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La visitante – Amanda Stevens

La visitante – Amanda Stevens

Sinopsis De 

Libro La visitante – Amanda Stevens

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El fantasma de aquella mujer ciega
volvió en primavera y, con él, también
regresaron las pesadillas. Las mañanas
cada vez eran más calurosas y, tras un
largo y duro invierno, los magnolios
empezaban a florecer. Pero tenía un mal
presentimiento, la intuición de que algo
terrible iba a suceder.
Noche tras noche me metía en la cama
agotada por el trabajo físico que exigía
la restauración del cementerio; sin
embargo, me asustaba sucumbir a un
sueño profundo porque sabía que,
entonces, «ella» aparecería. Aquel
espectro me había seguido desde el otro
lado. Se llamaba igual que yo y,

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aunque
quería creer que era pura coincidencia,
quizá fuera el fantasma de un ancestro
familiar, temía que fuera una visión de
mi futuro; una manifestación de la mujer
atormentada en la que, tarde o temprano,
iba a convertirme.
Aquel torbellino de confusión me
angustiaba. En un intento por distraerme,
miré de reojo a John Devlin, el detective
de la policía de Charleston que, en ese
preciso instante, estaba durmiendo a mi
lado. Sus fantasmas se habían
desvanecido. El espíritu de su hija por
fin había conseguido seguir su viaje,
rompiendo así el lazo que había
mantenido a su madre —la difunta
esposa de Devlin— atada al detective.
Mariama desapareció de la faz de la
Tierra y, en cuestión de meses, recuperé
la esperanza de poder compartir con
Devlin el resto de mi vida. Aquel
fatídico día forjamos un vínculo
indestructible, una conexión tan fuerte
que nadie, humano o fantasma, podría
romper jamás. O eso quería creer.
Los días iban pasando. Cada vez hacía
más calor y las noches eran más cortas.
Sin embargo, yo tenía frío. En ese
preciso instante, una ráfaga de viento
agitó algo que no era propio de este
mundo. Unas sombras empezaron a
arrastrarse por el techo de mi
habitación. Y entonces sentí algo
extraño, como si alguien, desde el otro
lado, estuviera tirando de mí. Y eso me
llevó a rememorar la profecía de mi
visitante: «Antaño fui lo que tú eres. Y
algún día te convertirás en lo que yo soy
ahora».
Hasta entonces, solo había logrado
colarse en mis sueños; pero estaba
despierta y podía notar su presencia.
Con sumo cuidado para no despertar a
Devlin, me levanté y salí de la
habitación de puntillas. Crucé el pasillo,
pasé por la cocina y llegué a mi
despacho, que daba a la parte trasera de
la casa. Desde los ventanales se veía el
jardín, donde la luna llena bañaba las
fresias con un manto de plata. Me quedé
frente al cristal, explorando la oscuridad
nocturna, observando cada rama de cada
árbol. Me temblaban las rodillas y el
corazón me latía a mil por hora.
Por los resquicios de la ventana se
filtró una brisa con olor a polvo y
lavanda seca. Estaba aterrada pero, aun
así, escudriñé cada rincón del jardín
hasta encontrarla. Advertí su forma
diáfana, pero no me permití reacción
física alguna, aunque se me heló cada
órgano del cuerpo. Estaba allí, justo allí.
No era producto de mi imaginación ni
una pesadilla. Estaba allí. Ya no podía
seguir negando que un fantasma me
acechaba.
Llevaba un vestido de encaje blanco,
perfecto para una boda… o para un
funeral. Salió de entre las sombras y,
bajo aquel resplandor blanco, pude
distinguir todos sus rasgos con perfecta
claridad. Tenía la nariz respingona, los
pómulos marcados y los labios
carnosos. Eran rasgos más que
familiares. De hecho, eran precisamente
esos rasgos los que veía cada vez que
me observaba en el espejo, salvo por un
detalle. Ella no tenía ojos.
Se deslizó hasta la ventana y apoyó
una mano sobre el cristal. Sentí un
escalofrío que me heló hasta los huesos;
aquel frío provenía del otro lado. En un
abrir y cerrar de ojos, una capa de
escarcha cubrió todo el ventanal y una
película de hielo empezó a formarse en
las esquinas. Extendió los dedos y unas
minúsculas fisuras transformaron el
cristal en una especie de telaraña
gigante.
«¿Por qué has venido? —quería
gritarle—. ¿Qué quieres de mí?»
Pero sabía la respuesta. Quería mi
esencia, mi fuerza vital, mi humanidad.
Ansiaba lo que todo fantasma añoraba:
estar vivo. Por eso eran tan peligrosos.
Y tan voraces.
De pronto, abrió la boca y empezó a
mover los labios. No musitó palabra,
pero su mensaje retumbó en mi cabeza
alto y claro: «La llave. Esa es tu única
salvación. ¡Encuéntrala!».
Y así, sin más, se deslizó de nuevo
hacia las sombras del jardín y la
escarcha desapareció.
—¿Amelia?
Oír mi nombre a altas horas de la
madrugada debería haberme
sobresaltado, pero, después de tantos
años conviviendo con fantasmas, había
aprendido a dominar mis reflejos.
Devlin se acercó a mí. A pesar de los
meses que llevábamos juntos, todavía no
me había acostumbrado a su encantadora
y seductora presencia, pero en aquel
momento estaba tan asustada que ni
siquiera le presté atención.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—No podía dormir.
—¿Ocurre algo?
—No, no es nada —mentí.
Me abrazó.
—Dios mío, estás helada.
—Aquí siempre hace frío.
—Volvamos a la cama —insistió
acariciándome el brazo—. Te prometo
que allí no pasarás frío, Amelia.
El modo en que pronunciaba mi
nombre, con aquel delicioso acento
sureño, siempre me ponía la piel de
gallina.
—Dame un minuto.
Volvió a estrecharme entre sus brazos
y soltó un suspiro.
—Estás preocupada por algo. ¿Qué
es? ¿Otra pesadilla?
Vacilé y eché una ojeada al jardín.
Quería confiar en Devlin, poner todas
las cartas encima de la mesa y
desvelarle todos mis secretos, pero eso
implicaba decirle que veía fantasmas.
No recordaba absolutamente nada de su
experiencia con la muerte. De lo
contrario, tal vez me habría atrevido a
contarle la verdad. Pero cuando
despertó del coma, había olvidado todo
lo ocurrido antes y después del tiroteo.
A medida que se fue recuperando, su
odio por lo sobrenatural fue creciendo,
por lo que empecé a temer su reacción si
le confesaba mi don.
Después del calvario que su malvada
esposa le había hecho pasar, sabía que
lo último que necesitaba era una mujer
inestable a su lado, así que opté por la
vía fácil, y la más cobarde por cierto, y
no dije nada.
Había pasado toda mi infancia y gran
parte de mi vida adulta encerrada tras

La visitante – Amanda Stevens
los muros de cementerios. Las normas
de mi padre me habían protegido, pero
también me habían aislado de cualquier
compañía humana. La soledad

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