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La conquista del paraíso – Vicente Pintos

La conquista del paraíso – Vicente Pintos

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Resumen y Sinopsis De 

Por fin me pude quitar las botas y los calcetines; necesitaba pisar la tierra, sentir como el roce de las pequeñas piedras estimulaban mi piel. Una vez en tejanos y
camiseta, me sentí libre del armazón en el que estuve atrapado las últimas cuarenta y ocho horas. Llegó el café, acompañado de una indisimulada media sonrisa,
que valoré irónica, por parte de la camarera. Mientras lo tomaba estiré las piernas y me relajé. El sol, muy intenso para la hora, caldeaba mi cuerpo; la tensión
acumulada, después de dos días encima de la moto y recorrer más de mil kilómetros por las carreteras, por llamarlas de alguna forma, colombianas, se evaporaba
poco a poco, lo que dio paso a un profundo sopor que intentaba adueñarse de mi consciencia. Encendí un cigarrillo, cerré los ojos y me entregué a la caricia con que
el astro rey inundaba toda mi anatomía.
Estaban buenísimos los huevos pericos, igual el jugo de lulo, aunque demasiado dulce para mi gusto. Lo trajo todo sin bandeja, primero los huevos, luego el jugo;
estaba visto que ni por asomo era experta camarera, tal vez ayudara en el negocio familiar. La observé al dirigirse de nuevo al interior del bar para traerme un poco
de pan. Tenía un andar curioso, como si flotara en el aire, algo que no hubiese resultado extraño dado su poco peso, pero al mismo tiempo lo hacía con mucha
determinación, segura de sí. Volvió con su curioso caminar, no obstante, en esta ocasión, movía con cierta exageración las caderas. Me miró con innegable desafío, y
otra vez con su irónica sonrisa, me ofreció el pan que llevaba en la mano, sin plato o servilleta que lo sustentara. «Señor, su pan». Sonreí y le guiñé el ojo. Por
cierto, el pan no se parece en absoluto al habitual de España: ¡sabe a queso!
Al terminar el desayuno le pedí, que por favor, me trajera otro tintico, bien caliente; le pregunté si tenía sacarina, no sabía lo que era, le expliqué y me recomendó
panela. Me levanté y fui a buscar mi sombrero panamá[6] a la moto. Me recosté en la silla con los brazos apoyados en ella y la cabeza en la pared. Me calé el
sombrero hasta las cejas, encendí otro cigarrillo, y lo fumé con calma mientras saboreaba el segundo tintico de mi vida.
Desperté sobresaltado, miré miBreitling,[7] eran las doce del mediodía y no recordaba cómo, ni en qué momento, me había quedado dormido. Necesitaba esa paz
con la que me adormilé, esa paz de no pensar en nada, esa paz que posibilitaba sentir como el sol bañaba cada milímetro de mi piel y templaba cada rincón de mi
espíritu.
Me calcé las botas sin abrochar, me levanté y desperecé sin pudor alguno, de golpe toda la galbana de mi cuerpo desapareció. Me encaminé al interior del bar;
tenía ganas de ir al baño, tomar un poquito de wiski y otro café. Era un local pequeño, unos cincuenta metros cuadrados, de forma rectangular; cuatro mesas con
cuatro sillas cada una estaban ubicadas a la izquierda, la barra a la derecha; era un establecimiento sencillo. Me sorprendió su gran surtido de bebidas alcohólicas.
Detrás de la barra se encontraba un chico de edad aproximada a la de muchacha que al llegar me había atendido, le pregunté por el aseo la pregunta más tonta que
se pueda hacer, siempre están al fondo a mano derecha, se cumplió lo que es normal, al fondo a la derecha estaba el baño.
Estaba limpio, sin ningún tipo de lujo, lo imprescindible. Al salir le pedí al camarero otro tintico y un wiski, me indicó que las botellas de wiski había que
comprarlas enteras, que no se podía servir un solo trago. Me quedé extrañado y un poco frustrado, propuso que tomara aguardiente del lugar, que era muy bueno,
y eso sí podía servirlo por tragos. Es lo que pedí y se ofreció a traérmelo a la terraza.
Llegó con el café y el aguardiente; se sentó a mi lado. Medía unos ciento setenta centímetros, de constitución delgada, no flaco; el color de su piel canela, ojos
vivarachos, ligero parecido con Ronaldinho el jugador de fútbol, si bien, menos complicado de mirar. Se llamaba Manuel y tenía treinta años; me presenté: Carlos.
Hablador y simpático, me preguntó de dónde era y qué hacía por aquellas tierras tan perdidas y lejos de todo lo conocido. Soy español y estoy dando una vuelta
por Sudamérica le contesté. Primero me miró extrañado, luego se echó a reír de forma abierta, sin complejo alguno.
Me preguntaba muchas cosas acerca de España, en especial sobre el Barça, del que era seguidor, y el Real Madrid. No me apetecía hablar de temas que conocía,
quería averiguar sobre su país, su pueblo, y en particular, sobre la chica que, apenas hacía tres horas, me había atendido. El lugar, según contó, se llamaba Lejanías,
tenía tres mil setecientos habitantes y en todo el núcleo municipal la población se acercaba a los nueve mil. Estaba situado en una sabana a una altura de
seiscientos once msnm.[8] Su economía se basaba en el cultivo del café, cítricos, plátano, yuca, maracuyá, aguacate, guayaba, papaya, guanábana, maíz, cacao,
mora, tomate y tomate de árbol; contaba con una considerable cabaña, tanto de ganado vacuno como porcino y aviar, así como algunas piscifactorías.
Le encantaba hablar, presumir de sus conocimientos. Lo agradecí. Era simpático y abierto; parecía excelente persona. Le pregunté por la señorita que me había
atendido.
Es mi hermana contestó, se llama Mónica.
Sois casi de la edad aventuré.
No, ella es mi hermana mayor, tiene treinta y ocho años
¡Treinta y ocho años! expresé con ojos de asombro.
Sí, no los aparenta al ser tan pequeña y delgada y por como viste, sin embargo son los que tiene.
Hubiese querido preguntarle dónde estaba en ese momento, si en las labores de cocina o algo por el estilo, o bien, había ido a hacer la compra. Contuve y reprimí
mi curiosidad. Le consulté por algún lugar que fuera interesante conocer.
Le aconsejo ir al centro del pueblo contestó, tiene una plaza muy linda, la Plaza Bolívar,[9] y una preciosa iglesia

Pages : 206

Tamaño de kindle ebook : 1,55  MB

Autor De La  novela : Vicente Pintos

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La conquista del paraíso – Vicente Pintos

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