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La frontera sur – José Luis Muñoz

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Libro La frontera sur – José Luis Muñoz

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CAPITULO 1
a inmensidad de Los Ángeles no estaba diseñada a escala humana, como la verticalidad de Nueva York. La ciudad
californiana se extendía a lo largo y a lo ancho, como una mancha que se propagaba por un territorio indeterminado, sin
poner límites a su crecimiento. Ese carcinoma urbanístico era tan voraz que los mapas quedaban obsoletos en apenas
meses: atrapaba valles, escalaba montes, quería tocar el cielo con su Old Town desangelado de amplias avenidas saturado de
hoteles de lujo, con ascensores cápsula exteriores, que presidían arterias de denso tráfico. La segunda ciudad más grande de
Estados Unidos no tenía un centro urbano definido, sino que era una colección de comunidades individuales, y cada comunidad
ofrecía un carácter único y diferente, enlazadas unas con otras por una compleja red de caminos y carreteras. En aquella
conurbación gigantesca extendida entre colinas, cruzada por autopistas elevadas, sobrevolada a diario por centenares de
aviones que tomaban tierra en el propio centro, en el aeropuerto Los Ángeles Internacional, tras esquivar el prisma de
rascacielos, se daban cita la opulencia del primer mundo con la miseria del tercero. Ahumada desde primera hora de la mañana
por los millones de toneladas de monóxido de carbono de los miles de coches que la recorrían arriba y abajo de forma
frenética por sus enrevesadas arterias, adquiría, al atardecer, el tono anaranjado que le daba la arena en suspensión que
flotaba y sus habitantes habían incorporado a sus pulmones junto al humo de sus cigarrillos rubios. La megalópolis apaisada
por excelencia, la que ocupaba más metros cuadrados de Estados Unidos, frente a la ciudad vertical que era Nueva York,
comenzó a encender sus luces nocturnas a eso de las seis de la tarde. No hacía viento y las ramas de las palmeras oceánicas
colgaban lánguidas. No había olas, tampoco, en Palm Beach.
Los privilegiados, los que tenían un empleo remunerado y más o menos seguro, se habían situado en las afueras de la
ciudad desde que el centro era territorio de vagabundos, y las prostitutas daban un tono decididamente macarra a Hollywood
Boulevard con sus vestidos ceñidos de colores chillones y texturas plásticas, y sus gafas de sol extremadas. La gente honesta
huía hacia la periferia, escapando del vicio y el desarraigo que buscaba, precisamente, el centro de la ciudad para hacerse ver,
como ya sucedía en San Francisco o en Washington, cuyos centros urbanos habían sido tomados por ejércitos de homeless
que hasta plantaban sus tiendas de campaña frente a los jardines de la Casa Blanca. En uno de esos barrios del West Side,
que no era Beverly Hills, Century City, Brentwood ni Bel Air, en Westwood, una zona familiar habitada por clase media alta con
enjambres de casas clonadas que parecían brotar por geminación, envueltas por jardines de un verde irreal, siempre húmedos
por el agua de los aspersores, los niños jugaban a pelota por la ausencia casi total de circulación rodada en sus calles y el
american way of life se hacía presente en cada uno de los rostros felices con que uno se topaba y en el inefable olor a tarta de
manzana que flotaba en el ambiente, escapando de los hornos de los hogares. En el interior de una de esas casas en donde
el televisor está encendido desde la mañana hasta la noche. Allí.
—Mike, baja el volumen.
—Descuida, cariño. ¿Va bien así o todavía está alto?
—Más bajo, Mike. Molestas a Marc, que está estudiando.
Molestaba a Marc que estaba estudiando. Bien. Y Marc molestaba a su padre, que no podía escuchar tranquilamente el
partido de la Super Bowling entre los Chicago Bulls y los Fantasy de San Diego. Sólo que Mike Demon, es decir, el padre,
aportaba el cien por cien de los ingresos de esa mediana casa en las afueras de Los Ángeles, hipotecada al cincuenta por
ciento en el Abbey Bank, a sólo diez minutos de uno de los cinturones estratégicos de salida, en un barrio bastante exclusivo
de casitas con parterres delante de la entrada, garajes individuales, un guarda de seguridad que circunvalaba el barrio
cuando se hacía de noche y una turba de vecinos encantadores y sociales. «Mi barrio, mi casa, mi familia: los pilares, junto a mi
trabajo, de mi vida. Pero mi vida, últimamente, no me llena nada», pensó Mike Demon mientras bajaba el volumen de su
televisor con el mando a distancia.
—¿Quieres comer algo?
—¿Qué? —respondió con otra pregunta.
Los ojos de Sussy eran azules. Tenía una boca bonita, unos brazos largos, una cintura de avispa y un busto en armonía
con el resto de su cuerpo. Cuando Mike Demon era una cabeza loca dominada por la testosterona, aquella chica rubia y

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modosita apareció en su vida para imponer un poco de cordura; un orden que su desorden existencial reclamaba y acabó
agradeciendo. El Mike Demon de dieciocho años era un auténtico golfo a pesar de la rigidez en la que fue educado por un
padre estricto y religioso. O precisamente por ello.
Le cogió la mano, se la besó. Sabía lo feliz que le hacían esas pequeñas muestras de afecto que no costaban nada, como
decirle que ese día estaba más guapa, que la encontraba más joven.
—Me estás haciendo cosquillas —dijo, retirando la mano—. ¿Una ensalada?
—Una ensalada —repitió, apagando el televisor, poniéndose en pie, andando los seis pasos exactos que separaban el
cuarto de estar junto a la ventana de la casa y la escalera que subía a los dormitorios, del comedor, que se abría a la cocina,
una cocina amplia en la que sobraban metros ya que nadie cocinaba nada, puesto que ya todo eran platos precocinados que
iban directamente al microondas, con una nevera que llegaba hasta el techo, expendedora de hielo, de agua fría, llena no de
comida sino de bebidas, de multitud de refrescos con gas, de algunas cervezas con alcohol como la que cogió, una Bud en lata,
helada, que abrió y vertió en un vaso de whisky, ancho, pesado por ancho, opaco, mientras se sentaba y contemplaba a Marc,
buen chico, imagen suya, de su abuelo, ojos de su abuelo, el mismo tic nervioso, hasta el movimiento de cejas automático que
acabará dibujando un par de arrugas paralelas en el entrecejo prematuramente, dando cuenta de su pizza peperone que
chorreaba queso, grasa, su favorita.
—¿No come demasiadas pizzas este renacuajo?
No le contestó su esposa, quizá porque no lo oyó o porque no quiso oírlo, o porque lo oyó y desistió de contestarle.
—¿Quién ganó?
—Chicago Bulls.
—¿Un partido emocionante?
—Superioridad desde que saltaron a la cancha. No hay color entre los pívot. Malone estuvo bien, a secas. Magic soberbio,
como siempre, dando juego. ¿Está aliñada la ensalada?
—Ponte salsa de queso —le alargó el frasco Suzanne.
—¿Desde cuándo te interesas por el baloncesto? —preguntó mientras engullía una hoja de lechuga insípida, un tercio de
tomate con el gusto del plástico que lo envolvía y un picatoste de pan frito en aceite de soja que le sabía a gloria.
—No me interesa el baloncesto. ¿Y a ti la literatura?
—Claro. ¿Qué lees? ¿Ken Follet? ¿Es a Ken Follet a quien lees? Ese tipo está forrado. Este es un país en el que se gana
dinero hasta con la literatura. Lo entrevistaron el otro día por televisión y hablaba de cómo construía sus

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novelas y del equipo
de gente que tenía a su alrededor, los especialistas en temas que documentaban sus libros. Era algo como una fábrica
literaria, un lugar del que salían las novelas manufacturadas con precisión. Muy interesante

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