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La tentación era él – Robyn Grady

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Resumen y Sinopsis De 

La tentación era él – Robyn Grady
Shelby Scott miró con enfado el
espectáculo que se desarrollaba frente a
aquel hotel mundialmente famoso e hizo
un mohín. Dex Hunter se estaba luciendo
ante los espectadores besando a una
entusiasta señorita. Shelby supuso que
sería una joven actriz aspirante al
estrellato, ya que el señor Hunter era el
dueño de unos estudios
cinematográficos.

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Esa mañana, cuando se habían
conocido al derramarle ella el café en el
puño de la camisa, Shelby se prometió a
sí misma que ser camarera solo sería
algo provisional. Recién llegada a
California, pretendía encontrar trabajo
de niñera. Tenía experiencia y le
encantaban los niños. Con suerte, el
señor Hunter podría ser su jefe.
Era un soltero muy ocupado, ya que
dirigía Hunter Productions, y necesitaba
a alguien que cuidara de su hermano
menor, que iba a ir a verle. Cuando Dex
se enteró de que la vocación de ella era
cuidar niños, pareció interesado.
Después supo que había leído todos los
libros preferidos de los niños y que era
experta en dinosaurios. A su hermano le
encantaban los dinosaurios.
Dex le dijo que había tenido mucha
suerte. Ella era de la misma opinión.
Habían quedado en verse esa noche para
hablar y llegar a un acuerdo.
Pero el espectáculo de mal gusto que
Shelby contemplaba había arruinado
toda posibilidad de trabajar juntos.
Cuando su hermano, que tenía cinco
años, llegara, Dex Hunter tendría que
buscarse a otra. Ella estaba harta de
donjuanes. En Hollywood o en Mountain
Ridge, Oklahoma, de donde ella
procedía, todos eran iguales.
Dex dejó de besar a la chica, miró
alrededor y sus ojos se detuvieron en
Shelby. Apartó a la joven, que parecía
mareada, y se dirigió a su encuentro. Su
olor a almizcle y su masculina presencia
la envolvieron. Era un hombre ancho de
espaldas y alto que emanaba seguridad
en sí mismo.
Pero lo más atractivo de él eran sus
ojos castaños, que, a la luz de las
farolas, podían confundirse con los de
un león, un animal inteligente y
potencialmente peligroso.
–Llega pronto –dijo él.
–Estoy segura de que llego puntual –
contestó ella–. ¿Tiene por costumbre
exhibirse en público?
Él frunció el ceño sin comprender al
principio. Después de mirar hacia atrás
esbozó una media sonrisa.
–Se abalanzó sobre mí.
–Ah, claro, usted no tiene culpa
alguna.
La sonrisa de él desapareció.
–Creo que hemos empezado con mal
pie.–
No hemos empezado nada.
Ella dio media vuelta y se dirigió a la
parada del autobús.
Llevaba dos semanas en Los Ángeles.
Era la primera vez que salía de su
pueblo. Había ido a California porque
había visto una película antigua en la
que la protagonista, que quería comenzar
de cero, había tenido suerte al llegar
allí. Pero Shelby se sentía sola y creía
que había sido una ingenua, por lo que la
idea de volver a Mountain Ridge y a
todo lo que conocía iba ganando fuerza.
Tenía muchos recuerdos de su pueblo, la
mayoría buenos.
Y algunos muy malos.
Por eso se había prometido no
desfallecer y quedarse donde estaba. Se
negaba a que quienes la conocían desde
siempre la compadecieran.
Oyó unos pasos detrás de ella y Dex
Hunter la alcanzó y se situó frente a ella
impidiéndola seguir.
–Dijo que cenaría conmigo para
hablar de mi propuesta.
–Si usted se comporta así en público
mientra espera a alguien, no quiero ni
pensar lo que hará en la intimidad de su
casa, aunque esté allí un niño inocente.
No quiero formar parte de eso.
–Esa mujer es una amiga. Y nos
estábamos despidiendo.
–Aunque yo sea una pueblerina, no
nací ayer. El abrazo no era el de la
despedida de dos amigos.
Ella conocía esa clase de beso,
ardiente y desesperado.
–Bernice había bebido mucho –
respondió él mientras comenzaba a
caminar a su lado–. Iba a reunirse con
unos amigos y quería que la
acompañara. Al decirle que tenía otros
planes, trató de convencerme.
–Y usted se ha defendido, claro.
–Y usted no sabe si es mi novia, o mi
prometida.
Al oír la palabra «prometida» a ella
se le contrajo el estómago.
–No me ha gustado lo que he visto –se
había sentido incómoda y vulnerable–.
Llame a una agencia para encontrar a
una niñera. Y por Dios, ¡límpiese el
carmín de la mejilla!
–Esta tarde he comprobado sus
referencias. En el café –prosiguió él
mientra se frotaba la mejilla con un
pañuelo– mencionó un par de sitios en
los que había trabajado. He llamado y
me han hablado muy bien de usted y de
su capacidad. La señora Fallon me ha
dicho que conecta estupendamente con
los niños.

La tentación era él – Robyn Grady

Shelby se preguntó con quién más
habría hablado, aparte de con las
personas que ella le había mencionado

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