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La hija del laird – Sophie West

La hija del laird – Sophie West

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La hija del laird – Sophie West

Dos sombras se deslizaban entre las callejuelas estrechas de Aguas Dulces. Iban agazapados, huyendo de las luces que emanaban de las antorchas de las pocas
personas que todavía se movían por las calles, guardias en su mayoría, que hacían las rondas para mantener la tranquilidad en el pueblo que había crecido a lo largo de
los años, rodeando las murallas del castillo.
La luna llena les era suficiente para poder ver dónde ponían los pies, y no tropezar con algo. Se movían como fantasmas recién salidos de sus tumbas, en completo
silencio, atentos a cualquier movimiento que pudiera producirse a su alrededor.
Solo tendrían una oportunidad de conseguir su objetivo, y sabían que fallar no era una opción si querían mantener la vida, pues si eran apresados, con toda
seguridad el laird MacDolan los colgaría sin dudarlo ni un instante.
Gawin maldijo su mala suerte una vez más al recordar cómo había llegado a esta situación. Era un MacKenzie, el hijo pequeño del laird de su clan; provenía de un
linaje antiguo que se remontaba a la era de los druidas, cuando ni siquiera los romanos habían pisado sus tierras, y no pensaba consentir una afrenta a su dignidad como
la que estaba sufriendo. Su orgullo y amor propio habían sido seriamente heridos, y esta era la única manera que conocía de restablecerlos, a pesar del riesgo para su
vida.
Contra su pecho, debajo del jubón, guardaba la carta que Rosslyn le había escrito anunciándole su inminente viaje a Aguas Dulces, junto a su padre, para conocer
brevemente a su prometido antes de los esponsales. En ella le decía adiós pues, aunque su corazón siempre le pertenecería a él, debía hacer honor a la palabra de
matrimonio dada por su padre a Lean MacDolan, el laird de Aguas Dulces.
Pero Gawin no podía permitirlo. Rosslyn y él se amaban desde que eran niños. Siempre habían soñado que formarían una familia juntos, y así hubiera sido si
Evanna, la hermana mayor de Rosslyn, no hubiera muerto seis meses atrás de una enfermedad fulminante que se la había llevado en apenas una semana. Evanna era la
prometida de Lean, y no Rosslyn; pero a la muerte de la primera, el padre de su amada había negociado en secreto un nuevo compromiso con el MacDolan. Ambos
ansiaban la unión de los dos clanes, pues esta alianza los convertiría en los más fuertes de todas la Highlands, y el Douglas se aseguraba un sucesor digno cuando él
muriera, pues Dios no lo había bendecido con ningún hijo varón que heredara sus tierras.
Pero él sabía que también podría ser un digno sucesor como laird de los Douglas cuando se casara con Rosslyn. Su padre, el MacKenzie, se había ocupado que
tanto él como su hermano mayor estuviesen igualmente preparados para gobernar, pues nadie sabía qué podía deparar el futuro.
—Sigo sin tener clara esta locura, Gawin —susurró Craig contra su espalda mientras seguían deslizándose por las sombras, cada vez más cerca del torreón donde
sabía, estaban los aposentos de su amada.
—Nadie te ha obligado a venir —contestó, conteniendo su impaciencia, pues su amigo había estado rezongando la misma letanía desde el momento en que
abandonaron su hogar para venir aquí.
—Que haya venido por mi propia voluntad, no quiere decir que me guste tu idea.
—¿Entonces por qué has venido?
—Porque alguien tiene que vigilarte las espaldas, maldita sea. No podía permitir que vinieras solo, y estaba claro que no había nada que pudiera hacerte cambiar de
idea.
—Solo la muerte podrá obligarme a renunciar a Rosslyn —sentenció con voz dura, queriendo terminar así la absurda discusión.
Craig apretó los dientes, consciente de que discutir con Gawin solo llevaría a que sus susurros fueran oídos por alguno de los guerreros que hacían guardia en las
murallas, dando la alarma de su presencia.
Por fin llegaron a los muros del torreón, y Craig miró hacia arriba, rascándose la cabeza. Su ensortijado pelo rojizo, rizado y enmarañado, a duras penas percibió la
intrusión de su mano.
—¿Estás seguro que puedes escalarlo? —le preguntó, dudando de la habilidad de su amigo. Era cierto que Gawin era muy ágil, y desde pequeño había desarrollado
la peligrosa habilidad de escalar los muros como si fuese una lagartija; pero la torre se alzaba ominosa ante ellos, y la única luz que iluminaba sus paredes era el tenue
resplandor de la luna, que podría ocultarse tras las nubes en cualquier momento, dejándolo a ciegas y colgado como un fiambre.

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—Llevo dos días observando estos muros. Puedo hacerlo con los ojos cerrados.
—Está bien. Acepto que puedes subir hasta los aposentos de Rosslyn. Pero, ¿y si ella se niega a venir contigo? ¿Cómo lo harás? Porque no será fácil bajar con ella
a cuestas, si se resiste.
Gawin llevaba una gruesa y larga cuerda enrollada alrededor de su torso, con un resistente garfio de hierro atado en uno de sus extremos. El plan era subir hasta la
ventana de Rosslyn, afianzar el gancho en el alféizar, tirar la cuerda llena de nudos hasta abajo, y utilizarla para que ambos pudieran bajar por allí hasta el suelo. El plan
era sencillo y viable, siempre que Rosslyn colaborara. Su amada no era una muchacha remilgada y miedosa.
—No se negará —afirmó, terco, negándose a pensar siquiera en la posibilidad de que ella lo rechazara después de haber ido hasta allí para rescatarla de un
matrimonio que no quería ni deseaba.
—Te envió una carta.
—Estoy seguro de que fue su padre quién la obligó a escribirla. Nada de lo que me decía tenía sentido.
—Pues yo creo que sí lo tenía. Para las mujeres, el honor es tan importante como para nosotros, y ella no querrá faltar a la palabra dada por su padre.
—Vete al infierno —le espetó mientras miraba hacia arriba del muro—. La bajaré a la fuerza si es necesario.
—Os mataréis los dos.
Gawin no contestó. Giró el rostro para mirar a su amigo con fijeza, y un brillo acerado y mortal refulgió en lo más profundo de sus ojos, haciendo que Craig se
estremeciera. Esos ojos no parecían humanos, sino sacados de los cuentos que su madre le narraba delante del fuego del hogar, durante las frías noches de invierno;
historias aterradoras de hombres que se convertían en lobos, de brujos y hechiceros, de demonios que habían escapado del infierno y caminaban bajo la luz del sol.
Gawin empezó a subir por el muro aferrándose a las piedras salientes mientras Craig permanecía abajo persignándose una y otra vez, alzando una plegaria a Dios
para que su mejor amigo no acabara estrellado contra el suelo por culpa de su mal entendido orgullo.
Capítulo uno.
El vagabundo.
Habían pasado seis meses desde su despedida de Blake y Maisi. Seis meses en que había estado vagando sin rumbo fijo, de taberna en taberna, y de cama en
cama. Seis meses en que se sentía feliz por ellos, por haber conseguido tener la oportunidad de construir un futuro juntos, pero en que había sentido, más que nunca, la
ausencia de Seelie.
Se echó hacia atrás y apoyó la espalda en la pared de la taberna. Estaba sentado en un rincón cerca del fuego, como siempre, con la espalda protegida y las
puertas a la vista. Fijó los ojos en la tabernera que lo había servido hacía un rato, coqueteando con él. Deambulaba entre las mesas, riendo y provocando a los
comensales, instándolos a beber y comer más.
Todo estaba tranquilo, un perfecto anochecer de finales de verano. Pronto llegaría el otoño, y con él, el frío, la lluvia y después, la nieve.
Echaba de menos su casa, su hogar. Los últimos días le estaba rondando la idea de volver a Aguas Dulces, por lo menos una temporada. Descansar, tornar a ver a
los suyos, abrazar a su padre y sus hermanos… sería una prueba de fuego, regresar a los lugares en los que había sido feliz con Seelie, y mantenerse cuerdo.
Pero no sabía si estaba preparado.
La moza de la taberna se acercó a él, contoneando las caderas. Adornó su rostro con una sonrisa y se sentó a su lado. Descarada, le puso una mano en la pierna y
se arrimó, susurrándole al oído:
—Tengo algo para vos, entre mis piernas. ¿queréis verlo?
¿Lo quería? Por supuesto.
—¿Y a dónde tengo que ir, para que me lo mostréis, muchacha?
—Solo tenéis que seguirme…
Se levantó y él la siguió. En la parte de atrás de la taberna había una habitación con un camastro, pero Kenneth no tenía ganas de camas. La cogió por el pelo y la
arrimó a él, agresivo.

La hija del laird – Sophie West

—Venid aquí, muchacha. Dejadme ver qué tenéis…
Ella se deshizo con rapidez del vestido, dejándolo caer al suelo, mostrándose sin pudor ni vergüenza.
—¿Qué os parece? —le preguntó, sonriendo provocadora mientras recorría su

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