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La orquídea prohibida – Sharon Biggs Waller

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Resumen y Sinopsis De 

La orquídea prohibida – Sharon Biggs Waller

acababa decepcionada, pensaba que  todo lo hacía con desprecio. No la culpaba; su esposo podía ser un hombre realmente difícil.
Se casaron cuando busca  él amor en Oxford para convertirse en sacerdote. Para ella, que era la hija del obispo, la Iglesia lo era todo. Sin embargo, él, como muchos otros
hombres religiosos, empezó a interesarse por el mundo natural. Inspirado por los textos de Charles Darwin, viajó a las Islas Canarias, en España, para recolectar cactus.
Era tan bueno encontrando plantas, que lo contrataron hombres para que les recolectara y así exhibir sus hallazgos en modernas casas de cristal. Y así fue como Mi
padre dio la espalda a la Iglesia y a Dios, e inició a una vida en busca de plantas.
El año en que tomó esa determinación, mi madre perdió a su primogénito, un varón, y desde entonces tan solo ha dado a luz a niñas. Está convencida de que sin duda
es el modo que tiene Dios de castigar a mi padre. Y a ella.
La noche de Navidad mis padres tuvieron una discusión horrible sobre algo de lo más simple: el papel pintado que ella eligió. Recientemente había empapelado la
habitación de mis hermanas con un color verde como la esmeralda más brillante. Estaba muy responsable  de su elección, pero mi padre entró en cólera. En cuanto vio el amor
paredes empezó a rasgar el papel, como en trance. Mi madre lo seguía, gritando y sujetándole las manos.
¡Veneno, esto es veneno! ¿No lo entiendes? proclamaba, despegando franjas de papel y dejando a la vista esta vez    la pared blanca.
Un trozo de papel colgaba a medio camino, como poniéndose del lado de mi madre.
¿Cómo puedes decir eso? Mi madre se dejó caer en la cama de Lily hecha un mar de lágrimas. Es un color precioso, ¿por qué arruinas todo lo que es bonito?
Él la miró con aflicción. Se disponía a hablar, pero entonces me vio en la puerta y se irguió.
Elodie, querida, ven. ¿Entiendes por qué lo he arrancado? ¿Sabes qué hace que este papel sea verde?
Entré en la habitación y miré a mi madre, cuyos ojos estaban rojos de tanto llorar.
Es… ¿por el tinte verde, padre? respondí vacilante.
¡Exacto! Este verde tan brillante solo puede obtenerse del acetoarsenito de cobre dijo, volviéndose a mi madre, como ya le he explicado mil veces a tu madre de nuevo .
Le dedicó una mirada de enfado.
¿Acetoarsenito? repet y la muchacha .
Arsénico, sí. ¡Veneno! El papel genera vapores que vive  , pueden causar constricción en la garganta y también la muerte. Agitó el trozo de papel. Este… este color
tan llamativo, usado sobre todo para empapelar miles y miles de paredes británicas, nos matará a todos. Recuerda mis palabras. Le dije que no a tu madre cuando me
escribió preguntándome si podía empapelar la habitación, y lo ha hecho a mis espaldas… Su voz se apagó y miró el papel arrugado que pendía de sus manos.
Por el amor de Dios, nadie cree tus teorías replicó mi madre, sollozando. El hombre que me lo vendió me aseguró que él mismo podía comérselo.
El rostro de mi padre se tornó rojo de rabia en el viaje del pueblo  .
¡Si ese canalla estuviera aquí, le metería un trozo hasta la garganta! gritó. ¿Y cómo es que lo crees a él, y a mí no?
Me quedé parada, frente a los dos, incapaz de decir nada, casi sin respirar, atenta a la escena como un mero espectador: ella sentada en la cama de Lily, con su falda
con forma de nenúfar esparcida por el pequeño colchón, con la mirada perdida en sus zapatillas de casa; y mi padre de pie, con una mano apoyada en la pared, un trozo
de papel verde en la otra y una expresión mezcla de enfado y confusión en el rostro.
Eran guapos: mi madre con el pelo claro como un rayo de sol; el de mi padre, oscuro como el ala de un cuervo; ella, adorable y delicada; él, de buen porte y fuerte. De
pequeña creía que eran figuras vivas de porcelana de Staffordshire, que abandonaron juntos la repisa de la chimenea para convertirse en humanos. Ahora pensaba que
hubo algún error, que esas figuritas eran incompatibles, que fueron creadas en diferentes talleres y puestas en la misma caja por una simple equivocación.
Era consciente de que en realidad no discutían por el papel, sino por algo mucho más importante y dañino.
Mi madre se marchó a su habitación y cerró de un portazo. Él se encerró en la habitación de las niñas y terminó de arrancar furiosamente todo el papel. Violetta y yo
nos llevamos a las demás, asustadas por los gritos, a nuestra habitación; las hicimos tumbarse en el suelo y les contamos historias hasta que se durmieron.
Incapaz de conciliar el sueño, me dirigí a la cocina y preparé té. Había olvidado mis zapatillas arriba, así que caminé descalza por las frías baldosas. Me senté en una
silla y escondí los pies bajo mi camisón, sosteniendo la taza entre mis manos.
Padre es horrible murmuró Violetta desde la puerta, con mis zapatillas en las manos. Su oscuro y largo cabello le caía en una trenza sobre su hombro. ¿Queda
té?
Le acerqué la tetera, me dio las zapatillas y buscó una taza. Cuando regresó, vertí el té con sumo cuidado.
Él no es horrible, Violetta repliqué. Solo cree que ese papel es veneno y me inclino a opinar como él. Sin embargo, creo que se ha equivocado al arrancarlo de
ese modo. Debería haber tenido un poco más de tacto.
Mi hermana resopló.
¿Tacto? Es como pedirle a un mono que sea delicado.
Sopló en el té y tomó un precavido sorbo.
Eso que dices es muy desagradable. Padre piensa que las niñas están en peligro respirando eso, y madre ha visto cómo destrozaba su precioso papel. Los dos
tienen su propia visión del asunto. Además, los dos son muy pasionales. Era inevitable que se mostraran tan afectados y se comportaran así, defendiendo lo suyo.
Violetta me miró por encima de la taza y suspiró. Dejó el té en la mesa y se acomodó el chal en los hombros.
Pero ¿cómo puede ser venenoso un color? ¡Es absurdo!
¿Cómo puede ser venenosa el agua? objeté. ¿Y el gas? Hay muchas cosas que no comprendemos. Padre es un hombre de ciencia pero, diga lo que diga madre,
también admira la belleza. Así que sería la última persona en destruir algo bonito si no creyera que es importante hacerlo.
Ha sido para herir a madre apuntó ella, reticente a abrir los ojos a otro razonamiento. Volvió a tomar la taza entre sus manos. Y no voy a perdonarlo. Ojalá no
vuelva nunca más.
¡Violetta! la reprendí
Mi hermana se negó a mirarme.
Me dolía el corazón por la situación que se respiraba en casa. Intenté que las cosas mejoraran, pero las grietas eran demasiado profundas, demasiado difíciles de
arreglar. No obstante, me conocía, y sabía que no dejaría de intentarlo.
Mi padre se marchó a la mañana siguiente sin decir nada a mi madre y dedicándonos a nosotras una despedida rápida. Las pequeñas se pusieron nerviosas cuando se
acercó a darles un beso, pero accedieron. Violetta le dedicó una reverencia y le besó en la mejilla con expresión fría. Yo fui la única que lo observó marchar.
Llevaba el sombrero en la mano, uno viejo de fieltro, con aspecto de que alguien se hubiera sentado encima.
Tú me entiendes, ¿verdad, querida? La duda me ensombreció el rostro. Entiendes por qué tenía que quitar el papel…
Sí, padre.
Pero no tuve valor para decirle que debería haber sido más considerado. Sabía que la ignorancia y el miedo hacen que la gente actúe de un modo distinto al habitual.
Me sonrió, y fue la sonrisa más triste que había visto jamás. Se colocó el sombrero y rebuscó a tientas en su maletín hasta que encontró

Pages : 105

Autor De La  novela : Sharon Biggs Waller

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La orquídea prohibida – Sharon Biggs Waller

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