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La asistente del jeque – Sophia Lynn

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Resumen y Sinopsis De 

La asistente del jeque – Sophia Lynn

Cuando Estelle asintió, Amy le sonrió.
Bueno, creo que te equivocas le dijo suavemente. Creo que tienes un espíritu que está hecho para la aventura, y para ti esto no
es nada más que el inicio.
Impulsivamente, Estelle se había aproximado a Amy, para atraerla hacia sí en un cálido abrazo. Amy había sido su amiga durante la universidad y habían
llegado a Nueva York al mismo tiempo. Mientras Estelle se había orientado a asuntos legales, Amy se había aprovechado de la escena editorial de Nueva York,
enredándose con manuscritos y artículos, hasta que se ganó un cierto prestigio como mujer con buen ojo para la palabra escrita.
Mientras que Estelle era una estrella brillante, Amy era un reconfortante crepúsculo. Era mucho más tranquila que Estelle y, a veces, su ligera torpeza y sus
gafas le causaban cierta timidez.
¿Qué voy a hacer sin ti? musitaba Estelle, enterrando su cara en el hombro de Amy.
No lo sé, ¿salir solita de tus líos? observó Amy secamente.
Como si sus pensamientos la hubiesen convocado, el teléfono de Estelle trinó y apareció un mensaje de Amy.
Arráncales la cabeza. Tú puedes.
Estelle notó que no podía evitar las lágrimas. La mujer de al lado se revolvió y Estelle se las enjugó apresuradamente.
Sólo le quedaban unas pocas horas para aterrizar en Dubai. Su entusiasmo pugnaba con su agotamiento y nerviosismo.
Esto va a ser increíble.
*
Amir había llegado pronto al aeropuerto. Rashid, su conductor, había fruncido el ceño cuando Amir dijo que iba a conducir él mismo, pero ni siquiera Rashid
podía negar que Amir se presentó antes de lo que él podría haber hecho.
Aparcó su reluciente Mercedes en el pequeño estacionamiento reservado para él y su familia, y se dirigió al terminal. Mientras observaba la amplia variedad
de pasajeros que circulaban por el aeropuerto, tenía tiempo para preguntarse una y otra vez por Estelle Waters.
Le había llamado la atención por vez primera durante el asunto de Ellsford. Todavía notaba un ligero dolor de cabeza cada vez que pensaba en ese día. Harold
Ellsford había estado jugando exactamente tan limpio como lo requería la ocasión y, como habían trabajado tantas veces juntos, Amir pensaba atraerlo a su mundo.
Entonces, ese correo acabó en su bandeja de entrada y todo saltó por los aires, como si fuera por golpe de maza.
No pasaba nada; la gente había tratado de aprovecharse de la familia Kalil con anterioridad, y lo intentarían después. Por supuesto, la misma gente no lo
intentaba dos veces. Había clemencia para los enemigos de uno, pero luego ya se trataba de estupidez. Se había asegurado completamente de que Ellsford no volviera a
operar en su área del mundo.
Lo único positivo que sacar de aquel lío tan horrible era haber conocido a la señorita Waters. Había leído su nota casi dolorosamente cortés y aun así urgente,
y, una vez que trat ó con Ellsford, volvió a ella. Por alguna razón, algo en aquella nota le hizo gracia. Podía imaginarse a la persona que la escribió como una de aquellas
luchadoras de pelo gris de la vieja América, sacada de las películas que había visto de muy joven. Se imaginaba sus ojos agudos captando la discrepancia y mandándosela
con la completa confianza y comprensión de lo que había que hacer.
Cuando ella le mandó una tarjeta física de agradecimiento por la pashmina que le había mandado, le hizo gracia su caligrafía redonda, uniforme y ligeramente
puntuada por la cortesía desusada de su respuesta. No mucho después, decidió que, si iba a trabajar con Miller y Mc Kinley, sólo trabajaría con la señorita Waters.
La decisión había sido buena y, cuando decidió buscar un asistente personal y administrador general con experiencia en Estados Unidos para Kalil Enterprises, ella
era el primer nombre que eligió.
Bahir, su hermano menor, había alzado una ceja con la elección.
¿Estás eligiendo de fiel mano derecha a una mujer que puede estar haciendo unos calcetines de punto para sus nietos?
Amir fulminó con la mirada a su hermano. Bahir tenía buen corazón, pero tenerlo en la oficina era una faena. Era el típico playboy de Dubai; Amir
simplemente lo parecía.
Creo que es una viuda dijo. Habla de su familia, pero nunca habla de su marido. Prefiero tenerla antes que a una chica que lo
deje en cuanto se case.
Quién sabe, quizás te sorprenda, hermano dijo Bahir. Quizás los dos os enamoréis.
Había venido a recibir a la señorita Waters en un pestañeo. De ordinario, habría sido Rashid quien la recogiera y la llevara a su alojamiento asignado, pero en
los últimos meses había crecido su interés en su colaboradora a distancia. Era competente pero muy tierna y, después de todo, era mejor ponerle cara a un nombre.
Amir tenía que admitir ese día no parecía en absoluto un hombre de negocios. Llevaba pantalones de moda y una camisa de lino abierta enseñando la clavícula.
Era alto como los hombres de su familia y, como ellos era delgado y ágil. A su padre, cuando estaba en alguno de sus momentos más expansivos, le gustaba charlar de su
familia de jinetes, que podían cabalgar durante una semana simplemente saltando de uno a otro de sus caballos.
Los altavoces anunciaron la llegada del vuelo de la señorita Waters y él se dirigió a la puerta por la que saldría. Era un día de diario, así que el aeropuerto
estaba animado, pero no hasta estar abarrotado, y él empezó a buscar a Estelle Waters.
Observó cuidadosamente entre la multitud buscando una americana de mediana edad. Supuso que la imagen que se había formado de una secretaria de los años
50 sería errónea, porque la única americana de mediana edad se reunió enseguida con su alborozada familia.
La multitud se aclaró y una joven de pelo negro extraordinariamente rizado se hizo paso a través de ella. Caminaba con cierto balanceo en su paso, con la
cabeza estirada revisando el gentío buscando a alguien. Llevaba un vestido de color verde claro sobre medias oscuras y zapatos bajos, y, al cruzar brevemente su mirada
con ella, notó una profunda sacudida a través del cuerpo.
Una lástima que no tengo que encontrarme con esta. Pero supongo que si fuera así, no me gustaría que echara un vistazo a mis cuentas.
La chica no debía de haber acabado la universidad. Quizás estaba en Dubai por estudios, o quizás era una de las que estaban en las excavaciones del desierto.
Admiró por un instante su tipo voluptuoso y sus andares sueltos y desenfadados, antes de volver sus ojos nuevamente a la multitud.
El avión de la señorita Waters había desembarcado veinte minutos antes. Frunció el ceño. No tenía ningún mensaje que pudiera indicar que hubiese renunciado
al viaje en el último momento.
Encontró su nombre en sus contactos y tecleó un mensaje rápido en el móvil. Estoy aquí para recogerla

Pages : 36

Autor De La  novela : Sophia Lynn

Tamaño de kindle ebook :  800 kb

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