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La boda de Klaus – Miguel Ángel Itriago

 La boda de Klaus – Miguel Ángel Itriago

Sinopsis De 

Libro La boda de Klaus – Miguel Ángel Itriago

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Muy poco sabían sus compañeros sobre cómo había sido la vida privada de Klaus antes de su ingreso a la casa hogar, pero cuando entraron en confianza, sus
compañeros comenzaron a preguntarle sobre su pasado.
Leonarda Triglione, una ancianita muy coqueta, que había sido profesora de biología, y de la cual se comentaba que mantenía un romance con Emerson, otro de los
residentes,

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dijo una vez, cuando estaban todos reunidos en el salón del comedor, al frente de Klaus:
—¡Klaus tiene que ser un fugitivo nazi, con una esvástica tatuada en los genitales! Por eso se niega a que yo lo vea desnudo. Lo primero que hago cuando me
acuesto con un hombre es revisarlo para ver si tiene la esvástica. Les aseguro que Emerson no la tiene, a menos que la tenga grabada en su bastón.
Si ese Adonis no me besa pronto, lo secuestraré, me lo llevaré a mi cuarto ¡y allí será mío, con esvástica y todo!
Todos, incluyendo a Klaus, rieron la ocurrencia de Leonarda.
Cuando le preguntaban sobre su familia, respondía con una amplia y dulce sonrisa:
—¿Me preguntan sobre mi familia? Pero si ustedes son mi familia. La conocen mejor que yo.
En uno de los almuerzos, Isabel Martínez, una de las ancianas, le preguntó:
—Klaus, siempre nos has dicho que somos tus hermanos, y eso es un honor para todos nosotros, pero ¿tuviste alguna vez tu propio hogar, una esposa o unos
hijos, una familia antes de la nuestra?
David Fowler, otro de los residentes, gran amigo de Klaus, la reprendió:
—¡Isabel, esas cosas se preguntan en privado! ¡No seas indiscreta! Buenas razones tendrá Klaus para no querer hablar sobre su vida privada.
Emerson, un anciano de muy mal genio, quien como Klaus provenía de emigrantes austríacos, con voz ronca exclamó desde una esquina de la mesa:
—Lo que quiso decir Leonarda es que a Klaus no le gustan las mujeres. Nunca le hemos conocido una esposa, una amante o una novia. Se la pasa como esos
toreros, que se la dan de machos, que dan muchas vueltas enseñando su traje, su capa y su espada al toro, pero que no se atreven a hundirla, para terminar la faena.
¡Que levante la mano cualquier mujer de aquí que haya recibido de Klaus por lo menos una caricia o una mirada erótica! ¡Ninguna!
Pero David recriminó a Emerson su grosero proceder:
—¡Respétalo, Emerson! ¡Vives provocándolo, insultándolo, ofendiéndolo, sin motivo ni razón alguna! ¡Lo que pasa es que estás celoso! Klaus jamás se ha metido
contigo, ni con ninguno de nosotros, a menos que haya sido para ayudarnos.
Leonarda también defendió a Klaus, pero a su manera:
—¡No he dicho que a Klaus no le gustan las mujeres! ¡Claro que le gustan! Si alguna mujer no ha sentido su encanto y sensualidad, es porque se le secaron los
ovarios. ¡Yo sé que le gusto! ¡Siento sus vibraciones! Mi problema es que él es muy tímido y respetuoso ¡Lo que quiero es que Klaus me viole, ya! ¡Aquí mismo, no me
importa que ustedes nos vean! ¡Los viejos no podemos perder tiempo!
Emerson, soltó un feroz gruñido.
Nuevas risas llenaron el salón. Todos miraron a Klaus, tratando de adivinar cuál sería su reacción. Él amablemente se dirigió a David:
—No te preocupes, David. Estoy acostumbrado. Las críticas no siempre son malas; por lo general, ayudan a pensar mejor.
¿Quieren saber sobre mi vida antes de llegar aquí? ¡Se las puedo contar! No tengo nada que esconderles:
Mi primer hogar fue en esta ciudad, donde nací y a la cual habían emigrado mis padres. Ellos fueron dos músicos muy conocidos y apreciados en Viena.
Heredé de mis padres ellos un próspero negocio dedicado a la venta de pianos y de otros instrumentos musicales, y me fue muy bien.
Cuando tenía diecisiete años conocí en esta misma ciudad, a una joven llamada Lena Wetzler, dos años menor que yo. Su padre era un comerciante austríaco de
origen hebreo que había venido a nuestro país para montar una empresa para la explotación de diamantes y me contrató para darle clases de español, ya que ella solo
hablaba alemán, idioma que yo hablaba, leía y escribía.
Lena era rubia, bastante delgada, de regular tamaño, ojos color miel, deportista. Siempre estaba de buen humor. Mis amigos decían que no era muy agraciada,
pero para mí siempre fue la mujer más bella del mundo, después de Leonarda Triglione, por supuesto. (Todos rieron).

 La boda de Klaus – Miguel Ángel Itriago

Lena y yo nos amamos con incontrolable pasión, con excesiva locura, porque nos gustábamos y deseábamos mutuamente.
—¿Por qué hablas en pasado, Klaus? —Interrumpió Carlota Hernández, otra de las comensales— ¿Acaso ella murió?
Francesco Ricci la reprendió:
—¡No lo interrumpas, Carlota! Déjalo seguir.

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