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La luz en la niebla – Rafael M. Sanz

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Resumen y Sinopsis De 

escurrirse cada vez un poco más dentro de la balsa, impotente. Al final ya no hizo ruido, solo se fue hundiendo poco a poco, despacio, agotado. Lo último que vi fue la
boca y la nariz del niño desapareciendo bajo la superficie inmóvil del agua, como un pequeño delfín que se sumerge después de tomar aire.
Clavé mi mirada en un pico de la sierra, a lo lejos, y me concentré en el sonido de mi respiración para borrar aquellas imágenes de mi mente. Era lo que siempre hacía
para dejar mi mente en blanco: dejar la vista clavada en un solo punto y concentrarme en escuchar el sonido de mi respiración. Mientras corría me resultaba fácil hacerlo;
por eso lo ejercitaba cada mañana, sabía que lo necesitaría a lo largo del día.
Para cuando llegué a casa, con la camiseta pegada a mi espalda por el sudor, el tormento del niño ahogado había amainado. Me di una ducha rápida, me dirigí a la
habitación que hacía las veces de despacho y me senté frente a las tres pantallas de ordenador con las que trabajaba. No tenía ningún proyecto en marcha, así que revisé
las ofertas que me habían llegado en los últimos dos días. Hacía tiempo que no necesitaba buscar proyectos en las páginas de freelancers, tenía ya la suficiente
reputación y un buen número de clientes fijos como para eso. Ahora elegía los encargos con los tiempos de entrega más largos, es decir, lo que podía cumplir sin
necesidad de trasnochar ni hincharme a café; dos de las cosas que atraían a los sueños más devastadores.
Aquel día me decanté por un proyecto para desarrollar una aplicación móvil. Comparado con lo que había hecho en otras ocasiones, eso lo podía hacer con una mano,
pensé. Le mandé el correo de aceptación al cliente y me puse a trabajar en ello. Por la noche iría a ver a Elena; lo sabía desde que había contestado a su llamada en la
mañana. Así que, aunque no me quedaría hasta demasiado tarde, procuré avanzar todo lo que pude para descansar un rato antes de bajar a la ciudad.
Elena me esperaba en la puerta del local donde habíamos quedado.
El lugar estaba en una de las zonas abarrotadas de bares de Madrid, por lo que dejé el coche en un parking un poco alejado y caminé un trecho hasta llegar. La ciudad
comenzaba a abandonar el ritmo diurno y a sacar a la calle a los cientos de grupos de personas que la recorrerían aquella noche. De camino, mientras andaba cuesta arriba
por una calle ancha y bulliciosa, me asaltaron los recuerdos de cuando yo residía en una zona similar a aquella, con toda la vida nocturna a mano; del bullicio, las fiestas,
los amigos… y de las pesadillas que en aquellos días me acompañaban.
Me di cuenta de que había llegado a mi cita con bastante antelación. Tal vez era mi subconsciente el que tiraba de mí para disfrutar un poco del ruido y el ritmo de la
ciudad, pensé. De cualquier manera, me sorprendió que Elena ya estuviera allí.
Pensé que iba a tener que esperarte dije antes que me viera.
¡Sorpresa! gritó sonriendo y levantando los brazos.
Me abrazó con un poco más de fuerza de lo habitual. Hacía tiempo que no nos veíamos y era una fecha especialmente difícil para los dos. La estreché con cariño
entre mis brazos.
Estaba tan guapa como siempre. Aunque entre hermanos es difícil ser imparcial, reconozco que Elena siempre va especialmente arreglada y cuidada. Su media melena
oscura suelta, una camiseta clara de delgadísimos tirantes y una falda que bailaba entre sus piernas al caminar la hacían parecer al mismo tiempo delicada y desenvuelta.
Sin duda ella había heredado toda la parte de coquetería de la familia; yo nunca pensaba más de cinco segundos lo que me iba a poner para cualquier ocasión.
Vamos adentro dijo al soltarme, así nos tomamos la primera antes que vengan los demás.
La larga barra de azulejo y metal estaba completamente vacía a aquella hora, pero no tardaría demasiado en verse repleta de codos, de vasos y de charlas. Dos
camareros jóvenes y delgados apilaban torres de vasos limpios y preparaban bandejas de tapas detrás de los grifos de cerveza, que chorreaban condensación. Elena y yo
nos acomodamos en sendos taburetes bajos alrededor de una mesa de madera en un rincón, al fondo del bar.
Te ves fenomenal dije.
Era verdad. Estaba realmente radiante.
Una, que está contenta.
Ah, ¿sí? sonreí. Y ¿quién es el afortunado?
Me dio una ligera palmada en el brazo y soltó una carcajada.
¡No me has dado ni tiempo de contártelo! ¿Tanto se me nota?
Es que soy el hermano mayor. No me puedes ocultar nada.
Se rio con un sonido alegre y armónico, que me llenó de una cálida sensación de alegría.
La había visto con un chico, hacía más o menos un mes, en uno de mis pocos sueños que no acababan en desgracia. Iban paseando por una calle, cogidos de la mano y
riéndose con otros amigos, cerca de casa de mi hermana. Recuerdo que desperté con la misma suave satisfacción que me invadía en ese momento.
Me hizo una breve reseña de Alberto: amigo de una amiga, buen chico; no demasiado guapo, pero muy divertido. Un tipo majo y serio, me dijo, con un buen trabajo y
los pies en la tierra. No le pregunté a qué se refería con lo de los pies en la tierra, pero me hice una idea al pensar en la serie de “Peter Panes” con los que había salido mi
hermana casi toda su vida.
Se interrumpió a sí misma y levantó la cabeza hacia la puerta a mis espaldas.
Ahí llegan los primeros dijo.
Antes de cortar el momento de confidencias, me puso la mano sobre el brazo y me preguntó con voz suave:
¿Y tú cómo estás?
Aunque sabía muy bien a qué se refería, intenté escabullirme.
Muy bien, ¿no se nota? le contesté haciendo un barrido de mi cuerpo con una mano.
¿Estás tranquilo? ¿Puedes descansar?
Me sabía mal mentirle, pero preferí darle un poco de tranquilidad. Así que apoyé mi mano encima de la suya, le sonreí y le dije:
Estoy bien, mejor de lo que he estado en mucho tiempo. No te preocupes por mí.
Tan pronto acabé de decirlo, Elena se puso de pie para saludarles. Yo giré sobre mi taburete y vi a Alberto y a otra chica. Efectivamente, él no era el tipo mejor
parecido del bar, pero tanto él como Elena tenían esa sonrisa estúpida que se dibuja en la cara de quienes no tienen más problema en la vida que estar lejos el uno del
otro. Con la otra chica yo ya había coincidido en alguna ocasión.
Dani, este es Alberto me presentó mi hermana mientras yo estrechaba la larguirucha mano del joven. Y esta es Sara añadió señalándome a la chica.
Los ojos marrones, grandes y brillantes de Sara me miraron como si sonrieran, haciendo aparecer una sonrisa torpe en mis labios. No tuve ninguna duda: aquella cara
me sonaba de antes, y recordé que ya me había parecido guapa cuando la vi por primera vez.
Sí, creo que hemos coincido alguna vez dije al darle dos besos.
Sara frunció el ceño ligeramente.
Creo que me estás confundiendo con otra persona dijo medio divertida, medio sorprendida.
Sus ojos seguían sonriendo al hablar y, si no me hubiera quedado prendado de ellos, me habría dado cuenta de mi error antes de insistir.
No, no, seguro que nos hemos visto antes…
Elena me cortó.
No puede ser. Sara empezó a trabajar en la oficina hace poco dijo. Su mirada me lanzaba ráfagas

Orden de autor: Sanz, Rafael M.
Orden de título: luz en la niebla, La
Fecha: 12 ago 2016
uuid: 817eb6a7-1a16-476b-818e-cf54794db50c
id: 76
Modificado: 12 ago 2016
Tamaño: 0.75MB

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