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La llave maestra – D. M. Pulley

La llave maestra – D. M. Pulley

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Resumen y Sinopsis De 

La llave maestra – D. M. Pulley

Sábado, 8 de agosto de 1998
Iris Latch se incorporó como un resorte. El reloj sonaba con furia. Eran las 8:45 de la mañana y supuestamente debía estar en el centro de la ciudad en menos de quince
minutos. Mierda. La alarma llevaba sonando media hora seguida. Casi hacía vibrar las raquíticas paredes de su apartamento, pero, sin saber cómo, ella se las había
arreglado para seguir durmiendo con el ruido. Se despegó las sábanas y corrió hacia el cuarto de baño.
No había tiempo para darse una ducha. En su lugar, se echó agua fría a la cara y eliminó el sabor a cenicero sucio de la boca con el cepillo de dientes. Ni
siquiera se cepilló el cabello castaño estropajoso antes de hacerlo pasar por una goma. Se embutió en una camiseta y unos vaqueros y corrió a la puerta. En los días
buenos, Iris resultaba bastante atractiva pese a su complexión alta y desgarbada y el pelo largo, sobre todo si se acordaba de no dejar caer los hombros; pero este no era
un día bueno.
El sol matutino se le concentraba en los ojos como la luz de la lámpara de un interrogatorio. Sí, oficial, anoche bebió. Sí, le dolía la cabeza. No, no era la
persona de veintitrés años más responsable que hubiera bajo ese sol cegador. En su defensa se podía decir que estaba absolutamente destrozada por tener que trabajar
un sábado. Los fines de semana no se debería sacar a nadie de la cama a esas horas. Por desgracia, se había ofrecido voluntaria para esa basura.
A principios de semana, el señor Wheeler le pidió que acudiera a su despacho. Era el jefe de su Departamento, uno de los socios principales de la empresa, y
podía despedirla de inmediato. Era como tener que presentarse ante el director.
Iris, ¿qué tal te va el trabajo hasta ahora por aquí en WRE?
Mmm… Está bien dijo tratando de que no sonara tan desagradable como de verdad le parecía. He aprendido mucho añadió con el tono de voz de
las entrevistas de trabajo.
Detestaba su empleo en Wheeler Reese Elliot Architects, pero no podía decírselo tan claramente a él. Un día tras otro, lo único que hacía era marcar copias
de planos con un rotulador rojo. Centenares de hojas de papel, que mostraban hasta el menor detalle de las varillas de acero corrugado de cada una de las vigas de
hormigón… y tenía que comprobarlas todas. Era una labor tediosa y desmoralizadora, sobre todo porque ella estaba cualificada para hacer mucho más. Se había
doctorado cum laude en la Universidad Case Western Reserve. Le habían prometido trabajar en proyectos de diseño estructural «innovadores», pero al cabo de ya tres
meses de su gran trayectoria profesional de ingeniera su trabajo consistía únicamente en hacer marcas mecánicas en un papeleo tonto. Ese mismo lunes, en un ataque de
desesperación, se lo dijo a Brad, el tutor que le había asignado la empresa. Al día siguiente estaba sentada en el banquillo enfrente del señor Wheeler. Brad la había
delatado. ¿Iban a despedirla? Sentía mariposas histéricas en el estómago.
Bueno, Brad piensa que tiene usted la cabeza bien amueblada. Tal vez esté preparada para un pequeño cambio de orientación dijo el señor Wheeler
brindándole una sonrisa corporativa.
¿Eh? ¿A qué se refiere?
Acabamos de desembarcar en un proyecto un tanto inusual. Los socios creen que usted podría encajar muy bien en él. Supone hacer trabajo de campo.
Trabajo de campo significaba salir de su espantoso cubículo.
¿En serio? Suena interesante.
Estupendo. Brad la pondrá al día para que se familiarice enseguida con los detalles. Este proyecto es de un carácter bastante delicado. El cliente confía en
que mantengamos la confidencialidad. Les agradeceré a los dos que estén dispuestos a hacer horas extras. No pasará inadvertido.
El señor Wheeler le dio una palmadita en la espalda y cerró la puerta de su despacho de directivo, con vistas a dos alas. La sonrisa de Iris se vino abajo en las
comisuras. Había trampa. Brad le explicó después que tenían que trabajar el fin de semana. Gratis.
Era una desgracia absoluta, pensó Iris mientras apretaba los dientes, se sentaba al volante y aceleraba su herrumbroso Mazda gris calle abajo. En el
semáforo, pescó una botella de Coca-Cola light medio vacía del suelo desordenado del vehículo y encendió un cigarrillo. ¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿Decir
que no?
Cuando el automóvil se aproximaba al centro de la ciudad, Iris reparó en que no tenía la menor idea de adónde diablos iba en realidad. Revolvió en el bolso
para buscar la dirección que había anotado. Cigarrillos, encendedor, lápiz de labios, recibos… Vació el contenido del bolso sobre el asiento del copiloto sin quitar un ojo
de la carretera.
Tronó un claxon. Levantó la vista justo a tiempo para virar y evitar golpear a un camión de basura que se aproximaba. Clavó los frenos y detuvo el vehículo
con un chirrido de las ruedas.
¡Mierda!
El montón de basura del asiento del copiloto salió volando hasta el suelo. El trozo de papel perdido aterrizó encima. Lo recogió y leyó:
1010 de Euclid Avenue
First Bank of Cleveland
Estacionar en la parte de atrás
En el cruce de East Twelfth Street y Euclid Avenue, el reloj del salpicadero cambió a las 9:15. Brad estaría esperándola en la puerta, dando golpecitos en el
suelo con el pie, mirando su Seiko y lamentándose de haber recomendado a la poco fiable chica nueva para ese trabajo de campo. Metió todo de nuevo en el bolso
mientras el semáforo tardaba una eternidad en cambiar.
El edificio del 1010 de Euclid Avenue se le apareció junto a la ventanilla en forma de mancha de piedra y cristal. Mierda. Su automóvil cruzó a toda
velocidad un semáforo muy amarillo que dejó atrás en East Ninth Street y, a continuación, giró por Huron Street. Debería haber sido la parte trasera del edificio, pero
las únicas señales que había decían «No Estacionar». Iris empezó a sentir pánico. Huron Street la sacaría a East Fourteenth Street antes de que pudiera dar la vuelta. No
había tiempo para tanto. Ya llegaba muy tarde para tratarse de su primer encargo fuera de la oficina.
Se detuvo en un estrecho acceso para vehículos que desembocaba en la puerta cerrada de un garaje. Era idéntica a las otras puertas de carga y descarga
desocupadas que se alineaban en la calle. Ambos lados de la acera estaban vacíos, y la calle estaba muerta. La mayor parte de Cleveland era una ciudad fantasma los
fines de semana. Por encima de ella, un edificio de oficinas de quince plantas manchado de hollín se proyectaba hacia el cielo. La mitad de las ventanas estaban cubiertas
por tablones podridos, y las interminables hileras de ladrillos estaban desdibujadas. ¿Era ese el edificio? Al

Pages : 162

Autor : D. M. Pulley

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La llave maestra – D. M. Pulley

estirar la cabeza hacia arriba tuvo la sensación de que iba a
desprenderle del cuello. A veces, las resacas tardan realmente un tiempo en aliviarse. Entornó los ojos

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