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La diosa de ébano – Adrià Turull

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La diosa de ébano – Adrià Turull

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Resumen y Sinopsis De 

Me llamo Fordak Manson. Mercenario, contrabandista y libertador de mundos oprimidos. Bueno, lo último es broma. Era para darle más empaque.
Descríbame lo que sucedió.
No recuerdo demasiado. Alguna imagen borrosa, tal vez. Cuando desperté, pensé que estaba muerto. O lo estaría muy pronto debido a los efectos de la
descompresión guardó silencio unos segundos, tragándose el dolor que campaba a sus anchas a lo largo de su espinazo. Pero no lo sé, imagino que soy un cabrón
testarudo, o simplemente un cabrón con suerte. Oye… ¿y lo de las esposas? –añadió sosteniendo sus muñecas delante de él.
Protocolo, nada más. Tuvo suerte que llegásemos a tiempo –respondió su interlocutor. Tenía la voz suave pero metódica Pero, por favor, cíñase a los
hechos.
Fordak lanzó un suspiro antes de responder. Cuando volvió a hablar, lo hizo despacio, más para él mismo que para su interlocutor. Su voz sonaba grave pero
cansada.
Tras un tiempo sin encontrar ningún trabajo legal, no me quedó otra que probar suerte con el contrabando. No estoy especialmente orgulloso admitió,
pero tampoco me escondo. A más de uno me gustaría verlo elegir entre el honor y el hambre una mirada desafiante apareció en su rostro retando al oficial. Al no
recibir ningún comentario, Fordak prosiguió. Por aquel entonces deambulaba por Artesius, uno de los astilleros más importantes de la Federación. Bueno, eso es algo
que ya sabréis vosotros mejor que nadie.
El joven oficial militar que tenía sentado delante no parpadeó. Guardó silencio, esperando que Fordak prosiguiese su relato.
En las cantinas se oían rumores. Joder, incluso aunque no parases atención. Rara era la noche que un contrabandista borracho no hablaba más de la cuenta.
Total, que ofrecí mis servicios a uno de ellos. El que me pareció que todavía iba más o menos sobrio. Deberías haberme visto: yo, que llevaba tres días sin nada que
llevarme a la boca, todo digno y con aires de profesional. El caso es que debí resultar convincente, pues conseguí una plaza a bordo del Galatea. ¡Menudo ataúd
metálico! Sin cierro los ojos todavía oigo como crujen sus mamparos…
Prosiga.
Reconozco que la primera vez que la vi me pareció una nave decente. Aunque de diseño anticuado, el Galatea era manejable como pocas. Pero bueno, qué te
importará a ti la nave. Os estaréis preguntando cuál era su cargamento, ¿verdad? Sí, vamos, no disimules clavó sus ojos pardos en el emblema que decoraba la gorra
del oficial. Bien, te lo diré: el Galatea transportaba absolutamente de todo. Cualquier cosa que en un puerto costase diez y en otro se pudiese vender por quince o
incluso cien. Desde hierba azul de Istidian a picante ulveriano.
¿Contrabando?
Fordak Manson se encogió de hombros. Sus espaldas eran anchas y poderosas, pese a su lamentable estado físico actual.
Casi nunca mintió Fordak. Únicamente cuando pasábamos una mala racha.
¿Qué transportaba el Galatea en su último viaje?
Fordak se removió en la silla, buscando una postura más cómoda. No la encontró.
Su último viaje fue, curiosamente, bastante noble –respondió, pero tuvo que interrumpirse y morderse el labio debido a un agudo pinchazo que le sobrevino al
moverse. Un arqueólogo de Nueva Tierra había hecho no sé qué descubrimiento del siglo. Unas ruinas o algo así. El caso es que se trataba de algo muy importante,
por lo menos en el mundillo sabelotodo. Y para evitar posibles filtraciones y que alguien le robase la primicia, decidió contratar los servicios de la Galatea como
mensajero privado, en lugar de utilizar la red. Si, joder. Como los carteros de antes de la era espacial.
Y alguien atacó su nave.
Sí cerró los ojos, tratando de recordar el momento. Pero en su recuerdo había un vacío de aquel traumático momento. Desconozco el motivo. Pero lo
único cierto es esto: alguien nos atacó.
¿Pudiera tratarse de un ajuste de cuentas? –aventuró el oficial ¿Tal vez de los Saqueadores de Duzui?
Fordak meditó la posibilidad. Por lo que él había ido aprendiendo, el mundo del contrabando se rige por un extraño sistema de camaradería individualista. Si
jodes a tu igual, más tarde o más temprano los demás sabrán de ti. Y ya bastante peligroso y repleto de hijos de puta es el espacio conocido por sí mismo como para
hacer enemigos entre tus iguales.
No lo creo respondió.
¿Y qué hay de los piratas? Si el Galatea era un carguero modesto de escaso armamento, cabe la posibilidad que os atacasen sujetos con ningún escrúpulo. Este
cuadrante ha sufrido un incremento de la actividad de un grupo piratas en los últimos tiempos.
¿Cómo se llaman? Preguntó Fordak.
Se hacen llamar los Piratas de la Luna Negra respondió el oficial.
No lo sé. Podría ser respondió Fordak Manson. Estaba dolorido y agotado, y empezaba a perder el hilo de la conversación.
De acuerdo. Veamos que tenemos hasta el momento dijo el militar. Alguien ataca el Galatea. Consiguen mandar un SOS antes que les destruyan. Cuando
la Federación llega al lugar, ya es demasiado tarde. El carguero ha sido pulverizado. Todos los que viajaban a bordo prosiguió el militar inclinándose sobre la mesa
han muerto, excepto usted por un margen de unos pocos minutos. El equipo médico de esta nave, la Pegasus, ha conseguido literalmente arrancarlo de las garras de la
muerte. Y usted es Fordak Manson. Nacido en Urano hace veintiocho años. Contrabandista, timador, extorsionador, matón… un delincuente pluriempleado y de poca
monta. Para decirlo sin más rodeos: pese a su tragedia, está usted en deuda con la Federación. Tiene una segunda oportunidad gracias a nosotros.
¿Y eso qué quiere decir? –preguntó Manson con recelo.
Significa que necesitará colaborar con nosotros si quiere recuperar su condición de hombre libre –aclaró el teniente con gesto impasible.
Fordak Manson se reclinó hacia atrás. Le dolía todo el cuerpo. Especialmente la cabeza. Le habían salvado la vida, pero la letra pequeña acababa de revelarse
bien grande.
Entiendo que esto es un asunto federal, que de no ser por vosotros yo ya estaría muerto. Y créeme, valeroso oficial de nuestra amada Federación añadió
Fordak Manson procurando que su tono sonase convincente, que os estaré eternamente agradecidos a todos y cada uno de vosotros. Pero, sinceramente, no sé qué
queréis de mí. No veo en qué podría ayudaros mis batallitas.
El militar no movió ni un músculo. Lo estaba analizando. Fordak ya había visto antes ese gesto en otras caras también provistas de gorritos con visera. Esa
mueca de superioridad. Lo detestaba profundamente, pero a base de palos y arrestos menores Fordak había aprendido a contar hasta diez antes de saltar hacia delante y
borrar ese tipo de expresiones faciales a puñetazos.
Eso es algo que compete al Alto Mando. Su nave realizaba contrabando en este sector fronterizo de la Federación. Es un hecho. Lo que pueda contar sobre
sus rutas, intercambios y puertos seguros podrá ser útil en mayor o menor medida, por supuesto. Pero, por el momento, empecemos por el final. El último viaje del
Galatea. Ha dicho antes algo sobre un descubrimiento arqueológico. ¿Qué sabe sobre este asunto? ¿Llegó a ver la información que transportaban?
No sé nada. No vi nada. Yo no trataba directamente con los clientes.
El oficial relajó los hombros unos instantes antes de contestarle.
Seré pragmático, señor Manson. Pese a que debería encerrarlo o mandarlo a picar piedra y tirar la llave se inclinó aún más hacia adelante, entrecruzando los
dedos y apoyando la nariz sobre ellos, en un gesto estudiado, la Federación ha decidido ser indulgente con su persona si se aviene a colaborar. Si nos da lo que la
Federación necesita le daremos la gracia de la libertad. Un trato a todas luces ventajoso para usted. Mi superior, al igual que mi persona, todavía cree en la reinserción.
¿Y qué es exactamente lo que necesita la Federación del bueno de Fordak? respondió, esforzándose por mostrar su mejor sonrisa pese al dolor punzante.
Esas coordenadas para empezar. El comandante sospecha que tal vez aceptar ese encargo fue la perdición de la nave.
¿El ataque se debió al paquete a bordo? –preguntó Fordak Manson con el entrecejo fruncido. El contrabandista llevaba consciente pocas horas, y ahora
comenzaba a realizar sus primeras e infundadas hipótesis. Aquella podía ser perfectamente viable.
No hay nada confirmado. Pero se bajara dicha posibilidad.
Sobrevino un silencio que llenó varios minutos la pequeña habitación. Fordak Manson creyó oír el casi inaudible zumbido de los motores sublumínicos de
cualquier transporte espacial.
Joder, es un buen trato, no te lo negaré, capitán. Si no fuese por qué no conozco esas coordenadas y no me gusta cómo ha sonado ese “para empezar”.
Fordak se cruzó de brazos, pero el dolor le hizo buscar otra postura menos rígida.
Teniente le corrigió el oficial Y el “para terminar” de nuestro acuerdo es que nos cuente lo que le he dicho: rutas y puertos utilizados en la zona por
sus… colegas. Recupere su libertad, señor Fordak. Lo tiene realmente muy fácil.
Fordak Manson cerró los ojos. Le dolía el costado. Como si las costillas le rozaran los pulmones a cada inspiración. Esos militares eran listos. Todavía no le
habían curado del todo. Y probablemente no lo hiciesen si no se mostraba colaborador. El contrabandista sopesó sus opciones. Llegó a la conclusión que éstas eran
bastante limitadas. Detestaba todo lo que oliese a militar. Pero de no darles lo que querían estaba bien jodido, pensó. Uno de los requisitos que le planteaba el oficial no
era demasiado complicado. Podía darles unas pocas referencias vagas y desactualizadas. Incluso indicaciones de rutas peligrosas a evitar. Pero la otra condición…
¿Cómo podía darles unas coordenadas que desconocía? No le dejarían libre antes de confirmarlas.
Intento recordar… –comenzó a decir. Una neblina negra y carmesí centelleaba bajo sus párpados. Todo momento previo al accidente aparecía bajo un velo
opaco. ¡Un momento! ¡El cliente! Las coordenadas se han perdido. Pero el arqueólogo sigue siendo la fuente. Sólo hay que contactar con él de nuevo y preguntarle
directamente.
El teniente guardó maduró aquello unos instantes.
¿Cómo contactó el arqueólogo con su grupo? ¿Fue en persona?
Eh… Sí, así fue –respondió, haciendo un gran esfuerzo. Habíamos parado en un pequeño planeta industrial para hacer algunas reparaciones. Yo estaría
jugando al póker o desatascando algo, cuando vino Loras el Lágrimas, el capitán, y nos informó del nuevo trabajo.
¿El Lágrimas? preguntó el teniente levantando una ceja.
Fordak se encogió de hombros y al momento se arrepintió. Algo le crujió.
Sí, el Lágrimas. Según me contaron cuando empecé a trabajar con ellos, hay dos teorías: la primera, que es, o era… un tipo sensible que se pasaba los viajes
interestelares leyendo poesía. La segunda, que es la que yo prefiero, es que el mote hace referencia a las lágrimas que demarraban todas las vírgenes que iba desvirgando
en cada puerto espacial dónde el Galatea hacía escala.
Por favor, volvamos al tema del cliente le indicó el teniente tras parpadear un par de veces.
Total, que sí, que el trabajo se lo dio el arqueólogo a Loras en persona. Con un poco de suerte, es muy probable que todavía esté allí. No tenéis más que
preguntar en las cantinas. En un planeta como ése, todo hormigón y acero, no puede haber muchos arqueólogos.
Planeta que se llama…
Fallo mío. El planeta se llamaba… volvió a cerrar los párpados con fuerza, tratando de recordar Tulheia VI. Eso es. Está justo después del Cúmulo de los
Amantes, es la decimocuarta parada de la antigua ruta imperial. Un placer colaborar con la Federación dijo Fordak.
Todavía tiene que contarnos algo del modus operandi de los contrabandistas.
¿Cómo qué?
El oficial le hizo un par de preguntas al respecto, y Fordak las contestó, construyendo las respuestas con alguna que otra verdad, alguna mentira y bastantes
obviedades sobre velocidades óptimas de aproximación a un asteroide.
Diez minutos más tarde, el teniente se levantó de la su silla.
Gracias por su colaboración, señor Manson. Debo confirmar la información con mi superior antes de comunicarle ninguna decisión. Estoy seguro que entiende
mi posición. Tan pronto como me dé luz verde, recuperará su libertad.
***
El único modo que tenía Fordak de medir el paso del tiempo era contar las veces que se apagaban y se encendían las luce

Orden de autor: Turull, Adrià
Orden de título: diosa de ebano, La
Fecha: 21 ago 2016
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id: 142
Modificado: 21 ago 2016
Tamaño: 1.31MB

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