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La chica de la talla 44 – Cristina Perez

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Resumen y Sinopsis De 

Tengo 22 años y la talla 44. Esto suena un poco como a una reunión de Alcohólicos Anónimos, pero es que el hecho de tener la talla 44 condiciona bastante mi vida.
Vamos a ver, ya sé que no es una talla absolutamente descomunal y que está dentro de “lo normal”, pero por desgracia sí que es una talla suficientemente grande para
tener vetadas la mayor parte de las tiendas de ropa para gente joven y para ser también con mucha diferencia la más gorda de entre mis amigas.
Por supuesto tengo localizadas las pocas tiendas en que me puedo comprar algo decente y que no me haga parecer mi madre, pero hay que reconocer que la mayoría
de las veces no puedo llevar lo que me gusta sino lo que me cabe.
“Pues adelgaza”, pensaréis.
No voy a mentir diciendo que no como casi nada y engordo o que tengo un metabolismo absolutamente despiadado que echa por tierra todas mis dietas. Supongo
que en algún caso estas frases tan manidas serán ciertas, pero desde luego no en el mío. Y tampoco soy “de hueso ancho”, como dice mi madre para animarme.
Básicamente, mis problemas son dos: me encanta comer y mi fuerza de voluntad en cuanto a dietas se refiere es inexistente. Así que el resultado es que como más que
una lima y de esta forma no hay manera de estar delgada.
Afortunadamente, soy más bien del tipo “estás de buen año” que del “pareces un saco de patatas”. Para entendernos, tengo las cosas bien puestas pero abundantes.
Supongo que si hubiera nacido en la época de Rubens me hubiera inflado a ligar, pero he ido a aparecer en el mundo justo cuando se lleva el “tipo lápiz”, las tallas 34 y
las falditas mini con camisetas que parecen un trapo y que a mis amigas les quedan de maravilla pero que a mí me hacen parecer una pordiosera. Eso sí, una pordiosera
muy bien alimentada.
Por no hablar de la ropa interior. ¿Habéis intentado compraros un sujetador mínimamente bonito y actual, que no parezca un saco ni un corsé de bisabuela gastando
la talla 100 copa C? Espero que no hayáis tenido que hacerlo. En las tiendas de lencería moderna encontramos fundamentalmente tres tipos de sujetadores: los push-up
(en mi caso absolutamente innecesarios), super push-up (más inútiles todavía), balcony o balconette (para desparramarme por encima del sujetador mejor voy sin nada)
o “basic” (ni sujetan ni me caben y encima son feos). En definitiva, nada que me pueda poner. Las pocas excepciones, si las hay, son caras, feas y están escondidas en el
último rincón de la tienda, y casi nunca me apetece perder el tiempo y gastar energías en preguntar a una dependienta maravillosamente esbelta y generalmente con cara
de vinagre si tiene un sujetador que pueda valerme.
Y me pregunto: ¿por qué todos los sujetadores para mujeres menores de cincuenta años llevan cazuelitas, cacerolas, copas rígidas, rellenos varios, remaches de todo
tipo o directamente son un trozo de tela con dos cintitas de raso que no sujetan absolutamente nada? ¿Qué hay de las que tenemos el relleno incorporado? Supongo que
seremos tres o cuatro en el mundo entero y no merece la pena diseñar ropa interior para nosotras.
En definitiva, para no tener que vestirme como mi madre y llevar sujetadores como mi abuela tengo casi que hacer milagros. Y dado que los milagros no existen, me
resulta bastante complicado.
Tener la talla 44 afecta a mi vida social y a la relación con mis amigas más de lo que podáis pensar. Porque, a ver, chicas gorditas de 22 años con amigas de la talla
36, ¿de qué habláis con ellas?
Las conversaciones de mis amigas giran casi siempre en torno a tres temas fundamentales:
1. La ropa. Aquí poco puedo aportar dado que las paso canutas para encontrar algo que me valga fuera del H&M y la sección de señoras de El Corte Inglés. Así que
no me sé de memoria la colección de temporada de Blanco, Stradivarius y demás tiendas para flacas, que sólo piso para acompañar a alguna de mis amigas a comprarse
algún modelito inverosímil y completamente inalcanzable para mí.
2. Los chicos. Peor me lo pones. Ser amiga de las dos chicas más guapas en cien kilómetros a la redonda dificulta bastante la tarea, dado que ellas ligan todos los
fines de semana sin excepción cuando no tienen novio y casi todos cuando lo tienen, mientras que yo en líneas generales no me como un colín y acabo dando
conversación al feo majete que hay en todos los grupos mientras que sus guapos amigos ligan con mis espectaculares amigas.
3. Los exámenes. Ja, ahí sí. Cumplo perfectamente el mito de gordita empollona. Saco mejores notas que nadie. Y, hombre, me hace ilusión, pero no desfallezco de
felicidad cada vez que saco un diez. Supongo que estoy acostumbrada. Como mis amigas a ser dos pibones.
Y aún no os he dicho mi nombre.
Es que encima me llamo Margarita. No es un nombre espantoso, ya lo sé, pero tampoco es muy adecuado para una gorda. Sé que sería mucho peor llamarme
Mariona o Carlota, pero en muchos sitios – incluido el pueblo de mis padres – Margarita es nombre de vaca, como Teresa o Tomasa. Y nadie me llama “la vaca
Margarita”, pero cuando estoy de bajón no puedo evitar pensarlo. Así que, resumiendo, mido 1,65, peso 69 kilos y me llamo Margarita. ¿Que si estoy acomplejada?
Nooooo. Bueno, un poco. Está bien, bastante.
La imagen no lo es todo. Ya. Y un cuerno. No lo es todo cuando la tienes. Como el dinero no es importante cuando tienes suficiente para llevar el ritmo de vida que
quieres. La imagen es lo mismo. Cuando una mujer te suelta lo de “yo no pretendo ser Claudia Schiffer” es que es muy guapa, sabe que lo es y se está justificando por
no arreglarse un poco más las puntas de su perfecta melena, hacerse la manicura más a menudo o comprarse una BB Cream que cuesta un ojo de la cara. Por supuesto
que a mí me gustaría ser Claudia Schiffer. Como a casi todas las gorditas del planeta. Y a las que no es porque preferirían parecerse a Irina Shayk. Va en gustos.
Cuando comenzó la historia que os voy a contar yo era efectivamente la gordita empollona con excelentes notas y dos amigas pibones que aprueban por los pelos
pero que ligan a raudales, están plenamente integradas en su entorno y, curiosamente, te han elegido a ti para que les acompañes en sus andanzas y a ti no te ha quedado
más remedio que decir que sí. Porque además de guapas por fuera lo son por dentro.
Estábamos a finales de curso de nuestro último año de carrera, a punto de conseguir el título de Administración y Dirección de Empresas (en junio yo, en
septiembre mis amigas). Ante nosotras se abría un universo nuevo y excitante, que al mismo tiempo nos daba pavor, sobre todo a mí. Durante los años de carrera me
había sentido de alguna manera protegida por mis conocimientos académicos, que en cuanto saliera de la atmósfera universitaria sabía que iban a serme muy útiles, pero
que no me iban a evitar el tener que lidiar con codazos, pisotones y golpes bajos. Y para eso soy negada.
No es que todas las gorditas tengamos forzosamente que ser buenas personas. Hay una especie de mito circulando por ahí que dice que las chicas que tenemos cara
de pan somos tranquilas, generosas, de buen corazón y fieles hasta la muerte a nuestros amigos y parejas. La verdad es que no sé muy bien de dónde viene eso, pero
parece que nadie concibe a una gordita poniéndole los cuernos a su pareja, engañando a su amiga o pisándole el callo a su compañera de oficina. Es un mito, pero es
cierto que cala en las mentes de la gente. De hecho, hay muchas personas que dan por sentado que sonriéndote un poco van a conseguir que les hagas mil favores y
encima te sientas feliz por lo buena persona que eres. Tampoco nos pasemos.
¿Y yo?, ¿soy una gordita bonachona? Me temo que un poco sí. Aunque creo que se debe más a mi personalidad que a mi peso. Eso sí, espero que no me imaginéis
como la monja oronda y encantadora de la película Sister Act. No me parezco físicamente a ella ni tampoco en el carácter y, además, a lo largo de este relato descubriréis
que tengo muy poco de monja.
Supongo que para mucha gente, el paso de la Universidad al mundo laboral es complicado, porque nada es ya lo que era, las reglas del juego cambian y oyes muchas
informaciones contradictorias sin saber muy bien dónde

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Tamaño de kindle ebook : 1,12  MB

Autor De La  novela : AUTOR

kindle  Comprimido: no

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Idioma :Español-España 

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La chica de la talla 44 – Cristina Perez

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