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La soledad del lector – David Markson

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Resumen y Sinopsis De 


La soledad del lector – David Markson

Ayer alguien me saludó con la cabeza por la calle.
¿A mí o a él?
Ayer alguien saludó al Lector con la cabeza por la calle.
Ya sonaban las campanas de la iglesia, anunciando el armisticio de noviembre de 1918, cuando la familia de Wilfred Owen se enteró de que lo habían matado en el
frente una semana antes.
Picasso hizo posar a Gertrude Stein más de ochenta veces para retratarla.
Y después pintó la cabeza por encima y la rehízo a los tres meses sin haber vuelto a verla.
Durante más de setenta años Pablo Casals empezó el día tocando Bach.
He venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida.
Yo, ¿y el Lector?
El Lector ha venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida.
Ayer alguien lo saludó con la cabeza por la calle.
Anna Ajmátova tuvo una aventura con Amadeo Modigliani en París en 1910 y 1911. Ya en la vejez, sin haber vuelto a salir de Rusia por un tercio de siglo, quedaría
atónita al enterarse de lo famoso que había sido.
En 1579, cuando Shakespeare tenía quince años, la población de Stratford debía de ser de poco más de mil quinientos habitantes. ¿Podría pensarse que conocía a la
mujer llamada Katherine Hamlet que ese verano cayó al Avon y se ahogó?
Emily Dickinson se recluyó tan desmesuradamente en la segunda mitad de su vida que durante los últimos diez años no salió de su casa ni una sola vez.
Incluso en los más provisorios pensamientos iniciales sobre un primer boceto, ¿por qué el Lector piensa en su personaje principal como el Lector?
La Elegía de Gray tiene ciento veintiocho versos. Gray tardó siete años en escribirla.
Si tuviera que elegir, dijo una vez Giacometti, rescataría un gato de un edificio en llamas antes que un Rembrandt.
Estoy envejeciendo. He estado en hospitales. ¿Tengo ganas de poner ciertas cosas por escrito?
Sin duda el Lector es esencialmente el Yo en casos como ese. Sin embargo, se supone que en casi todos los demás casos no será de ningún modo el Yo.
Mientras peleaba con su mujer, borracho, una vez Paul Verlaine arrojó a su hijo de tres meses contra una pared.
Páginas manoseadas: leídas una y otra vez. ¿Quién pasó por aquí antes que yo?
Santo Tomás de Aquino era antisemita.
Solo Bianchon puede salvarme, dijo Balzac cerca de la muerte.
Bianchon, un médico de Papá Goriot.
Su vida evidentemente estática. Solo, al parecer sin ocupación ni logro, con escasos recursos.
Vacío.
Anthony Trollope dijo que había leído La pradera de Fenimore Cooper por lo menos tres docenas de veces.
¿Protagonista?
¿Tal vez alguien de un negocio en donde había entrado el Protagonista, un empleado? ¿O simplemente alguno que pasaba con ánimo amigable?
Severn, levántame, me estoy muriendo.
No me respires encima, que parece hielo.
El mundo es mi idea.
San Agustín dijo que su primer maestro fue también la primera persona en su vida a la que había visto leer sin moverlos labios.
Saxo Grammaticus.
No es imposible que la joven actriz con quien se casó Molière a los cuarenta años, y con cuya familia había estado estrechamente relacionado en el ambiente del
teatro durante mucho tiempo, fuera su propia hija ilegítima.
Nadie viene. Nadie llama.
A la edad de siete años, Giambattista Vico se cayó de una escalera y se fracturó tan gravemente el cráneo que a sus padres les dijeron que podía esperarse una
debilidad mental.
¿Dónde, este aislamiento?
Giorgione y Tiziano fueron alumnos de Giovanni Bellini juntos en Venecia. Giorgione murió apenas pasados los treinta, en 1510. Tiziano seguía pintando sesenta y
seis años después.
¿Qué sucedió? Es la vida lo que sucedió; y soy viejo.
Dijo Louis Aragon.
Si un buey pudiera pintar un cuadro, su dios luciría como un buey.
Dijo Jenófanes.
Piazza di Spagna, 26.
El cadáver de Laurence Sterne fue vendido a una escuela de medicina por unos profanadores de tumbas. Casi lo habían diseccionado por completo cuando por
casualidad alguien lo reconoció.
En una novela así, ¿cuánto de sus propias circunstancias o de su pasado le daría en realidad el Lector al Protagonista?

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 La soledad del lector – David Markson

Tolle lege, tolle lege.
Allí donde lo llevara la conquista, Alejandro Magno se ocupaba de enviarle especímenes botánicos a Aristóteles, que había sido su tutor. Un ejemplar de La Ilíada
que llevaba en un cofre enjoyado tenía enmiendas de puño y letra de Aristóteles.
Cúbrele el rostro; mis ojos se encandilan; ella murió joven.
Los cuadernos de Leonardo indican que supo antes que Copérnico que el sol no se movía.
Nadie vino. Nadie llamó.
A pesar de décadas de autoanálisis, Freud siempre

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