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Las voces perdidas – Marta Retamal

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Resumen y Sinopsis De 

Vuelvo a abrir los ojos. Empiezo a despertarme. Sé que estoy en ese frágil puente entre el sueño y la realidad y que pronto lo abandonaré. Intento recordar dónde
estoy ahora y cuando lo hago, sé cómo he llegado hasta allí. Y porqué. Y entonces cierro los ojos de nuevo; tengo miedo de que vuelva el dolor. Me quedaré aquí, entre
las sábanas, al menos un minuto más, un segundo más de tregua. Pero mi mente vaga, retrocede… hace algo menos de un año, cuando empezó todo. Una mañana como
esta. En un sitio cercano a este.
Siena
Odiaba a mis compañeras de piso. Al menos, durante varias horas al día. Debería haberme buscado una residencia. O mejor, debería haber insistido en la
universidad para que me la dieran en cuanto quedase una plaza libre. Debería haber asesinado a algún mal estudiante para quedarme con su habitación en la
residencia. Pero como no hice nada de eso, tenía que soportar a mis «respetuosas» compañeras de piso.
Eran las 12 de la mañana. Deberían estar en la facultad. Pero en vez de eso, un día más, estaban vagueando en el salón, con la música tan alta que algún vecino
podría llamar a los carabinieri, si quisiera. Así que, un día más, tuve que levantarme de mal humor. Y con ganas de matar a alguien.
¿Cuántas veces os he explicado que necesito dormir?
Se sorprendieron un poco al verme. Supongo que con la camiseta de dormir y el antifaz sobre la frente no tenía muy buena pinta.
Buongiorno, Eva. ¡Te levantas siempre taaan inspirada…! me saludó Maria.
¡Pues agradecería menos inspiración y un poco más de consideración! la voz me salió como un graznido.
¡Es viernes! exclamó Fidela. ¿También vas esta noche al observatorio?
No, esta noche no voy la cabeza amenazaba con empezar a doler; les había explicado lo mismo un millón de veces. Pero me he acostado hace 4 horas.
Me gustaría poder dormir un poco para sobrevivir al fin de semana.
¡Ah, bene, bene! me concedió Maria. Tampoco es tan grave. Bajamos la música y te acuestas otra vez.
¿Pero vosotras no tendríais que estar en clase? no sé para qué pregunté; casi temía la respuesta.
¡Pero si es viernes! exclamaron las dos, al unísono.
¡Pero los viernes también hay clase!
Las chicas se miraron la una a la otra y luego me miraron a mí como si estuviesen viendo a un extraterrestre. ¿Ir a clase un viernes? Debían pensar que estos
horarios míos tan raros me estaban volviendo loca…
Me desesperé y volví a mi cuarto. Por supuesto, la música seguía alta y ellas no recordaban en absoluto su promesa de bajarla. De todos modos, ya estaba
despierta y el mal humor no me permitiría volver a dormir. Así que, di el sueño por perdido y me metí en la ducha. No es que las odiase de verdad. Pero a veces, se lo
merecerían.
Era casi la una del mediodía cuando salí a la calle, con la mochila del fin de semana. Hasta las cuatro no salía el autobús a Castellina, así que había quedado para
comer en uno de mis sitios preferidos, en la Via dei Pellegrini. Muy céntrico pero, a estas alturas de la temporada, confiaba en que no estuviese abarrotado. Siena en
verano es una maldición: hace mucho calor y hay demasiada gente. En cualquier época del año, la universidad, una de las más antiguas de Italia, y sus programas
Erasmus, acogen a miles de estudiantes de todas partes de Europa. Pero en verano es aún peor. Por eso yo prefería huir los fines de semana, de la ciudad, de mi
habitación y de mis compañeras de piso. Además, Luca trabajaba el sábado y el domingo, sirviendo copas en el pub de un amigo y, aunque me quedase en la ciudad,
apenas lo vería. Yo tenía cama y comida en el Poderi Raffaeli y me sacaba algún dinero extra con las propinas. Servir mesas no es lo que más me gustaba, pero la vida
allí era tranquila y casera y me sentía querida. Era mi otra familia, mi familia italiana. ¡Nada que ver con mis compañeras de piso!
Entré en el restaurante a las dos menos cuarto. Un rápido vistazo y comprobé que Luca aún no había llegado, así que pedí una mesa para dos y me senté cerca de
la ventana. Y mientras esperaba, pensaba. En Luca. En los dos. Cuando acabase este curso y mi beca en el observatorio, tendría que volver a Madrid. Aquí no
conseguiría trabajo ni podría seguir estudiando. Ya lo habíamos hablado. Yo no podía quedarme. Pero Luca se resistía a irse. Desde luego, no era un futuro muy
prometedor, el de nuestra relación.
¿Estás despierta?
Levanté la cabeza y lo vi, de pie, sonriendo a mi lado. De verdad estaba inmersa en mis pensamientos: no lo había visto entrar ni acercarse.
Eva, mi bella durmiente susurró Luca a mi oído, antes de besarme.
Suspiré. Me daba igual que fuese un adulador. Era MI adulador. Y aunque me las diese de feminista, en el fondo me encantaban los piropos. Quién podría
resistirse…
Luca me cogió la mano por encima de la mesa y con la otra abrió la carta del restaurante. Echó un vistazo rápido y pidió por los dos.
En alguna ocasión me gustaría elegir a mí le dije. Por los dos.
De eso, ni hablar zanjó Luca. Jamás acertarías con lo que me apetece.
Pues tú aciertas siempre. No será tan difícil.
Es que tú eres fácil, mi amor ronroneó Luca. Todo te gusta.
No, querido, no te equivoques. Es que no puedo rechazar lo que pides para mí con tanto amor.
Luca sonrió. Tenía una sonrisa bonita, unos dientes blancos y bien alineados. Con esa sonrisa había desarbolado argumentos invencibles y zanjado discusiones
eternas. Era su arma más poderosa y nunca dudaba en usarla.
Estaba pensando en qué pasará cuando llegue junio y se termine el curso.
Él desvió la mirada. Tras los cristales del restaurante, grupos de turistas se dirigían al campo, o al duomo, a toda prisa. No hay bastantes horas en el día para ver
todo lo que Siena ofrece.
Eso ya lo habíamos hablado.
Lo hemos hablado, sí, pero no hemos llegado a ninguna conclusión.
Eva Luca apretó mi mano y me miró a los ojos siempre te digo lo mismo: deberías quedarte.
El camarero llegó con la insalata para compartir y una copa de vino para Luca. Solté su mano para coger mi Cocacola y dar un largo trago.
Sabes que no puedo. Aquí no tengo ningún futuro profesional.
Pero me tienes a mí sonrió Luca.
¡Pero tú serías lo único! era exasperante; de nuevo, sentí que la conversación no llevaba a ningún sitio. ¿Tendría que quedarme en casa mientras tú
trabajas en el bar? ¿Piensas mantenerme? intenté conservar la calma en la voz, que no notase la ira en mi interior.
Bueno, no soy tan carca respondió Luca. Tal vez puedas encontrar otro trabajo. Podrías

Orden de autor: Retamal, Marta
Orden de título: voces perdidas, Las
Fecha: 08 ago 2016
uuid: 83626d8c-307d-4ef8-8425-7ac79c6d54c7
id: 69
Modificado: 08 ago 2016
Tamaño: 0.93MB

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