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La vida que no elegí – Lorena Franco

La vida que no elegí – Lorena Franco

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-¿Artista? Mamá, ¿qué estás diciendo? Hace dieciocho años que no nos vemos…
-Pero hija, ¿tienes fiebre? Estás muy rara… Entra, voy a preparar té.
Mamá se quitó los guantes llenos de tierra y me hizo pasar enérgicamente al interior de la casa, no sin antes saludar con un basto golpe de cabeza a la
vecina, la señora Collins. Entramos en la cocina. Tal y como la recordaba. Tampoco había cambiado la decoración y mis vergonzosas fotografías de la infancia y
adolescencia seguían encima de la chimenea. Es lo peor de ser hija única, todas y cada una de las fotografías aunque aparezcas con cara de no haber dormido bien o
haberte fumado un porro, son expuestas ante los visitantes de la casa. Me senté aún consternada y sin entender qué era lo que estaba pasando. Miré a mi alrededor con
la intención de descubrir las aún ocultas cámaras de televisión, pero ahí no había nada ni nadie. Sólo mi madre preparando un té con un olor extraño. A los dos minutos
lo sirvió en la mesa y yo no sabía por donde empezar.
-¿Entonces dices que no hace dieciocho años que no nos vemos? –pregunté.
-¿Dieciocho años? ¿Qué te has fumado? Cariño, nos vemos cada día. Vives aquí al lado y tienes el taller en lo que antes era el almacén de la granja.
-¿La granja? ¿Trabajo allí?
-No podías hacerte cargo de ella cuando empezaste a tener tantos encargos y se la traspasamos a Frank… Hija, ya lo sabes. –explicó tocándome la frente.
-¡Frank! ¿Cómo está? –Frank y yo nos conocíamos desde siempre. Su única meta en la vida era quedarse en el pueblo y vivir tranquilo. Cualquier trabajo le
venía bien. No tenía muchas aspiraciones.
-¿Frank? ¡Pero si os veis cada día! Aún pienso que tenéis un lío por mucho que me lo niegues. Mi vida, ¿tienes fiebre?
¿Un lío con Frank? En serio… ¿Con Frank? Con sólo imaginarlo me entraban escalofríos.
Mencionar a Matt sería una locura. Decirle que vivía en Nueva York desde hacía dieciocho años y era vicepresidenta ejecutiva de una de las compañías
farmacéuticas más importantes del país también. Explicarle que era la nuera de uno de sus presidentes ejecutivos, me había casado con un modelo cañón y vivía en un
apartamento de lujo en Upper East Side, era posiblemente, la peor idea en esos momentos. Al no ser que prefiriera acabar encerrada en un manicomio antes que
quedarme en Kutztown.
-¿Me acompañas al taller? –quería llorar. Sólo quería llorar al verme dentro de una vida que podría haber elegido pero que no fue ni siquiera una opción.
¿Qué era lo que había pasado? ¡Quería ver a mi hijo! ¡Quería estar con Matt! ¿Qué podía hacer para despertarme de esa maldita pesadilla?
-Claro, cariño. Pero antes, bébete el té.
El té estaba malísimo. Agrio y maloliente era peor que tener que tomar forzosamente uno de esos jarabes rancios que mi madre me obligaba a beber cuando
era pequeña y me constipaba.
Mi taller… ¡Era pintora! Y además de las buenas. Al entrar en el cuartucho que antes era el almacén para todas las herramientas de la granja, vi multitud de
obras de arte abstractas que yo hubiera comprado en cualquier galería de arte neoyorquina que solía frecuentar cuando el tiempo me lo permitía. El lugar donde
supuestamente creaba estas obras, estaba frente a la única ventana del cuartucho desde donde se podía ver el amplio bosque que rodeaba la granja donde en la actualidad
trabajaba mi amigo Frank. Mi madre pudo ver en mi rostro una mezcla de desconcierto y alucinación por lo que estaba viendo. No me lo podía creer. Eso no lo podía
haber hecho yo… mi trabajo era de todo menos creativo y ahí se respiraba arte por todos y cada uno de los rincones del taller.
-Hija, ¿te has dado algún golpe en la cabeza? –preguntó mamá alterada.
-¡No mamá! No me he dado ningún golpe en la cabeza. Están pasando cosas muy raras. –dije paseando por lo que era mi taller y yo aún no veía como tal.
Entonces recordé una idea efímera que me vino a la cabeza cuando tenía quince años. Quería estudiar Bellas artes, siempre me había gustado pintar pero era
algo que había olvidado por completo debido a mi frenética vida en Nueva York. Y pensé… ¿Es posible que no se trate de una broma? ¿Tampoco de un sueño? ¿Cabe la
posibilidad de que esté viviendo en una especie de mundo paralelo en el que soy una pintora que vive en su pueblo natal? ¿Era eso posible? No recordé haber bebido
nada extraño a parte del té de mi madre… y antes de eso ya había ocurrido todo. Dejé de fumar con veinticinco años, así que tampoco podía tratarse de eso. Fue
entonces cuando vi un cenicero repleto de colillas al lado de unos desorganizados y sucios pinceles. ¿En ese mundo paralelo seguía fumando? ¿En serio? ¿A mis treinta
y seis años?
-Niña, vamos al médico. –continuó diciendo mamá.
-Nada de médicos. Quiero que me cuentes mi vida.
-Pues si no la conoces tú…
-Mamá. Por favor.
-Tienes treinta y seis años… –rió poniendo los ojos en blanco, como si la estuviera retando a un juego o algo por el estilo. Como si la que estuviera
bromeando fuera yo, cuando aún tenía la esperanza de que todo fuera una broma pesada retransmitida por televisión al más puro estilo “El show de Truman”. -No se te
ha conocido ninguna relación desde que Mark se fue a vivir a Nueva York aunque sigo pensando que tienes algo con Frank… –insistió arrugando la frente más de lo
normal. –Estudiaste bellas artes en la universidad de Pennsylvania… compaginaste tus estudios ayudándome en la granja. Luego te fue bien como pintora y traspasamos
la granja a Frank… llevas una vida muy tranquila y yo diría que bastante triste y solitaria.
-¿Triste y solitaria? ¿Mark? –sabía quien era Mark. Y me parecía imposible haber mantenido una relación con él. Siempre pretencioso y orgulloso, nunca
me gustó. ¡Odiaba a Mark!
-Sí y me parece que tienes que dejar de fumar. –recomendó cogiendo el cenicero y tirando con cara de asco todas las colillas en una enorme bolsa de basura
negra. Resoplé al recordar lo mucho que me había costado dejar de fumar en lo que ya parecía otra vida.
-¿Y tú y yo nos llevamos bien?
-Claro. Desde que me dijeron que tenía cáncer, no me dejas sola ni un momento.
-¿Cómo? –empalidecí.
-¡Mujer! No pasa nada, lo tenemos asumido. –respondió sonriente. Acto seguido, se quitó la peluca. Hacía una hora, cuando la vi después de dieciocho
años, no noté nada raro, simplemente pensé que había cambiado de peinado. Dejó al descubierto su cabeza desnuda y pude percibir en ese instante la gravedad del
asunto. Mi madre estaba en tratamiento de quimioterapia para luchar contra su cáncer. Una enfermedad que ya se había llevado a mi padre veinte años atrás. No pude
evitar ponerme a llorar como una niña pequeña. Mi madre se acercó a mí y me abrazó. La última vez que me abrazó fue cuando murió mi padre… Un abrazo de ella era
igual a –vamos a pasar una mala época. Pero todo tiene solución. Todo se acaba arreglando y si no… tiraremos hacia delante. No queda otra-.
A lo largo de las horas más extrañas de mi vida, pensé que lo más difícil había sido no poder ver a Matt. El momento más duro fue cuando preguntó quien
era yo. El segundo momento más áspero fue ese… descubrir que mi madre tenía cáncer y no saber si se curaría o si las posibilidades de perder la batalla eran elevadas.
Me sentí mal conmigo misma y con la situación. Mal por haberla abandonado poniendo como excusa nuestra incompatibilidad de caracteres. Mal por haber llevado la
vida que creía querer y fatal por estar viviendo algo que yo no elegí. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué estaba haciendo? Observé la peluca de mi madre e inmediatamente, como
por inercia, toqué mi cabello. Y me acordé de aquella empleada de la empresa muy flaca y extremadamente bajita de ojos saltones que me arrancó dos pelos y salió
corriendo. Miré al suelo. ¿Me habían hecho vudú? Nunca había creído en esas cosas pero ¿qué más podía ser? Las preguntas se amontonaban en mi cabeza
provocándome un caos mental horroroso. Si sobrevivía a eso y no sufría un ictus repentino, podría con todo.
-¡Hola! ¿Cómo están mis chicas preferidas? –saludó una jovial y alegre voz masculina.
-Hola Frank. –saludó mamá colocándose de inmediato la peluca.
Se supone que conocía a Frank. Lo conocía muy bien, pero para mí habían pasado dieciocho años desde la última vez que lo vi. Y no estaba para nada igual a
como lo recordaba.
LADY BONNIE
Lo primero que hizo Bonnie Larson al despertarse la mañana del ocho de noviembre de 2012, fue comprobar su cuenta bancaria. Tal y como esperaba, se
añadieron como por arte de magia, los ceros que a la pobre Nora Clayton le faltaban. Sonrió para si misma y se puso un ajustado traje negro que tenía reservado en su
armario desde hacía mucho tiempo. Con cuidado, caminó torpemente con sus zapatos de tacón recién estrenados, por el estrecho pasillo de su apartamento. Parecía un
ciervo aprendiendo a caminar. Tras un par de esguinces en los tobillos, pudo salir de casa no sin antes maquillarse un poco y decidir prescindir de sus enormes gafas de
pasta. Se sentó en su maravilloso y reluciente Porsche Cayman blanco perlado, deleitándose en el aroma que desprendía el cuero blanco recién estrenado de sus asientos.
Encendió el motor y el Porsche empezó a rugir ferozmente. Una sensación muy diferente a la de ir en un tren amontonado de gente que no conocen las dos palabras
“Higiene personal”. Al llegar a la empresa, los dos matones de seguridad que siempre la habían ninguneado, la dejaron pasar con todos los honores. Aparcó y subió
decidida hasta su nuevo despacho, desde donde observaría a los peones trabajar eficazmente. Hacía tan solo unas horas, ella era un peón más pero nadie lo sabía. Nadie
la recordaba. Bonnie Larson se había esfumado para siempre. Aquellos tiempos en ese mundo paralelo, no existían. Para nadie. En ese mundo, Bonnie Larson era una
mujer muy afortunada.
-Buenos días Bonnie. –saludó alegremente Virginia. Bonnie la ignoró recordando lo mal que la había tratado el día anterior cuando aún no era nadie y entró
en su nuevo despacho.
El despacho estaba tal y como lo había dejado Nora, aunque faltaba su entrañable y feliz fotografía familiar en la mesa. En ella aparecían Stuart y Nora
mirando embobados a un pequeño Matt de dos años y medio. La familia que Bonnie había destruido, la familia que en ese mundo jamás se había creado aunque desde
algún rincón, Nora sí lo siguiera recordando como si hubiera existido desde siempre. Se preguntó donde estaría Nora, que decisión habría tomado después de darse
cuenta que su marido y su hijo no la conocían como la esposa y madre que ella había decidido ser. Rió para sus adentros y encendió el ordenador. El momento en el que
Nora Clayton había informado que diez mil trabajadores serían despedidos de la empresa, nunca había sucedido. Todos estaban a salvo en sus puestos de trabajo,
puesto que para ese mundo paralelo del que sólo eran conscientes Nora y Bonnie; la anterior vicepresidenta ejecutiva de la compañía jamás había estado ahí. Stuart
entró de sopetón en el despacho. Bonnie lo miró fijamente y hasta ese momento no se dio cuenta de lo atractivo que resultaba el hijo del jefe.
-Bonnie, ¿cómo estás?
-Muy bien, Stuart… –respondió Bonnie. Ni siquiera ella parecía ser la misma persona tímida e insegura que todos habían repudiado durante años.
-Quería proponerte algo. –dijo Stuart situándose frente a Bonnie y frotándose las manos con nerviosismo. Bonnie arqueó las cejas y lo miró con la mejor de
sus sonrisas aunque su dentadura luciese torcida y amarillenta. –Una cena.
En ese mundo paralelo, Stuart era viudo. Se había casado con una preciosa modelo llamada Lucille Spencer que falleció hacía tres años de un accidente de
coche con sólo treinta y dos años. Dejó viudo a Stuart y a un pequeño John de tres años, idéntico a su padre y por lo tanto idéntico a Matt, el hijo que Nora Clayton
había engendrado en ese mundo que había dejado de existir por culpa del maleficio de Bonnie.
-¿Me pasas a buscar a las siete? –propuso coqueta Bonnie.
-Por supuesto. Tengo tu dirección en el archivo, ahora la miraré. –Bonnie asintió satisfecha.
-Estoy deseando que llegue la hora.
-Y yo, Bonnie. Y yo. ¡Feliz día!
Stuart no era el hombre que Nora conoció. Su carrera como modelo fue eclipsada por su famosa mujer, algo que lo convirtió en un hombre más humilde de lo que
había sido en ese otro mundo olvidado. Se desvivía por su hijo John, era lo único que le quedaba y también se esforzaba a diario en su trabajo. Quería que su padre, de
vacaciones en Roma con su nueva novia llamada Jennifer de veinticinco años, se sintiera orgulloso de él. Poder pertenecer algún día a la junta directiva de la compañía en
vez de ser sólo el jefe de la sección administrativa. Y también quería volver a enamorarse. Bonnie era la candidata perfecta para él. Amable y eficiente en su trabajo,
atractiva y elegante… desde que entró a trabajar en la empresa como vicepresidenta ejecutiva hacía dos años, Stuart no había podido dejar de pensar en ella. Y ya habían
pasado tres años desde la muerte de su mujer. Merecía una segunda oportunidad. Bonnie sería una madre estupenda para John.
MUNDOS PARALELOS
Los años no habían tratado bien al pobre Frank. La melena castaña que lucía hacía años se había vuelto blanca y aunque siempre prensé que las canas hacen
atractivo a un hombre, reconozcamos que Frank no era George Clooney… el trabajo en el campo había envejecido su piel haciéndolo parecer mucho más mayor de lo que
era pero no en plan sofisticado, demasiado bronceada, demasiado arrugada y castigada. Su esbelta figura adolescente se había deformado, dando paso a una prominente
barriga cervecera, brazos flácidos tras la fea, desgastada y sucia camisa de cuadros que llevaba y una chepa que no le favorecía en absoluto. Se suponía que veía a diario a
Frank, así que no tenía sentido recibirlo con un abrazo en plan colegas que hace siglos que no se ven. Me limité a sonreír aunque ni siquiera eso me salió bien. Estaba en
shock.
-Nora, ¿nos vamos luego a tomar unas cervezas? -¿Cerveza? Yo odiaba la cerveza.
-¿Dónde? –Frank pareció desconcertado.
-Ni caso, está muy rara. –dijo mamá negando con la cabeza y volviendo a tocar mi frente para ver si tenía fiebre.
-En la taberna, donde siempre. –sugirió Frank.
-Bueno… vale.
¿Esa era mi vida ahora? ¿Ir a beber cervezas con Frank a la taberna, cuidar a mi madre enferma de cáncer y pintar? Quería volver a llorar. Sólo pensaba en
Matt. En mi hijo… en mi vida.
-Si me disculpáis un momento… –dije alejándome de ellos.
Fui corriendo hasta el bosque. Me situé frente a una ordenada y perfecta fila de árboles. En frente, un sendero recto, oscuro y frondoso. Caminé hacia allí y me
detuve. Volví a recordar a la empleada que me arrancó dos pelos pero por más que quisiera no lograba recordar su nombre. ¿Qué me hizo aquella maldita bruja? ¿Qué
estaba pasando? Volver a Nueva York sería una locura. Stuart y Matt me cerrarían la puerta en las narices. El que yo consideraba mi marido, volvería a amenazarme con
llamar a la policía… Los matones de la entrada de la empresa volverían a reírse de mí. Ni siquiera sabía si mi destartalado Fiat podría volver a recorrer dos horas de
camino hacia Nueva York.
-Es una pesadilla Nora. Esto es una pesadilla… A la de una… a la de dos… a la de tres… ¡Despiértate! –cerré con fuerza los ojos, pero al abrirlos, seguía teniendo
el bosque frente a mí. De fondo seguía escuchando a Frank y a mamá.
Tal vez fuera en ese momento, en el que los pájaros ajenos a los problemas del resto del mundo cantaron para mí, cuando me di cuenta de mi realidad. No era un
show televisivo, no era una broma ni una pesadilla. Era real. Extraño pero real. Estaba viviendo la vida que no elegí. En una especie de mundo paralelo en el que no me
había casado, no había tenido hijos, no vivía en Nueva York ni había estudiado periodismo y económicas. Tampoco había dejado de fumar, me gustaba la cerveza y
Frank era mi mejor amigo. Mi madre tenía cáncer y yo seguía viviendo en Kutztown, el lugar del que huí cuando tenía dieciocho años. El resto de detalles, los iría
averiguando sobre la marcha pero lo peor de todo era recordar quien había sido al haber elegido un camino totalmente distinto al que ahora me encontraba. ¿Cabía la
posibilidad de que mi otro YO estuviera viviendo en mi mundo? Negué con la cabeza… eso era una locura, demasiado complicado. Nunca le hubiera puesto John a mi
hijo… ¿Por qué era idéntico a Matt? Esa cuestión me obsesionaría a diario hasta que pudiera solucionar el asunto. Porque lo solucionaría y para eso, debía hablar con
aquella mujer que me arrancó dos pelos… tarea difícil porque ni siquiera recordaba su nombre. No sabía ni por donde empezar. Volví con mamá y Frank.
-Me voy a quedar en el taller. –dije mirando la hora. Las cuatro de la tarde. Ni siquiera me había acordado de comer y aún tenía el apestoso sabor del té de mamá.
-¡Te queda una hora! Hasta que nos vayamos a tomar nuestras cervecitas. –dijo Frank alejándose de nosotras para ir junto a las vacas que pastaban a sus anchas
por la granja vallada.
-Yo me voy a casa. Estoy cansada…
-¿Cansada? ¿Pero estás bien? ¿Te llevo en coche? –pregunté alarmada.
-Cariño, no… trabaja un rato. Estoy bien y me apetece dar un paseo… –mamá me dio un beso en la mejilla y lentamente, como si llevara todo el peso del mundo
a sus espaldas, se alejó. Toqué mi mejilla asombrada. Mamá no me había dado un beso desde que tenía siete años y me caí con la bicicleta… En ese mundo paralelo –así
fue como decidí empezarlo a llamar aunque aún no tenía ni puñetera idea de si estaba en lo cierto-, mamá era encantadora. Nos llevábamos bien… había elegido estar con
ella en vez de vivir mi vida en la ciudad de los rascacielos y supongo que eso sí le gustó. La cuestión era… ¿me gustaba a mí? ¿Me arrepentía de algo?
Miré el taller. El desorden era horroroso pero las pinturas eran magníficas. Recorrí con mis dedos los trazos bien definidos de cada una de las obras, clasificadas
por colores. Destacaba el verde y los colores vivos y llamativos… Cada obra era como adentrarse en un mundo enigmático y mágico lleno de color. Imaginé que la
ventanita que daba al bosque era toda una inspiración. Un soplo de aire fresco que corría por mis venas y provocaban magia en mis manos. Yo estaba acostumbrada a
teclear mientras miraba la pantalla de un ordenador repleta de números, no a eso. Ni siquiera recordaba haber estudiado Bellas artes y sí la fascinante carrera de
periodismo que me abrió las puertas para conocer a Stuart y la aburrida y agobiante carrera de económicas que me amargó la existencia unos años pero me facilitó la
entrada por todo lo alto en la compañía de mi suegro. Ahora aquello ya no servía de nada… había dejado de existir. Cogí un pincel como si fuera la primera vez que lo
hacía y sin saber exactamente lo que estaba haciendo, tracé unas cuantas líneas en un lienzo ya empezado. Todo un riesgo… Lo miré desde la lejanía sorprendida ante mi
talento innato y sin creer que esa obra de arte la hubiera hecho yo. ¡Cuánto dinero me habría ahorrado si hubiera descubierto antes ese don! Seguí pintando, perdiendo la
noción del tiempo y del espacio. Pintar me aportaba calma, paz… haciéndome olvidar las peores horas de mi existencia. Una hora después tal y como había prometido,
Frank vino al taller. Se había duchado, cambiado de ropa y puesto colonia, por lo que supuse que vivía en la granja, en una pequeña cabaña que mi padre construyó
hacía muchos años.
-¿Vamos? Tengo que darte una noticia importante. –lo miré de reojo. Me puse a temblar. Ay Dios mío… ¿y si era verdad? ¿Y si teníamos un lío? Lo miré de
arriba abajo. Frank no me atraía nada de nada, ni siquiera los ojos azules le quedaban bien. Y los ojos azules le sientan bien a todo el mundo. Pero a Frank no… No, no
podía ser… ¿Frank y yo? No, no, no, no…
-¿Qué noticia? Hoy ya he tenido muchas novedades, no quiero más. –respondí seriamente.
-¡Oye! Que esta noticia te va a alegrar… ¡La llevas esperando muchos años! –dijo alegremente. Lo volví a mirar de arriba abajo. ¿No me iría a pedir matrimonio?
Sólo a Frank se le ocurriría pedirle matrimonio a una mujer en la taberna de la calle

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