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La estrella de la tarde – Elbio Estigarribia

La estrella de la tarde – Elbio Estigarribia

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Resumen y Sinopsis De 

En un día de enero, con un verano tórrido, cuando aún se embarcaba ganado en ferrocarril; al aclarar de uno de esos días, se podía sentir de varias cuadras el mugir
del ganado confundido, agotado y el chasquido del arreador, mezclado con los agudos silbidos y casi alaridos de los gauchos arremetiendo contra los animales para
hacerlos entrar a las mangas previas a los corrales de embarque.
El polvo en un día sin viento se levantaba en redondas y gigantescas nubes, más altas que la iglesia. Magui recordaría siempre aquella imagen, vista desde la
ventana del Austin beige de su familia y estacionado en el almacén de ramos generales a la sombra del ombú que allí está.
La tropa, seguro con más de mil reses había entrado casi hasta la mitad, un tropero tapaba a fuerza de caballo, perro y arreador la calle Progreso, pero un novillo
guampudo de pupilas dilatadas, babeante de espumarajos lo superó y se lanza calle arriba, el jinete y los perros lo alcanzan, el arreador le eriza los pelos colorados del
pampa, que ciego, enfurecido atropella.
La pequeña palidece, estática cuando los cuernos se incrustan en el radiador, sacudiendo el vehículo junto con el grito de ella. Se desplomó la bestia desnucada, y
el último recuerdo de aquella sería el olor del caballo y la figura imponente de aquel hombre de sombrero echado atrás, luego se desmayó.
En los años 60, Pueblo Paso era en realidad una aldea con pretensiones de ciudad, recostada contra el río pardo y engañado con el progreso del ferrocarril, la
represa y la ruta 45. El latifundio compra poco, algo de galleta y fideo para un ensopado grasiento, cambia cerdas y cueros por alambres, piques y postes. La represa se
terminó, la ruta también y el ferrocarril tose en sus últimos estertores, solo las prostitutas siguen llegando con la historia de que aquí se trabaja bien, la que se queda
espera la esquila, la llegada de alguna máquina al pueblo y si no los fines de mes del cuartel, sembrando las noches de trifulcas entre soldados y civiles.
En otras oportunidades, las salidas de los peones de campo, condenados a la soledad en interminables días, llegando al pueblo a comprar una piel suave, olor a
mujer, caricias medidas y después una segura y dolorosa borrachera.
En el verano del 62 pasaron dos cosas para recordar, por un lado se desató un temporal de agua con viento y por otro ocurrió un accidente. El 28 de enero al
llegar el día, sofocaba, era el octavo con esas características, todos los días habían sido de 40º.
Del suroeste, un frente de tormenta, de apariencia estática, con grandes nubes grises y negras, amenazaban. A la misma hora Ramiro conducía sobre la ruta el
camión Ford modelo 51, con él iban su mujer Ester y el hijo José Pedro, atrás entre las carpas y los bártulos, venían su madre Catalina y su pequeña hija Magui.
A los 7 años, mirando a la abuela hacer magia, la incomodidad, los tumbos del camión no molestaban, solo veía los ojos y las manos de Catalina.
Lo que se ve no siempre es la realidad Magui, hoy te heredaré y tiene que ser rápido, mi tiempo se acaba también hoy, te entregaré con solo tocarte, centurias
de magia – dijo la abuela.
Y la piel de su dedo acarició la frente, un temblor recorrió el cuerpito flaco, de pelo rubio y desgreñado. Y siguió hablando:
Tu sabiduría despertará cuando entre tus piernas corra sangre, esa será la llave, maga es la que vendrá en tu ayuda.
Había un tanto de desconcierto en la cara de la pequeña pero la sonrisa de Catalina le daba confianza.
Escucha, ese día llegarán los espíritus de tus antepasados para asistirte a recibir lo que es tuyo, y allí estaré contigo.
El soplo caliente del norte ahogó a la anciana, levantó los ojos a las nubes, allí estaba el destino en movimiento, se descargaban del cielo las carretas tiradas
por caballos negros, con las pecheras brillantes de sonoros cascabeles, y dijo:
Ahí están, como decía mi padre, ya siento el piafar de los caballos y la música de los cascabeles, abrásame fuerte mi pequeña, ya parto, me vienen a
buscar.
La tropa, de hacienda arisca costeaba la ruta, de tierra se tapaba el camino y Ramiro no vio el borde de la banquina, la mordió, la rueda y la dirección se atravesaron,
volcando sobre los animales en la bajada del cerro de las penas.
El camión dio dos vueltas despidiendo bártulos y gente en cada una de ellas y quedó ardiendo en pequeñas llamas que salían del destapado motor, luego explotó en
medio del polvo, el mugir de las vacas lastimadas y el griterío de los troperos. A Magui la encontraron los gauchos sentada en una piedra a unos cincuenta pasos del
infierno de llamas, humo y mugidos. No tenía ni un rasguño y uno de los paisanos que la vio salir despedida le preguntó cómo se llamaba y qué miraba en el cielo, a lo
que respondió:
Me llamo Magui y miro a mi abuela, subió por esa nube – señalando al cielo.
Pasaría más de un mes hasta volver a hablar, la carita estaba marrón de sudor pegado con tierra y las primeras gotas comenzaron a dejar gruesos surcos en los
pómulos. Cuando llegó la policía ya había comenzado un vendaval de agua, llovió tres días, casi 500 milímetros, el agua se llevó el incendio y todo rastro de quien era
aquella gente.
En Pueblo Paso, Julia Gomenzoro y Octavio Antúnez llevaban cinco años de casados, y ella los mismos años de profesora de idioma español, y él único hijo
vivo y manejando el establecimiento de la familia, distante 3 leguas del pueblo

Orden de autor: Estigarribia, Elbio
Orden de título: estrella de la tarde, La
Fecha: 12 ago 2016
uuid: ee2fd6c1-4fa0-470d-ae0a-0934faa5b602
id: 77
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 0.63MB

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