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La milicia de Dios – Eduardo García-Ontiveros

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Resumen y Sinopsis De 

La milicia de Dios – Eduardo García-Ontiveros

San Juan de Acre, 4 de abril de 1291, año de Nuestro Señor
Los rayos del sol comenzaban a desperezarse como inocentes riberas doradas de un delgado riachuelo que empezaba a correr por la línea del arenoso y polvoriento
horizonte de San Juan de Acre.
La mañana amanecía tranquila y calurosa. El aire a primera hora era ya irrespirable debido a su calidez desértica, y entre los muros de la fortaleza de la ciudad se
agudizaba aún más la sensación de sequedad en el ambiente.
Ante mi paso, lento y cansino, se levantaban como colosos los muros fortificados que rodeaban la ciudad, enormes paredes inmóviles que desprendían robustez. Me
sorprendía ir caminando por esas estrechas callejuelas de Acre y observar cómo había crecido.
La urbe estaba fortificada y rodeada por enormes murallas, las cuales estaban salteadas por torres de vigilancia. Esta serpiente de roca se extendía a lo largo de la línea
del mar, el cual solo podía ser visto desde el puerto, mientras que en el este y norte la muralla estaba protegida por un ancho y hondo foso.
Parte del muro de la ciudad que daba al mar pertenecía a la fortaleza de los Caballeros Templarios. Era un lugar inexpugnable. En su entrada se erguía una torre de
dimensiones colosales, la cual tenía a ambos lados otras torres más pequeñas, y cada una de estas estaba rematada por la figura de un león dorado.
La muchedumbre ataviada con telas de fina factura y colores claros asemejaban el bullicioso ajetreo de un hormiguero. Idas y venidas frenéticas enlazaban con el
sonido de los comercios y hogares que se desperezaban en un nuevo día.
Las riadas humanas de las calles de la ciudad me abrían el camino cuando llegaba al puerto cerca del barrio pisano. En un espacio más extenso que las barriadas del sur,
emergía la zona portuaria de Acre. Los navíos entraban y salían con extraordinaria asiduidad y en esta zona el tropel de gente era más patente que en cualquier otra parte
de la ciudad.
Se veían enormes barcos anclados en lontananza, con sus velas recogidas esperando para partir. Otros más próximos eran cargados por numerosos marineros que
pisoteaban incesantemente las pasarelas de frágil madera en un constante desfile de mercancías traídas de las regiones del este para que terminaran su travesía en la
Europa cristiana.
El ronroneo del mar se confundía con el olor a fuerte salitre y las sobras del pescado capturado, que eran el objetivo preferido de la cantidad ingente de aves marinas
que revoloteaban entre los mástiles de las embarcaciones. Al final del malecón se avistaba el nuevo rompeolas que acababa de construirse. En él reposaba en su parte
más alejada una nueva torre defensiva, la cual, en las cálidas noches de Oriente, hacía las funciones de faro para los navíos que buscaban puerto.
Mis botas de caña media resonaban en el empedrado del malecón mientras observaba los pequeños puestecillos de los comerciantes que estaban instalados a lo largo
del mismo. Colores y aromas se confundían con los gritos de los vendedores. Olores a pescado fresco inundaban el ambiente y, a mi derecha, puestos de fruta fresca
jugaban con la brisa marinera, resaltando entre ellos la esencia de los dátiles que vendía un viejo tendero acurrucado detrás del mostrador de su destartalado puestecillo,
mientras afilaba un cuchillo con un pequeño canto rodado.
La mañana había transcurrido a una gran velocidad, con lo que Roger debía de estar maldiciendo mi nombre y el de mis ancestros por llegar de nuevo tarde a una cita
con él en la taberna de Abu Christo.
Cuando salí del mercado giré rápidamente a mi derecha por una calle muy amplia donde el gremio de curtidores tenía sus negocios dispersos por doquier y donde el
olor a cuero y todo tipo de piel animal inundaba el aire. A pocos pasos de la esquina por donde había doblado se apreciaba un letrero carcomido que, desvencijado,
colgaba de un extremo en un barrote de hierro, donde se podía leer a duras penas el nombre del local, Abu Christo.
Este lugar era una taberna portuaria de Acre, cerca del barrio pisano, donde marineros y borrachos dejaban pasar sus vidas sin otro aliciente que embriagarse de licor
hasta caerse del taburete y ser sacados a empellones por el dueño. Era un sitio ruidoso y con un hedor que podía

Pages : 125

Autor : Eduardo García-Ontiveros

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La milicia de Dios – Eduardo García-Ontiveros

olerse desde tres callejuelas antes, y en el que las
peleas y escaramuzas a cuchillo eran el pan nuestro de cada día.
A pesar de todo esto, a Roger le gustaba que nos viéramos allí justo después de que él regresara de sus travesías

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