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La luna en tus manos – Rohard 3 – Rita Morrigan

La luna en tus manos - Rohard 3 – Rita Morrigan

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Resumen y Sinopsis De 

La luna en tus manos – Rohard 3 – Rita Morrigan

muestras del amor que se profesaban.
Hija mía dijo al fin su padre, irguiéndose y volviéndose hacia ella, estás absolutamente radiante. Debes disculparme, pero me cuesta hacerme a la idea de que ya
eres toda una mujer. De hoy en adelante tendremos que empezar a prepararnos para la turba de admiradores que se amotinará a nuestra puerta.
Aquella ocurrencia hizo reír a María. Tras abrazar y besar a su padre en la mejilla, sus hermanos fueron acercándose para felicitarla.
Muchas felicidades, hermanita exclamó Martha, que fue la primera en abrazarla, seguida por su esposo. Estás arrebatadora, y creo que hoy varios herederos van
a caer rendidos a tus pies.
Dios mío, espero que no respondió ella horrorizada, lo que las hizo reír a las dos.
María suspiró aliviada. Habiendo obtenido la aprobación de su padre, ahora solo faltaba otra opinión trascendental. Su mirada se movió con avidez por todo el vestíbulo
en busca de Eric Nash, el héroe de su infancia. Y el dueño de su corazón.
Capítulo 2
¡Quieres estarte quieto! exclamó el señor Lezcano.
Eric Nash miró a su padre adoptivo con una mueca de fastidio antes de apartar las manos de su desastrosa corbata.
Eric, hijo, ¿por qué no aceptas de una buena vez un ayuda de cámara que te eche una mano con las corbatas? Así dejarías de ir por ahí con estos nudos espantosos.
Me visto solo gruñó el joven como respuesta.
Diego Lezcano terminó de arreglarle el lazo sin apenas poder disimular la sonrisa pues, aunque Eric se reservaba su opinión, sabía exactamente lo que pensaba en aquella
ocasión: que un ayudante para vestirse no era más que otra de las tantas invenciones estúpidas que los ricos se permitían…, a pesar de que ello implicara ir siempre con
el nudo de la corbata hecho un completo desastre.
Eric observaba al señor Lezcano desde arriba, ya que a sus veintisiete años le superaba en estatura en varias pulgadas. Miró la expresión divertida en el rostro maduro y
se sorprendió al comprobar lo poco que había cambiado desde que le había conocido, aquel día en que trató de robarle la cartera en una de sus aventuras de ratero por las
calles londinenses; tan solo unas canas plateadas en las sienes y apenas unas arrugas junto a las pestañas eran los únicos signos con los que el tiempo había marcado el
aspecto de aquel hombre formidable.
Ya está informó satisfecho. Y ahora, no tires de él o lo estropearás otra vez.
Estirando el pescuezo, Eric introdujo un dedo en el alto y rígido cuello de su camisa de gala.
¿Quién inventaría algo tan absurdo?
La carcajada del padre atrajo la atención de todos sus hermanos, congregados en el vestíbulo mientras esperaban a que su madre y María se les unieran.
No lo sé contestó el señor Lezcano con la voz afectada por la risa.
Mientras su poco usual familia esperaba a dos de sus miembros más importantes, la mayor parte de la alta sociedad británica disfrutaba ya de la música de la orquesta
en el salón de Lezcano’s House, la mansión que el señor Lezcano había construido después de su matrimonio con lady Mary en la finca en la que residía el hermano de
ella, y también su socio. Aunque las dos mansiones estaban en la misma propiedad, el bosque de Sweet Brier Path se alzaba entre ambas casas, permitiendo a las dos
familias mantener cierta intimidad.
Eric permaneció de pie en el vestíbulo mientras Martha supervisaba el aspecto de todos los hombres de su familia, incluidos su marido y su padre. Cuando le tocó el
turno, su hermana le observó de arriba abajo con gesto apreciativo.
Vaya, Eric, hoy estás francamente elegante.
Él bajó la cabeza observándose a sí mismo; su traje de gala estaba impecable.
¿Quiere eso decir que normalmente no soy elegante? preguntó con una sonrisa.
La cantarina risa de Martha se elevó sobre el sonido de la música y las animadas charlas de sus hermanos.
Eric, sabes que te quiero aseguró ella antes de darle un fraternal abrazo, pero normalmente tu aspecto se parece más al de un mendigo que al de un exitoso
hombre de negocios.
Sonriendo, él no pudo evitar pensar con ironía que jamás había dejado de parecer aquello que en realidad era: un chico de la calle. Su hermana regresó al lado de su marido
y lo tomó del brazo. Eric observó el rostro de hombre enamorado del capitán Howard y exhaló un suspiro de sosiego. Porque aquella muchacha que había cuidado de
todos ellos durante los duros años de supervivencia en las calles de Londres se había convertido en una radiante dama, feliz al lado de un compañero que la cuidaba y
con quien pronto formaría su propia familia.
Los ojos de Eric recorrieron el resto de la comitiva que se reunía en el vestíbulo. Vestidos con sus mejores galas, Peter, Paul y Archie se esforzaban en mantener la
compostura mientras se lanzaban pullas en voz baja. Lizzie se movía inquieta junto a ellos, impaciente por comenzar el primer baile junto a su prometido. Y Magpie,
que parecía igual de intranquilo que Lizzie, tenía sus mismos problemas con el lazo de la corbata.
Todo aquello terminó por arrancarle otra sonrisa a Eric. Siempre le había encantado la familiaridad que se había dado entre ellos, incluso cuando su vida no era nada fácil
y malvivían en las calles de Londres. Cuando tan solo eran unos niños, cada uno con una historia triste a la espalda, que celebraban a diario que seguían vivos. Eric los
había conocido durante una fría noche de invierno en la que debió refugiarse en una fábrica abandonada para no morir congelado, un lugar que llevaba varios meses
ocupado por ellos; el mismo tiempo que el grupo había tardado en formarse, tras descubrir que la supervivencia era más sencilla si permanecían juntos.
Lizzie trabajaba de criada en una buena casa en la que no le pegaban; Peter era el ayudante de un deshollinador que lo maltrataba, hasta que decidió abandonarlo y
comenzar a limpiar las chimeneas londinenses en solitario; Paul y Archie ayudaban a descargar los pesados fardos que los barcos traían a la capital, y Robert, al que
antes de la adopción de los Lezcano conocían como Magpie, había desarrollado un excepcional talento para el hurto.
Todos acogieron a Eric como a uno más, sin juicios ni preguntas; quién era o de dónde venía les traía sin cuidado, pues ninguno hablaba de su vida antes de llegar a la
fábrica. Lo único que le pedían a cambio de guarecerse junto a ellos era que contribuyera con sus ganancias; y desde que había llegado a Londres, sus ganancias habían
aumentado de forma considerable. Eric era perfecto conocedor de su habilidad para vaciar los bolsillos de los caballeros desde mucho antes de llegar a la capital; sin
embargo, allí descubrió que ningún bolsillo estaba mejor surtido que el de los londinenses, mucho más que los de su Cork natal.
Martha tenía tres años más que Eric y siempre se ocupó de la administración de su peculiar asociación. A su regreso diario a la fábrica cada uno le entregaba el dinero
con el que ella compraba comida, pues era la única que sabía cocinar. Cuando la ropa se les quedaba pequeña o iba tan remendada que se caía a trozos, Martha les
acompañaba a comprar una nueva; conocía las tiendas de Londres como la palma de su mano, a los tenderos más honrados, y manejaba el regateo como nadie para lograr
los mejores precios.
Sin embargo, Eric pronto se ganó cierta cota de autoridad dentro del grupo; tal vez porque a sus ocho años era el mayor de los varones, o porque las sustanciosas
ganancias de sus actividades hacían posible la adquisición de cosas que nunca se habían podido permitir. El hecho era que siempre le esperaban para tomar decisiones y
todos escuchaban atentos sus opiniones.
Su madre había muerto cuando era muy pequeño y su padre, un carnicero de Cork, era una mala bestia que le molía a palos desde que tenía uso de razón. Entre aquellos
niños, Eric encontró seguridad y algo parecido al afecto. Era lo más semejante a un hogar que había tenido nunca. Hasta que un día, mientras vaciaba los bolsillos de los
ricos hombres de negocios en la plaza St. James, se topó con el hombre que cambiaría su vida. Después de intentar robarle sin demasiado éxito, el señor Lezcano le
sorprendió con una oferta de trabajo algo inusual: seguir a lady Mary Luton, la joven hermana del conde de Rohard. Eric jamás se hubiera imaginado que aquellas dos
personas iban a significar tanto; y no solo para él, sino para todos sus amigos. Si junto al señor Lezcano había descubierto el afecto de un padre y el respeto infundido
sin necesidad de golpes, junto a su esposa había hallado a la perfecta madre: amorosa, expresiva y firme.
A pesar de que lady Mary y el señor Lezcano únicamente eran los padres biológicos de María, tanto Eric como sus amigos encontraron en Sweet Brier Path un
verdadero hogar. Allí entendieron algo tan importante como que la vida no solo tenía que costar trabajo, sino que podía ser divertida.
Todos conocieron al fin lo que significaba dormirse sin pensar cómo ganarse la comida del día siguiente, o algo tan maravilloso como malgastar el tiempo jugando, o
recibir regalos por el simple hecho de cumplir años.
¡Maldita, maldita seas!
La blasfemia en voz baja de Magpie arrancó a Eric de sus cavilaciones. Su hermano pequeño tiraba con violencia de lo que era ya un desastroso colgajo de tela en su
cuello. Observó al señor Lezcano, quien en aquel momento hablaba con el mayordomo sobre alguna incidencia del baile, y decidió acudir en ayuda de Magpie.
¡Quita las manazas! exclamó empujando sus antebrazos hacia abajo.
Su hermano suspiró de frustración, mientras él trataba de arreglar el aspecto de su corbata.
Las odio, las odio muchísimo susurró Magpie achicando los ojos. No sirven para nada, y
no entiendo por qué la gente se empeña en decir que son elegantes.
Eric estiró la tela del lazo para eliminar una arruga y suspiró.
Son elegantes aseveró, y puedo asegurarte que nadie en el mundo las odia más que yo.
Magpie achicó los ojos con suspicacia.
¿Qué te apuestas?
La respuesta hizo sonreír a Eric; aquel chico no tenía remedio. Le conocía desde antes de que aprendiese a hablar, y el hecho de que fuera el más pequeño del grupo le
había llevado a ser protegido por todos, por Eric el que más, pues como hermano mayor siempre había sentido una especial predilección que era mutua. Por ello seguía
preocupándole su seguridad, ya que, si de niño demostró gran habilidad para desvalijar los bolsillos más acaudalados del reino, con la edad había aprendido a hacerlo de
forma legal. Magpie era ya toda una leyenda en las mesas de juego de la capital y había hecho saltar la banca en tantas ocasiones que tenía prohibida la entrada a todos
los clubes de juego londinenses. Pero esto no había ensombrecido su fama, sino todo lo contrario: su
popularidad como buen jugador había traspasado fronteras, y eran muchos los que viajaban a Londres para enfrentarse a él en alguna de las exclusivas y clandestinas
partidas de naipes organizadas en las mansiones de la ciudad.
Tras arreglar el lazo a su hermano, Eric volvió a ocupar su lugar en el vestíbulo al lado del señor Lezcano, pensando que su madre y María ya se retrasaban demasiado.
Consultó su reloj de bolsillo con una mueca de aburrimiento, imaginándoselas arriba mientras ultimaban cada detalle de sus vestidos de fiesta. Hacerles esperar era muy
típico de ambas, ya que, si lady Mary manifestaba especial esmero en la apariencia de toda su familia, su hija había heredado esa especie de diligencia y cuidado por
todo cuanto la rodeaba.
Sin darse cuenta, un gesto de ternura suavizó los rasgos de Eric en cuanto la imagen de María se formó en su mente. Si la seguridad de Magpie le preocupaba por su
inclinación al juego, la de María le inquietaba desde que era tan solo una niña curiosa que le perseguía a todas partes. Pensándolo mejor, su seguridad le preocupaba
desde incluso antes; tal vez porque el primer recuerdo que Eric tenía de su propia infancia eran los golpes de su infame padre, desde que había visto a María por primera

Pages :109

Autor De La  novela : Rita Morrigan

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La luna en tus manos - Rohard 3 – Rita Morrigan

vez en su cunita, inocente e indefensa, un intenso sentimiento de protección se había instalado dentro de él. Y aquella sensación no había hecho más que crecer al mismo
tiempo que ella lo hacía. ¿Porque era la más pequeña y él siempre

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