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La tercera cita – Manu R. Aliau

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Resumen y Sinopsis De 

La tercera cita – Manu R. Aliau

tiene que hacerlo o no deja de darle vueltas. Paulatinamente dejé de preocuparme por el libro y comencé a preocuparme por la chica borde y guapa del mostrador.
Más concretamente empecé a pensar en la manera de conseguir su número de móvil. Descarté la idea a los pocos segundos. Si le pedía el móvil lo mejor que podía
pasarme el contenido  es que me diese una hostia. Tenía que pensar otra cosa. La miré desde la distancia de las estanterías. Ya lo he dicho, pero tengo que insistir: era muy
guapa. Tenía el cabello negro, liso, suelto y largo. Los ojos oscuros detrás de unas gafas de pasta negras. Su nariz no era ni puntiaguda ni chata, o sea, era una nariz
normal y perfectamente proporcionada a su cara. En una de las aletas de la nariz llevaba un pequeño piercing en forma de aro. Y, por último, su boca. Tenía los
labios bonitos y carnosos, y los dientes blancos y bien alineados en el contenido . En resumen: para mí era perfecta.
«Ya está. Tengo que averiguar su nombre para buscarla en Facebook. Luego ya veré qué hago».
Me acerqué de nuevo al mostrador. A veces las personas que trabajan de cara al público llevan una chapa identificativa con su nombre. Miré en la zona del
pecho, donde normalmente van las chapas. No había chapa. Sólo una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados.
¿Hola? dijo mirándome con las cejas levantadas y la boca abierta.
«Mierda. Me ha pillado mirándole el escote». Me puse rojo como un tomate.
Ho-hola. Soy el d-de antes.
¿Necesitas algo de amor  o sólo has venido a mirarme el escote?
¡No te estaba mirando el escote! Ha sido un acto reflejo, ¿vale?
Claro. Mira, tengo muchísimo trabajo, así que si necesitas algo dímelo ya.
«Es la persona más borde que he conocido nunca».
Está bien. Sí que necesito algo dede amor  Necesito saber cómo es posible que alguien con tan mal carácter trabaje de cara al público. Tomé aire. Y también quiero
saber cómo te llamas.
«Ahora viene cuando me manda a la mierda y me vetan la entrada en la biblioteca».
Me miró fijamente y dijo:
Perdóname. Nos han llegado 2.000 libros nuevos y tengo que registrarlos en el sistema antes de fin de mes. Se colocó bien las gafas. No es motivo para
ser borde, pero me estoy agobiando mucho y la gente sólo viene a hacerme preguntas estúpidas.
No esperaba eso.
No te preocupes. Todo podemos tener un mal día. Y perdón por mirarte el escote… ha sido involuntario.
Sonrió. Sonreí.
Suerte con los 2.000 libros. Ya vendré a molestarte cuando hayas terminado con ellos.
Me giré y comencé a andar hacia la salida.
Oye, espera sonó su voz. No te he dicho mi nombre.
¡Ya no lo necesito! contesté en voz alta andando de espaldas. Le guiñé el ojo y salí de la biblioteca.
«María».
Había visto su nombre en una pulsera que tenía en su mano derecha. Lo vi con total claridad en el momento que se colocó las gafas.
«María. Ya no se me olvida».
Me subí a la bici y pedaleé alegremente hasta casa. Mientras, mi cabeza, ya estaba pensando en la próxima vez que íbamos a vernos.
Capítulo 2
Habían pasado ya cuatro días desde la primera vez que vi a María. Cuatro largos días en los que no pude dejar de pensar en ella. La había buscado en
Facebook, pero sin sus apellidos no fue posible encontrarla. De todas formas, tampoco tenía pensado agregarla a amigos. Eso hubiese roto toda la magia y no
quería que eso pasase con ella. Con ella todo tenía que ser mágico. Mágico como su mirada. Me levanté de la cama, me estiré con ganas y me dispuse a afrontar el
día con optimismo.
Por ese entonces yo era un escritor independiente que escribía en un par de revistas online a cambio de un puñado de euros. Tan pequeño era el puñado que ni
siquiera podía permitirme el lujo de darme de alta como autónomo, así que vivía al margen de la Ley. Mi mayor temor era que me descubriesen y me obligasen a
pagar todos los impuestos que debía. En tal caso, la prostitución y la venta de órganos ocupaban los puestos dos y tres respectivamente entre las posibles
soluciones. El puesto número uno era para una hipotética huida a un país del sudeste asiático donde viviría haciendo de voluntario en alguna ONG. Y estaba tan
decidido con ello, que un par de meses antes había enviado un correo electrónico a varias organizaciones solicitando información y requisitos para trabajar con
ellos. Por si acaso. Todavía no me habían respondido y yo seguía con mi precaria vida en un piso compartido con dos estudiantes holandeses, simpáticos pero con
poco sentido de la higiene; y yendo en bici a todas partes. No era gran cosa, pero era feliz.
Preparé una infusión de té verde con zumo de limón exprimido y encendí el portátil. Abrí el navegador. Google. Gmail. Bandeja de entrada.
«Veamos que tengo que escribir hoy. Un artículo de 1000 palabras sobre la vida de Rudolf Höss, comandante de las SS y director del campo de concentración
de Auschwitz. Genial».
Siempre me ha gustado estudiar la Segunda Guerra Mundial y el holocausto nazi. Y siempre que lo hago me hago la misma pregunta: si hubiese nacido alemán
en la Alemania nazi, ¿yo también hubiese sido un monstruo?
«Probablemente» me respondía.
Aparté  está  la angustiante idea de la cabeza y me centré en el artículo. Para escribirlo necesitaría documentarme un poco. Tenía dos opciones: internet o la
biblioteca.
«La biblioteca, por supuesto» pensé mientras mi corazón se aceleraba.
Apagué el ordenador, me terminé el té y me metí en la ducha. Me vestí lo más decentemente que pude y me eché medio bote de colonia encima. Para pasar
desapercibido y eso. Aún quedaban tres días para fin de mes, así que María seguiría con sus 2000 libros nuevos y lo más adecuado sería no molestarla. Se me
ocurrió algo. Agarré un bloc de notas y escribí unas líneas. Arranqué la hoja, la doblé, escribí «Para María» en uno de los dobleces y salí de casa con la nota en el
bolsillo. Abril estaba a punto de dejar paso a mayo y ya se notaba en el clima. Hacía una mañana primaveral preciosa. El cielo azul con algunas nubes blancas
invitaban a tumbarse en el césped de cualquier parque y dejarse llevar.
«Cuando termine en la biblioteca cogeré el portátil y me iré a escribir al parque».
Llegué está   a la biblioteca. Mi corazón volvió a acelerarse.
«Mierda Alex, cálmate».
Respiré hondo y entré. Allí estaba, en el mostrador. Caminé decidido hacia dentro. Tenía que pasar sí o sí por delante suya para llegar a las estanterías.
Llevaba el cabello recogido de cualquier manera con un lápiz.
«Es todavía más guapa de lo que la recordaba».
Noté como mis mejillas comenzaban a calentarse. Estaba llegando a su altura. Ella seguía con la mirada puesta en su escritorio. No me había visto.
Hola dije con con la cuenta  un hilo de voz cuando pasaba por delante suya.
Levantó la mirada. Me vio. Sonrió.
¡Hola! dijo bajando de nuevo la mirada hacia su escritorio. Seguía sonriendo.
En ese momento mis mejillas eran como la placas de la vitrocerámica cuando se calientan.
«¿Qué me está pasando? Jamás he tenido vergüenza por nada. Y menos por una chica».
Es cierto. Siempre he sido un sinvergüenza. Ella ha sido la única persona que ha conseguido sacarme los colores. Tal vez se deba al difícil primer encuentro
que tuvimos. Que una mujer te pille mirándole el escote siempre es delicado. Pero que encima te lo eche en cara, es mortal. O tal vez fuera por su mirada. O por su
sonrisa. O por su cabello revuelto alrededor de un lápiz. O por todo en general.
«Va, voy a centrarme un poco».
Busqué la sección de historia. Segunda Guerra Mundial. No había nada sobre Höss. Sólo un par de libros sobre el campo de concentración de Auschwitz que
se centraban en la vida de los prisioneros y únicamente nombraban al Comandante de pasada.
«Voy a tener que documentarme en internet, pero me llevaré los libros igual, parecen interesantes».
Cogí ambos libros. Los registré en el ordenador y los guardé en la mochila.
«Ha llegado el momento».
Saqué la nota que había escrito en casa y la apreté con la mano. Caminé hasta donde estaba María. Volvía a estar hecho un flan.
Discúlpame, no quiero molestarte, pero es que he encontrado esto dentro de un libro. Parece un mensaje para una tal… María. Eres María, ¿verdad?
Sí… soy María dijo dudando.
Entonces esto debe ser para ti. Adiós.
Me giré y me fui riendo con disimulo. Ella se quedó en su escritorio

Pages : 38

Autor De La  novela : Manu R. Aliau

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La tercera cita – Manu R. Aliau

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