cómo será cuando se lo haga de
verdad, cuando la meta en su cálido
coño mientras la trabajo todo el camino
hacia el orgasmo.
No tenemos por qué refrenarnos o ir
con contemplaciones; somos dos adultos
plenamente conscientes de lo que hemos
venido a hacer, de lo que va a suceder
en esta clandestina habitación de hotel.
Y lo que ocurra aquí será nuestro más
sucio secreto al acabar el juego.
—Ven conmigo, he preparado un baño
—me dice ella, dejando entrever sus
dientes del más puro blanco, en
contraste con el rojo carmín.
Entrelaza los dedos con los míos y
tira de mí para que la siga, balanceando
su ondulada melena castaña al andar.
No puedo evitar dejar vagar los ojos
a través de su increíble cuerpo más de
lo que puedo evitar agarrarme la polla
ahora que no me ve para acariciármela
un poco. Ese vestido negro y
aterciopelado que lleva es tan ceñido
que incluso marca la separación entre
sus voluptuosas nalgas, dándome un
motivo para ponerme todavía más
caliente. Pero mi mirada va a sus
hombros, que están completamente al
descubierto. Por algún motivo esa zona
es mi debilidad, la encuentro la más
sexy que puede existir en el cuerpo de
una mujer.
Estoy impacientándome; necesito
sentir su sabor, tenerla para mí y follarla
hasta saciarme de ella, si es que eso es
posible. No creo que me cansara nunca
de hacerle el amor a esta mujer.
Como una muchacha traviesa, entra en
el espacioso cuarto de baño entre risas,
balanceándose y bailando para mí
mientras mira hacia atrás
seductoramente por encima del hombro,
tal vez embriagada ya por el poder del
champán. Sin querer, respondo con una
sonrisa.
Me detengo cuando ella lo hace, se
queda de espaldas y se retira el pelo a
un lado, dejándome ver la cremallera
casi invisible que recorre toda la parte
trasera del vestido. Dejo ir una
exhalación, más que cachondo al pensar
en lo que me espera, pero aprovecho
que no mira para sacar del bolsillo la
cajita de terciopelo. La abro y tomo con
cuidado la cadena, elevándola por
encima de su cabeza para dejarla caer
suavemente en su largo y esbelto cuello.
Ella jadea, llevándose la mano al
pecho para acariciar el pequeño sol con
el diamante en el centro.
—¿Y esto? ¿Es para mí? —pregunta,
toda emoción, aunque claramente intente
disimularlo.
—Sí. Para recordarte que tu imagen
ha iluminado cada día de este
tormentoso año —respondo mientras lo
abrocho con delicadeza.
—Pero…
—Lo sé, lo sé. Las reglas del juego.
No te preocupes, no espero nada por tu
parte.
Ella baja la vista hacia el colgante y
aprovecho para tocarle por fin los
hombros, acariciando la piel desnuda y
suave con las yemas de los dedos y
sintiendo la respuesta eléctrica
azotándome la entrepierna. Conteniendo
un gruñido, pellizco la cremallera y
empiezo a bajarla muy despacio a través
del valle entre sus omoplatos, después a
lo largo de la curva de su espalda, del
montículo de su culo…
—Sin embargo, quiero algo a cambio
—murmuro roncamente junto a su oreja,
con la voz densa por lo excitado que
estoy.
Muevo la pelvis, coloco la erección
entre sus nalgas y le doy un pequeño
empujón hacia arriba, dejando que
sienta el calor de mi polla a escasos
centímetros de ese dulce agujero que
pienso joder sí o sí esta noche.
—Ya lo veo —susurra.
Ladeando la cabeza, me lanza una
mirada pesada y caliente por debajo de
las curvadas pestañas, sonriendo y
paseando su trémula lengua sobre los
labios antes de agregar:
—Y lo tendrás. Será algo que no
olvidarás jamás.
Esas prometedoras palabras me dan
otro tirón en la ingle que sacude todo mi
cuerpo masivamente.
Sé que no bromea. Esta mujer es
capaz de dejarme temblando en el
éxtasis más puro, con el aire atascado en
los pulmones, la cabeza atrás y rodando
los ojos hasta dejarlos en blanco
mientras no puedo dejar de correrme.
Ya lo ha conseguido antes, habla la
voz de la experiencia.
Los pantalones me aprietan, y aún más
cuando ella se da la vuelta y se lleva las
manos a los hombros, tomando los
extremos del vestido y deslizándolos a
través de sus brazos.
La tela cae y revela la ropa interior de
encaje negro más sugerente y caliente
que mis ojos hayan visto.
No me privo de entreabrir los labios y
soltar una especie de jadeo a medio
camino entre un gemido y un gruñido de
placer. Uno habría de estar ciego o
impotente para no encenderse en llamas
al verla vestida solamente con eso: el
bonito colgante, el sujetador casi
transparente que insinúa esos
desvergonzados pezones apretados, el
minúsculo triángulo que apenas cubre su
sexo y los tacones altos.
Harto ya de esperar, le arrebato la
copa de las manos y la dejo en el suelo,
metiéndole los dedos en el sedoso pelo
para sujetarla por la nuca mientras me
acerco. Me inclino hasta su boca y
aprieto los labios contra los suyos con
brusquedad, sobrepasado y ansioso.
Mi cuerpo me pide perder el control,
follarla como un desquiciado hasta que
me caiga muerto.
Ella deja que la invada con mi lengua,
gimiendo dócilmente contra mis labios y
rindiéndose a mi asalto. Me los muerde
y me lame la lengua suavemente. Pero
mientras tanto, sus pequeñas y perversas
manos vuelan hasta mi corbata, la
desanuda con maestría y la desliza
lentamente por mi hombro hasta el suelo
mientras consume mi lengua con una
voracidad desesperada. Los botones de
mi camisa blanca son los siguientes en
caer presa de sus dedos, abriéndolos
uno por uno para arrancármela y dejarla
caer a nuestros pies.
La deseo con vehemencia. Se lo
muestro agarrándola del culo con ambas
manos y ciñéndola apretadamente contra
mí, estrujándole las carnosas nalgas con
los dedos mientras muevo la pelvis para
cavar en su entrepierna con mi barra de
acero. A pesar de la barrera que forma
la ropa entre nosotros, noto cómo la
punta se hunde levemente en su calor y
siento lo suave, caliente y húmeda que
se ha puesto para mí.
Va a más, noto cómo se moja,
preparándose para ser follada.
Aparta su boca de la mía y me mira
brevemente, escondiendo la cara en mi
cuello y mordiéndome la piel. Me
estremezco y le amaso las nalgas,
bajando una mano para acariciarle el
sexo desde atrás.
—Te he estado observando. ¿Sabes
que desde mi nuevo despacho se ve tu
oficina? —susurra contra mi piel,
dejando ir un musical gemido cuando
deslizo mis dedos sobre el escaso
material que cubre su abertura rebosante
de humedad.
Me empapa los dedos.
Alzando el mentón, suspiro y asiento,
frotándome contra ella y follándola en
seco. Es un gusto, podría correrme así.
Subo la otra mano hasta sus pechos para
poder encajar uno en mi palma y
pellizcarla suavemente en el endurecido
pezón.
—Lo sé, te veo todos los días. Sueles
asomarte por la ventana para tomar el
aire cuando tienes algún momento a
solas —murmuro sin dejar de moverme
contra ella y asegurándome de rotar la
pelvis para montar su clítoris en
círculos.
—¡Ah! —gime de placer—, no… no
lo hago para tomar el aire. Lo hago para
poder… verte —murmura
entrecortadamente, buscando con los
dedos el botón de mis pantalones
apresuradamente.
—Lo sé. Me gusta que me mires.
Finalmente encuentra la forma de
desabrocharlo, noto que le tiemblan las
manos al bajarme la bragueta y dejarlos
caer al suelo. Yo me apresuro a patear
mis zapatos velozmente, sacándome los
calcetines con tanta rapidez para volver
a ella que nuestros dientes chocan
dolorosamente. Gruño, ella deja escapar
una risilla, y ahora que solamente llevo
puestos los calzoncillos, esta traviesa
mujer se detiene y me mira con malicia,
llevando la mano hasta mi bulto y
agarrándomelo a través de la ropa.
—Tienes algo para mí… —ronronea
mirando la polla que se marca
claramente bajo la tela. Pasea el pulgar
por la cabeza y sonríe cuando late bajo
el tacto de su dedo, que me repasa todo
el contorno del tronco hasta los huevos.
Un hormigueo los recorre, haciendo
que se me aprieten de ganas de ella. —
Es todo tuyo —jadeo, balanceándome y
deslizándome contra su mano con la
boca abierta de gusto.
—Entonces lo quiero ahora.
Todavía sujetándome la verga con su
malvada mano, me guía con ella hasta el
borde de la bañera y me posa la otra en
el hombro, empujándome hacia abajo
para que me siente sobre la porcelana.
Obedezco de buena gana. Es una de esas
tinas con patas que adornan el centro de
la habitación, haciendo que esto sea tan
excitante y sórdido como una de esas
películas picantes de época.
Para mi desconcierto, ella se aleja un
par de pasos y comienza a moverse. Mis
labios se separan con asombro cuando
la veo sacudir las caderas en un baile
más que sensual, sexual diría yo, y se
acaricia entre las piernas, enseñándome
sus dedos mojados por la humedad que
empapa sus bragas. Después me provoca
volviéndose de espaldas para
desabrochar el anclaje del sujetador.
Con mirada pícara, lo lanza a un lado.
—Ya no voy a necesitar esto.
—¿Y eso? — Señalo con el mentón el
diminuto tirachinas que lleva como ropa
interior.
—Supongo que tampoco.
Provocativamente, mete los pulgares
debajo de las gomas laterales y empieza
a bajarlo muy lentamente por toda la
longitud de sus tersas y torneadas
piernas, pateando la prenda a un lado
con el pie como lo haría una stripper
profesional.
—No te quites los zapatos —le pido
con una voz tan oscura que casi ha
sonado como una reprimenda, pero es
que es verla así y ponerme impaciente
por más.
Mi miembro pulsa con la idea.
—No pensaba quitármelos. Sé que te
gusta verme desnuda con ellos puestos.
Asiento y, ni corto ni perezoso, me
envuelvo en el puño y empiezo a
hacerme una paja mientras la miro.
Burlándose de mí, se pellizca los
pezones y se pasea la lengua sobre el
labio inferior con deliberada lentitud,
dejándome claro lo que viene a
continuación. Me contengo y la observo
mientras veo cómo ella se deja caer
lánguidamente de rodillas entre mis
piernas, apoyando los codos en mis
muslos abiertos.
—Vas a lograr enloquecerme —siseo
entre dientes, sin dejar de subir y bajar
el puño, arrancándome el placer por mí
mismo, como a ella le gusta que haga.
—Es lo que intento.
Mientras habla, atrapa el índice de la
mano con la que me estoy masturbando y
lo succiona lentamente en la boca con
una mirada que finge pura inocencia. La
visión de mi grueso dedo penetrando
poco a poco entre sus labios rojos junto
a mi polla casi me hace perder el
sentido. Un impulso súbito me exige que
la agarre por la nuca, que le ponga la
boca sobre mi glande y que levante la
pelvis hasta que me hunda en su
garganta, pero me controlo lo suficiente
como para mantenerme a raya.
—Basta de rodeos —me quejo.
Y soltando ese dedo con un
pervertido sonido de succión, mi
compañera de juegos obedece y baja por
fin la cabeza entre mis piernas,
multiplicando por diez el fuego que pone
mis venas al rojo vivo. Cuando sus
labios me rozan la punta y voy

Juegos secretos – Velvet Black image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Juegos secretos – Velvet Black

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------